Irlanda, una larga lucha filmada

No parece que exista una “revolución” tan filmada como la irlandesa. En ello concurren al menos dos factores. Primero, el hecho de que se trata de una “revolución” que se ha manifestado a través de diversos plazos, con un capítulo inicial al calor de la toma de la Bastilla. De entonces podemos quedarnos con una frase de Percy B. Shelley: “Un país que oprime a otro no puede ser libre”, y al menos con una película, Orgullo de raza, estúpido nombre español de Captain Lighfoot (EEUU, 1954), de  Douglas Sirk. Segundo, por el peso de los irlandeses emigrados o exiliados (la diferencia a veces es nimia) en Hollywood, con John Ford a la cabeza. Ford regresó en numerosas ocasiones a Irlanda y en alguna de ellas adaptó obras de escritores nacionalistas revolucionarios irlandeses (y comunistas al final) como Liam Flaherty (The Informer, EEUU, 1935), y Sean O´Casey (The Plough and the Star, EEUU, 1936). A éste último autor lo retrató en su penúltima película, El soñador rebelde (EEUU, 1965). En una lista bastante extensa cabe evocar (por su atrevido y “subversivo” significado político), una producción como Parnell (John M. Stahl, EEUU, 1937), un “biopic” del famoso revolucionario-posibilista que fue encarnado por Clark Gable.

La filmografía es casi interminable con títulos –todos distinguidos- de H. C. Potter (Beloved Enemy, EEUU, 1936), Carol Reed (Odd Man out, GB, 1947), Michael Anderson (Shake hands with the devil, EEUU, 1959), David Lean (Ryan´s Daughter, GB, 1970)… Más recientemente, Neil Jordan (Juego de lágrimasMichael Collins), Jim Sheridan (En el nombre del padreEl pradoThe boxer), Terry George (En nombre del hijo), Pat O´Connor (Fools of Fortune), Roger Mitchell (Titanic Town), Peter Mullan (Las hermanas de la Magdalena)…Y claro está, el propio Ken Loach que sobrevivió al ostracismo al que querían condenarlo con Agenda oculta (GB, 1990), con la que obtuvo el Pre­mio especial del jurado en Cannes. Agenda oculta conmovió la Gran Bretaña bienpensante que fue rudamente denostada desde los medios de comunicación, pero en absoluto contradicha por los hechos.

Loach se adentró en el terreno de la denuncia política concreta (con pelos y señales), desvelando las implicaciones de los servicios secretos británicos en un crimen de esta­do en el Ulster, y de paso en una maniobra desestabilizadota que contribuiría a la decisiva victoria de Margaret Thatcher, la misma que En nombre del hijo aparece citando a Francisco el de Asís, y cuyos intereses quedaron en evidencia cuando se comprometió para salvar… a Pinochet. Agenda oculta es una película que conviene revisar (para eso está el DVD, y las salas de proyección en muchas entidades) y comprobar la rabiosa actualidad de la frase de Shelley.

En Agenda oculta, Loach cuenta, con una técnica que parece casi de un documental, la investigación de un policía inglés (Brian Cox) en el Ulster sobre la muer­te de un simpatizante del IRA y de un norteamericano defensor de los derechos humanos. Finalmente, este policía inglés acaba por descubrir una trama de guerra sucia.

En cambio, en El viento que agita la cebada, Loach retrocede algunas décadas (hasta 1920), pero mantiene el mismo hilo de investigación e indignación moral (y política), que tanto molesta a una derecha como la británica, y a más de una izquierda acomodaticia. El viento que agita la cebada nos habla de unos campesinos que se unen para formar un ejército de guerrilleros voluntarios y para enfrentarse a las tropas ocupante llamadas Black and Tans -Negro y Caqui, por el color de sus uniformes-, tropas británicas enviadas para sofocar las aspiraciones independentistas irlandesas de cualquier manera

Loach volvió a ser galardonado en Cannes, por un Jurado que a buen seguro no pertenecía a la secretaría de la última internacional,  la Cuarta que cuanto menos sigue levantando la bandera del internacionalismo activo, una opción que en el caso irlandés ha restado representado por mujeres como Bernardette Devlin a la que podemos ver en Paul Greengrass, 2002), una película necesaria para evocar aquel trascendental “Domingo Sangriento” (30 de enero de 1972), que fue determinante en el curso de la opresión británica y de la resistencia nacional y popular sobre la, por cierto, el cine ha legado una filmografía enorme con una cima que nos lleva a John Ford. