Je suis Charlie. Todos somos el miedo

Cualquier palabra en una lengua lleva asociadas una serie de ideas afines que impactan en nuestra mente provocando reacciones inconscientes en nuestra forma de pensar o actuar. Un acto terrorista como el vivido en enero de 2015 en París posee una capacidad de repercusión social, y utilizada por el poder en forma de miedo sería capaz de facilitar el control social. El miedo es una emoción primaria, innata en todos los animales, caracterizada por una sensación de angustia y provocada por un peligro que puede ser real o supuesto. No cabe duda de que los medios de control social pueden beneficiarse de esta aversión natural al riesgo o la amenaza, con el disfraz de la protección paternal. Creo innecesario ante un acto violento o terrorista,preguntarse si fue una bandera falsa, si fue el Mossad, un complot o un acto fanático religioso de un grupo social, pero por el contrario si creo necesario realizar un análisis del efecto producido y de la postura social e individual que cada uno de nosotros debemos adoptar. En este caso, si analizamos nuestro entorno cercano, la realidad próxima, sabremos distinguir en cada acto social que pueda provocar temor, si nos encontramos ante un miedo supuesto o real. Pero aunque parece más factible que nos pueda producir más miedo, nuestra propia realidad, o el nivel de violencia y la falta de humanidad o escrúpulos, lo cierto es que el nivel de difusión por los medios de comunicación y la propaganda es lo que provoca el miedo social. Las deficiencias, por ejemplo, de un sistema que se autodenomine democrático y tienda al totalitarismo, criminalizando la libertad y los derechos sociales, legalizando la corrupción y la falta de valores éticos de la élite, rompiendo las bases del contrato social, suponen un miedo real, pero que puede ser anulado por un miedo ficticio superior bien dimensionado por los medios de comunicación. Personalmente creo que la realidad próxima debería darnos más miedo, el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la falta de justicia, la vida cotidiana y que no nos dejen vivir con plenitud. Con el miedo, en todo caso, asociamos una serie de ideas de forma inconsciente: el temor, el espanto, la alarma, el desasosiego, la desprotección, la turbación, el amilanamiento, la sospecha, el odio, la sumisión, la angustia, la esclavitud o la inseguridad. Joanna Bourke, profesora de Historia en la Universidad de Londres y autora de “El miedo: una historia cultural” sostiene que los medios de comunicación son los principales transmisores del miedo, junto a la credulidad de la sociedad. En 1938, Orson Welles consiguió movilizar a un buen número de ciudadanos, causando pánico mediante la retransmisión radiofónica de un supuesto ataque extraterrestre. Numerosos antropólogos coinciden en que el miedo es utilizado en los discursos del poder para conseguir el adoctrinamiento. Así, los miedos actúan como narrativas protectoras que prohíben ciertas prácticas y fomentan otras. Actualmente, el infierno ha sido sustituido por la cárcel o la sanción, y el cielo por la falsa seguridad y la sumisión al sistema. En definitiva, el miedo produce inmovilismo, sumisión e impotencia. Por ello, propongo dar una vuelta al concepto, sin apropiarnos del lenguaje como pueda hacer la oligarquía, y utilizar la palabra valor como aptitud a la consecuencia de cualquier acto, sea cual sea su bandera, adoptar siempre las ideas afines que trasmiten el valor: la audacia, la intrepidez, el coraje, la valentía, el ánimo, la entereza, el empuje, el corazón, la inteligencia, la razón, la confianza, el sueño, la esperanza, el cambio y la libertad.

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