Publicado en: 22 febrero, 2019

James Cagney, la “estrella atravesada”

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

James Cagney (Nueva York, 1904-1986) fue considerado en los años treinta-cuarenta como uno de los actores más reivindicativos de Hollywood, aparte de ser lo que le reconocía el público, uno de los grandes del “cine negro”, a la altura de Edward Ǩg. Robinson y Humphrey Bogart.

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

James Cagney (Nueva York, 1904-1986) fue considerado en los años treinta-cuarenta como uno de los actores más reivindicativos de Hollywood, aparte de ser lo que le reconocía el público, uno de los grandes del “cine negro”, a la altura de Edward Ǩg. Robinson y Humphrey Bogart. Los productores lo llamaron “la estrella atravesada”, aunque con los años se convirtió en uno más, sin dejar por ello deresultar un consumado actor, de aquellos que desde la calle veían como garantía de buen cine.

Creció en el seno de una humilde familia de origen irlandés, en uno de los barrios más peligrosos de Nueva York, Yorkville. Desempeñó toda clase de oficios para conseguir pagarse los estudios, que tuvo que abandonar a la muerte de su padre. Contratado como decorador de teatro, tuvo la oportunidad de debutar en el Music Hall, en 1919 Durante los años veinte intervino en comedias musicales, muchas veces formando dueto con Frances Vernon, su mujer, y, durante cinco años, en obras dramáticas en Broadway. Como muchos otros actores de su generación, llegó a Hollywood al mismo tiempo que las películas habladas. El cine mudo había pasado a la historia y había llegado el tiempo de actores con fuerza en la voz y dinamismo físico. Firmó, al mismo tiempo que Bette Davis y Edward G. Robinson, un largo contrato con la Warner Bross, estudio en el que, después de una serie de papeles insignificantes, pronto le llegó la fama incorporando al gángster Tom Powers en la inolvidable película de William A. Wellman El enemigo público (1931). Cruenta, dura y violenta, la interpretación de Cagney fue memorable.  A pesar de la desmesurada crueldad del personaje, el público se sintió rápidamente identificado con el actor y pedía su participación en otros films. Entre 1930 y 1941, James Cagney interpretó 38 películas para la compañía de los hermanos Warner. Aunque la mayoría se pueden considerar dramas de acción y crimen o comedias, de escaso presupuesto y rápida producción, muchas de ellas son consideradas hoy día auténticos clásicos del género negro, de gánster o de acción. Dio un vuelco a su carrera poniéndose del lado de la ley en Contra el imperio del crimen (1935), de William Keighley. Cagney, criado por un estafador, se convierte en agente del F.B.I., cuando un amigo es asesinado por una banda de gánster.

Tres años más tarde volvió a su lado natural, es decir, lejos de la ley, como deseaban sus admiradores, en la magistral Ángeles con caras sucias, de Michael Curtiz. Ruin y abyecto, Cagney es en esta película el tipo de gángster que se estilaba en la época, pero conseguirá la redención a través de un final mítico: condenado a la silla eléctrica, acepta el ruego de su antiguo amigo el sacerdote y pasa por un cobarde a los ojos de esos jóvenes para los que no debe ser un ejemplo. Cagney, implorando piedad a los pies de un policía, consiguió una de las más grandiosas interpretaciones de la historia del cine. Volvió a estar espléndido en Each dawn I die (1939), de W. Keighley, en el papel de un periodista que, tras denunciar los tejemanejes del fiscal del distrito, se ve víctima de un montaje que le lleva a la cárcel. No menos espléndido estuvo en Los violentos años veinte (1939), de Raoul Walsh, donde interpreta a un veterano de guerra que, al volver del frente, orgulloso de haber servido a su patria, se encuentra en la calle, sin trabajo y, casi, sin lugar donde dormir. No tendrá más remedio que, junto a un Humphrey Bogart cruel y de poca templanza, crear, durante los años de la seca prohibición, una red de distribución de Whisky. Se enamora pero es rechazado; intenta redimirse, conduciendo un taxi, pero no le dejan. Otro actor no hubiera conseguido dar tales dosis de dramatismo, tal cantidad de desencanto, como Cagney fue capaz de ofrecer a su personaje.

