Publicado en: 24 febrero, 2018

Italia ante las peores elecciones de su historia

Por Lenny Benbara

El 4 de marzo de 2018 se celebran elecciones legislativas en Italia. Mientras que el país se encuentra fracturado por profundas divisiones sociales y 20 años de estancamiento económico, la esfera política parece continuar siendo incapaz de aportar soluciones a la profunda crisis que atraviesan nuestros vecinos del mediterráneo.

A todo aquel que tenga un mínimo de memoria histórica no le costará nada reconocer que las próximas elecciones que tendrán lugar el 4 de marzo en Italia pueden ser consideradas, de manera legítima, como las peores de la historia del país. A pesar de haber sufrido varias décadas de deriva oligarca, el «Belpaese» nunca había sido testigo de una campaña electoral tan insípida, chabacana y exenta de referencias. En los programas de debate televisados, la avalancha de promesas y las ásperas reacciones entre los pretendientes al gobierno esconden una ausencia de ideas desconcertante, cuando no es el relativo consenso entre ellos lo que choca al espectador.

Las perspectivas son desmoralizantes. Un magnate octogenario salpicado por múltiples escándalos –tanto políticos como judiciales– se dispone a ganar las elecciones una vez más, incluso si no podrá ser nombrado en el Parlamento ya que una ley le impide presentarse directamente a esta cámara. Silvio Berlusconi es como el ave fénix: renace de sus cenizas cada vez que se le da por muerto. Se ha aliado con el lepenista Matteo Salvini (que hasta ayer quería dividir Italia en dos y ridiculizaba a los meridionales) y otros sarpullidos post-fascistas. No obstante, estas fuerzas políticas nunca habían tenido programas tan divergentes, lo cual provoca tensiones en la coalición del «centro-derecha».

Un magnate octogenario salpicado por múltiples escándalos –tanto políticos como judiciales– se dispone a ganar las elecciones una vez más, incluso si no podrá ser nombrado en el Parlamento

Por otra parte, el centro-izquierda se encuentra acorralado. El Partido Demócrata está pagando la poca clarividencia de su líder que, con apenas cuarenta y cinco años, está ya quemado por culpa de una fogosidad y de una insolencia que han hecho que gran parte de los electores no lo soporten. Si bien es cierto que Emmanuel Macron ha mostrado poseer un talento fuera de lo común para encajar las críticas de sus adversarios y sacarles partido, Matteo Renzi ha conseguido distanciarse de todo el mundo. En cuanto a las ramificaciones del PD –Piu Europa, Insieme y Civica popolare–, compuesto de pequeños grupúsculos electorales formalmente independientes, acumulan pocos puntos en los sondeos.

El Movimiento Cinco Estrellas (M5S), por su parte, fluctúa en torno al 30%. Un resultado así le valdría el puesto de primer partido italiano, pero sería solamente segundo con respecto a la coalición de centro-derecha y con muy pocas posibilidades de formar un gobierno. El movimiento se ha quedado huérfano sin su fundador: el humorista estrella Beppe Grillo, manifiestamente retirado actualmente. El movimiento ha elegido como mascarón de proa a Luigi Di Maio, un arribista del ala derecha del movimiento que no ha tardado en deshacer las contadas buenas ideas que proponían en su tiempo los «grillini». Ahora, ha hecho suya la retórica sobre la necesaria política de austeridad y la reducción de los gastos del Estado italiano.

La hora de la verdad será el período post-electoral. En caso de que el centro-derecha no obtenga la mayoría, los sondeos apuestan por una gran coalición entre el octogenario Berlusconi y Renzi – cuyo futuro parece encontrarse en peligro. De modo menos probable, podría darse una coalición entre el lepenista Salvini y Di Maio del M5S. Deben tomarse en serio los vuelcos que dan las coaliciones post-electorales que permitieron que estos últimos años Italia alcanzara una estabilidad política a base de traiciones y divisiones entre grupos parlamentarios. Es de notoriedad pública que la clase política está acostumbrada a apresurarse a ofrecer su apoyo al vencedor. Este tipo de situación podría volver a producirse, sea cual sea la coalición que consiga la mayoría relativa.

En caso de que el centro-derecha no obtenga la mayoría, los sondeos apuestan por una gran coalición entre el octogenario Berlusconi y Renzi

¿Y la izquierda? Su ausencia en el juego político y en los contextos post-electorales revela hasta qué punto los herederos de una página gloriosa de la historia de Italia son insignificantes. La izquierda más influyente del continente en su momento resulta prácticamente inexistente hoy por hoy. En la rama izquierda del PD, se ha formado un grupúsculo electoral bautizado «Libres e Iguales (LeE)» cuyo fundador es Massimo D’Alema. El D’Alema de las privatizaciones, de la flexibilidad laboral y de los tratados europeos… A fuerza de arrastrar los jirones del Partido Comunista Italiano hacia un neoliberalismo cada vez más evidente, D’Alema y los suyos se han topado con contrincantes más hábiles que ellos y, marginados dentro del partido, han salido del paso intentando darse una imagen de progresistas. Sin embargo, sus pretensiones continúan siendo las de un centro-izquierda tradicional, condenado a un credo neoliberal mal disfrazado: todo el mundo sabe que un PD depurado de la influencia de Renzi les haría regresar al redil.

