Italia como ejemplo y como advertencia

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Italia ha sido el primer país en sufrir la propagación de coronavirus y, por tanto, en padecer también las dramáticas consecuencias económicas que lleva consigo. Y como la situación de sus finanzas nacionales y de su economía en general era ya problemática antes de la epidemia, es lógico que ahora se encuentre en condiciones especialmente difíciles que son objeto de todo tipo de críticas e interpretaciones.

Cuando en la Unión Europea se ha planteado la necesidad de tomar medidas, algunos países, encabezados por Alemania y Holanda, se niegan a adoptar soluciones mancomunadas -como ya es bien sabido- porque consideran que Italia, como España y otros países del sur, tiene una larga historia de incumplimientos y despilfarro financiero.

No voy a poner en duda aquí que la historia económica reciente de Italia está plagada de hechos y decisiones que hacen muy difícil lograr equilibrio económico y financiero, avance productivo y tecnológico y bienestar social. Su inestabilidad política, la corrupción, la Mafia, la desigualdad territorial y personal, entre otros factores que ya son casi consustanciales a su estructura social son, como digo, obstáculos casi insalvables para progresar económicamente.

Todo ello lo sabe casi todo el mundo y se airea constantemente para justificar el innegable estancamiento de la economía italiana durante las últimas décadas. Lo que no se suele decir es que todas esas circunstancias, por muy importantes que sean, no son las que de verdad lo explican. Como tampoco es verdad que el despilfarro y el incumplimiento de las reglas europeas de estabilidad y austeridad hayan sido la cusa del deterioro de su economía. Se olvida decir justamente lo contrario: Italia ha sido el país que las ha cumplido más estrictamente y es precisamente eso lo que ha ocasionado que su economía haya ido tan mal en las últimas décadas.

Estoy seguro de que la lectura de esta última frase puede haber sorprendido a muchos lectores pero los datos no dejan lugar a dudas. Así lo puso de manifiesto Servaas Storm, un economista casualmente holandés, en un documento de trabajo del Institute for New Economic Thinking (INET) de Nueva York publicado en abril del año pasado.

Para no cansar aquí con muchos datos basten dos para comprobar el declive de la economía italiana desde 1991, un año antes de que se aprobara el Tratado de Maastricht y cuando comenzaron las políticas de ajuste para tratar de cumplir las reglas fiscales establecidas allí.  En aquel año, 1991, el ingreso neto promedio de un hogar italiano (en euros de 2010) era de 27.499 euros y en 2016 había caído a 23.277 euros, una pérdida de renta y poder adquisitivo que habían sufrido todos los grupos sociales, aunque desigualmente: un 6% los más ricos y un 25% los más pobres.

En el primer año, 1991, el PIB italiano era el 94% del PIB promedio del grupo de países con mejor rendimiento del euro (Alemania, Bélgica, Francia y Países Bajos). Ahora, es del 74%.

Los problemas de la economía italiana comenzaron cuando en aquel ya lejano año de 1991 las reglas de austeridad fiscal establecidas en Maastricht obligaron a tomar medidas para combatir su elevado porcentaje de deuda pública (alrededor del 117% del PIB en 1994) y para mantener controlada la inflación.
Muy pronto, los sucesivos gobiernos italianos se pusieron manos a la obra y aplicaron sin descanso las directrices de Maastricht: se recortó el gasto público (la presión fiscal sobre el PIB prácticamente se ha mantenido constante en todo este periodo) y se llevaron a cabo sucesivas reformas laborales que lograron reducir salarios con el fin de evitar la presión de costes de las empresas, pues la doctrina dominante consideraba que la producida por los salarios es la que provoca la inflación.

Gracias a los recortes de gasto, Italia consiguió registrar un superávit primario (es decir, sin contar el pago de los intereses) promedio del 3% durante el periodo que va de 1995 a 2008, cuando Francia tuvo un déficit promedio del 0,1% y Alemania un superávit de sólo el 0,7%. Eso significó que, sin contar los intereses, Italia redujo en cuarenta punto el porcentaje de su deuda pública sobre el PIB, ocho veces más que Alemania. Sin embargo, ese esfuerzo tan grande en el recorte de gasto no fue suficiente: al tener en cuenta el pago de los intereses, la deuda no sólo no bajó sino que subió 23 puntos.

Incluso en la etapa posterior a la crisis de 2008, Italia ha seguido recortando gastos más que ningún otro país de los más grandes de la eurozona. De 2008 a 2018 ha tenido un superávit primario promedio del 1,3% (incluso del 2% en 2012-2013) cuando el promedio de los cuatro países antes citados ha sido prácticamente del 0%.

