Izquierda perturbadora

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Mucho se ha escrito sobre la influencia que ha tenido en nuestra cultura la peculiaridad de que aquí, al contrario que en el resto de Europa, ganaron los malos. Y de como esto hace que, obviamente, nuestra particular visión de las cosas -entendiendo por nuestra la dominante, la manida hegemonía cultural- esté aún peor en muchos aspectos que la de otros países de nuestro entorno.

Uno de los vestigios más peligrosos que continua vigente es el de la inacción como mejor opción. ¿Quién no ha oído, si no alabanzas, al menos cierto reconocimiento al generalísimo porque, gracias a él, no entramos en la Segunda Guerra Mundial? ¿Quién no ha escuchado consejos invitándonos a dejar pasar las cosas como opción más inteligente y pragmática? Debatir sobre las falsedades que esconden ciertas afirmaciones es absurdo (están claras), lo que importa es la impronta que dejan debido a su aceptación generalizada. Si los cambios de por sí intranquilizan y no gustan, aquí tenemos un agravante, una losa cultural que impide cualquier progreso.

Por eso necesitamos una izquierda perturbadora. No hay, hoy por hoy, mayor avance que perder el lastre que supone la aceptación -y la exaltación- de la cobardía, que lograr deshacernos de esa carga y mirar el cambio como, al menos, una posibilidad. Ni alabar lo bien que devuelven la pasta los llamados ayuntamientos del cambio (¿qué fue del no debemos, no pagamos?), ni convencer a los moderados ni, desde luego, ambigüedades y cobardías empujan en esa dirección.

Perturbación. Debemos ser capaces de romper los muros culturales. Debemos ser valientes, atrevidas; debemos dejar de amoldarnos a lo establecido. Y sí, tenemos que dar miedo, no nos queda otra. Pero también hemos de aprender a saber enfrentarnos al miedo y a la incertidumbre; y, sobre todo, transmitir ese aprendizaje. ¿Qué vamos a cambiar sin miedo? ¿Cómo avanzar sin ser capaces de enfrentarnos a la incertidumbre? La perturbación es, seguramente, el único camino.

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