Fue nominado en tres ocasiones al Oscar al mejor actor: en 1938 por Ángeles con caras sucias, en 1955 por Ámame o déjame, edición en la que lo consiguió, y en 1942, por Yanky Dandy, donde daba vida al compositor George M. Cohan. El filme le ofrecía a Cagney la oportunidad de desplegar sus enormes dotes como cantante y bailarín de talento, algo que la Warner no supo explotar en su tiempo. Una serie de disputas, siempre en torno al salario, con la Warner Bross, llevaron a Cagney a formar, junto con su hermano William, antaño también actor, una pequeña e independiente productora, la Cagney Productions. Desgraciadamente, la firma no produjo filmes demasiado exitosos, consiguiendo que la United Artist (la compañía de Chaplin y Mary Pickford) distribuyera tan sólo las tres primeras (El vagabundo, Sangre sobre el sol y The Time of Your Life), pero abrieron un camino en la industria que otros muchos no tardarían en seguir. En 1949, Cagney volvió a la Warner Bros, y lo hizo con una obra maestra de Raoul Walsh, Al rojo vivo, donde interpretó a un gángster tremendamente violento con una clara fijación en torno a su madre. En esta ocasión, Cagney, bajo la magistral dirección de Walsh, llevó la imagen de gángster, de psicópata, hasta extremos de complejidad freudiana. Nunca el actor, en el papel de Arthur Cody Jarrett, estuvo tan intenso, eléctrico o peligroso. En la increíble escena final, Cagney, antes de ser acribillado por la policía, grita desde lo alto de una torre en llamas: “Mira, madre, estoy en la cima del mundo“. Durante los años cincuenta, Cagney interpretó filmes donde incorporaba muy a menudo personajes de villanos para diferentes estudios cinematográficos y, ocasionalmente, para su propia productora. Dirigió también, en esta década, su único filme, Short Cut to Hell (1957), basándose en una novela del escritor británico Graham Greene. Desafortunado, no volvió a ponerse detrás de la cámara. Con anterioridad volvió a ser dirigido, magistralmente, por Raoul Walsh, en Un león en las calles (1953), en la cual encarnó a un inestable trotamundos que recala en una población de un estado del Sur, donde conoce a una maestra que da equilibrio a su vida, utiliza su don de gentes para erigirse en popular político local y acaba rindiéndose, cómo no, a las tentaciones corruptas que brinda el poder.

John Ford le dirigió en dos ocasiones y no precisamente en dos buenas películas. Una de ellas ni siquiera consiguió acabarla: Escala en Hawai (1955). Con Ford enfermo, tuvo que ser finalizada por Mervyn LeRoy; la otra con Ford fue El precio de la gloria (1952). Cagney estuvo magnífico incluso en westerns, algo que parecía no ir demasiado a sus características físicas; un ejemplo fue La Ley de la horca (1956), de Robert Wise, una extraña película en la que Cagney, que contaba con Irene Papas como compañera de reparto, encarnaba a un poderoso terrateniente dispuesto a todo para conservar sus tierras. Su adiós temporal de las pantallas vino tras una interpretación asombrosa en una obra maestra de Billy Wilder, Uno, dos, tres (1961), donde da vida a MacNamara, un alto ejecutivo de la Coca-cola en la Alemania del Este que debe encarar la inesperada boda de la hija de su jefe (Pamela Tiffin) con un comunista obstinado (Horst Buchholz). Todo ello en la más absoluta locura, con un ritmo endiablado, soportado prácticamente en su totalidad por la impresionante capacidad de James Cagney, en uno de los mejores papeles de su vida. Sólo la amistad de su vecino, el director Milos Forman, consiguió sacarle de su retiro, 20 años después, para intervenir en Ragtime (1981), según la novela de E.L. Doctorow, una bonita comedia, rica en situaciones y personajes, que evoca la sociedad norteamericana a principio de siglo. Cagney estaba ya enfermo y sólo la televisión le arrancó una nueva interpretación (Terrible Joe Morgan, 1984).

Sería imposible imaginar las películas de gánsteres de los años treinta y la productividad de la Warner Bross, en esa misma y esplendorosa década, sin la inestimable labor de James Cagney. Él y sus personajes, todos distintos pero todos con algo de su propia personalidad, convirtieron las películas de la Warner en clásicos del cine. El ritmo, la agilidad y vitalidad que imprimía a cada una de sus interpretaciones le destacaron siempre como un personaje distinto, vinculado al cine más realista e incisivo. Incluso trató de homenajear a Lon Chaney en “el hombre de las mil caras”, pero no lo consiguió por la debilidad del guiónj y de la dirección.

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