¿Qué le ha ocurrido entonces a la economía italiana, de dónde procede su declive? ¿realmente le va mal porque su gobierno despilfarra recursos y porque no cumple con los preceptos europeos? Ya hemos visto que no, porque mantiene superávits primarios, es decir, que gasta menos de lo que ingresa si se dejan a un lado los intereses.

Las causas del declive de la economía italiana son dos y ambas tienen que ver con las normas establecidas en la eurozona. La primera, como acabo de señalar, es que ha tenido que pagar unos intereses muy elevados desde que el Banco de Italia dejó de financiar al gobierno y tuvo que recurrir a los mercados. Y la segunda, que la austeridad continuada, los recortes salariales y de gasto público han debilitado muchísimo su demanda interna y, al final, también la externa, su capacidad exportadora. La explicación es bastante simple y lógica y en el trabajo que he citado de Storm vienen todos los datos que lo prueban.

Para entenderlo lo que le ha pasado a la economía italiana hay que saber que las economías tienen dos motores: la demanda interna (el consumo de las familias, la inversión de las empresas y el gasto público) y la demanda externa (las exportaciones). Al bajar la masa salarial, el consumo de los hogares lógicamente se reduce. Además, con salarios más bajos y con condiciones de negociación más favorables, las empresas intensifican el uso del trabajo (temporal y más precario) en perjuicio de la innovación y de la inversión que aumenta la capacidad productiva. Es normal y ocurre siempre: si un factor es más barato (en este caso, el trabajo), las empresas tienen más incentivo para utilizarlo y la inversión de las empresas en capital baja.

Al aplicar las reglas de estabilidad financiera, se reduce el gasto público, lo cual disminuye tanto el gasto en consumo como en inversiones en infraestructuras y en los servicios que son esenciales para favorecer el emprendizaje y la creación de riqueza productiva. Los datos en este sentido son abrumadores: precisamente porque Italia aplicó con más ahínco las reglas de austeridad de Maastricht, la demanda interna de su economía aumentó muy poco de 1992 a 2028, sólo un 7%, frente al incremento del 33% de la francesa y del 29% de la alemana. Pero eso no fue todo. Con la menor productividad que generan los salarios más bajos, con menos inversión empresarial y con un gasto público tan recortado, las empresas exportadoras también se resienten. Los bajos salarios permiten que se mantengan las empresas menos productivas y la menor y más antigua capacidad productiva del capital asistente, la menor investigación básica y el insuficiente apoyo del sector público hacen que la capacidad exportadora termine también perjudicada, y eso fue lo que pasó a Italia.

La política impuesta desde Europa no sólo reduce el gasto público sino que debilita a todos los motores de la economía y eso termina por frenar su crecimiento y produciendo el efecto paradójico de que, en lugar de disminuir la deuda lo que hacen es aumentarla. No puede ser de otro modo cuando se taponan las fuentes de alimentación de la actividad económica. El Ministerio de Finanzas italiano mostró que sólo de 2012 a 2015 la política de recorte de gasto provocó una caída del 5% en el PIB y del 10% en la inversión.

Las reglas de Maastricht y las políticas sucesivas de la Unión Europea son una insensatez: buscan el mayor crecimiento y, sin embargo, obligan a llevar el freno pisado constantemente. Aunque nada de eso se hace gratuitamente. El aumento constante de la la deuda incrementa sin cesar el negocio de la banca y la acumulación de déficits estructurales en los países del sur aumenta los excedentes en los del norte.
Y eso no ha pasado sólo en Italia o en otros países del sur. El crecimiento del PIB per cápita de los cuatro grandes referentes del euro (Alemania, Bélgica Francia y Países bajos) fue de un reducido 1,24% de promedio entre 1992 y 2018, muy por debajo del registrado en las grandes economías fuera del euro, como Canadá, Estados Unidos, Noruega, Reino Unido o Suecia.

Italia es un ejemplo muy claro del daño que han hecho las políticas europeas y también una advertencia. Al concluir su trabajo, Servaas Storm escribía que mantener estas políticas conllevaba un riesgo: «un colapso de la estabilidad política y social».

Imagínense cómo será ese riesgo ahora, con la exigencia de mayor gasto que plantea la epidemia y con el absurdo empecinamiento de los líderes europeos que les impide cambiar la orientación de unas políticas cuyo fracaso está claramente demostrado, como en el caso de Italia.

Como dice Storm, la enfermedad de la economía italiana (y la de otras de la eurozona) se llama iatrogenia, la que produce el propio médico a su paciente. La seguiremos padeciendo mientras no se cambie por otro.

 

Público

 

 

 

 

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