De hecho, no es una casualidad que los LeE hayan elegido como cabeza de lista a Pietro Grasso, presidente del Senado, con un perfil hiper-institucional y desprovisto de la más mínima vena de carisma. Lo que sin embargo resulta difícil de comprender, por no decir oportunista, es la adhesión de Sinistra Italiana (Izquierda Italiana) a esta coalición, encabezada por Nicola Fratoianni. Aunque nunca haya sido percibida como una formación especialmente original, Sinistra Italiana parecía haber marcado una neta diferencia en lo que respecta a la práctica y la cultura políticas personificadas por los antiguos componentes del PD. Esta incompatibilidad se ha puesto de manifiesto, de hecho, con la aparición de tensiones internas que se han visto exacerbadas en el momento de presentar las candidaturas. Sería legítimo prever una nueva división tras los comicios.

¿Y qué decir de Potere al Popolo [Poder para el pueblo] ? Si queremos ser objetivos, lo único que podemos reconocer es que esta nueva formación ha sido establecida por un grupo de jóvenes napolitanos que han llevado a cabo loables acciones de mutualismo y de lucha social a nivel local. No obstante, los méritos de esta formación se quedan ahí. A pesar de haber incluido la palabra pueblo en el nombre de su partido, estamos muy lejos de la estrategia populista que subyace al éxito de Podemos y de La France Insoumise (Francia insumisa).

Las perspectivas de esta nueva formación no dejan de ser una simple convergencia de luchas desde abajo aunque Italia no haya conocido ningún movimiento digno de este nombre desde hace mucho tiempo. El llamamiento a las luchas se produce, por lo tanto, sobre todo por arte de magia. Potere al Popolo reproduce los errores sistemáticos de la izquierda italiana: en cada mínima manifestación sindical se entona la frase «Debemos volver a empezar a partir de aquí» ; sin que se defina nunca un rumbo claro y sin establecer el perímetro de estos encuentros. Potere al Popolo está impregnado de la cultura minoritaria, que aflora en cada esquina: el movimiento proclama que no tiene importancia no alcanzar el 3% de los votos necesarios para entrar en el parlamento (y por ahora ni se acercan ya que el partido parece estar estancado por debajo del 1%); y las acciones llevabas acabo continúan siendo las mismas que las de los militantes tradicionales que se encuentran actualmente bastante dispersos y cuyas perspectivas resultan poco atractivas para un electorado heterogéneo. Este cuadro lo completan una parafernalia de frases veleidosas, de puños alzados, de ridículos alardes de radicalismo y de pureza ideológica gritada a los cuatro vientos.

Las perspectivas de Potere al Popolo no dejan de ser una simple convergencia de luchas desde abajo

Por ahora, Potere al Popolo no ha hecho más que reivindicar el monopolio de la «verdadera izquierda» a la cara de sus competidores. En las redes sociales, la campaña se limita a menudo a explicar que la «verdadera izquierda» no es «Libres e Iguales» sino « Potere al Popolo ». Como si esta lucha por una etiqueta pudiera interesarle a alguien o movilizar a los italianos… Potere al Popolo no es capaz de proponer perspectivas alternativas y un proyecto global. El movimiento se encuentra despersonificado y continúa sin admitir la importancia de poder contar con un líder que ejerza la función de portavoz del partido, ni la importancia de los medios de comunicación modernos para elaborar una estrategia política: Viola Carofalo no es ni Pablo Iglesias, ni Jean-Luc Mélenchon. Más allá de las buenas intenciones, el lenguaje y la estética desplegados impiden al movimiento ampliar su base electoral. Finalmente, en cuanto a la cuestión europea, Potere al Popolo mantiene una ambigüedad de fondo puesto que se encuentran atascados con la posibilidad de formar una coalición (probable) con el alcalde de Nápoles, De Magistris, que por su parte ya ha apoyado la candidatura de Yannis Varoufakis con vistas a las elecciones europeas de 2019.

En resumidas cuentas, Italia todavía parece no haber madurado lo suficiente para dar nacimiento a una fuerza política progresista capaz de aunar aspiraciones transversales y de existir fuera del espectro del PCI, al mismo tiempo que desbarata la estrategia populista del Movimiento Cinco Estrellas, que ha conseguido articular bastantes aspiraciones y seducido a gran número de electores de la izquierda. Lo paradójico es que estas elecciones desvelan hasta qué punto la esfera política italiana es un cadáver abandonado y que, por consiguiente, existe una oportunidad para crear tal proyecto. Italia lo necesita urgentemente.

*Traducción de Tomás Pereira Ginet del artículo original en le vent se leve.

https://www.elsaltodiario.com/italia/elecciones-silvio-berlusconi-m5s-historia#

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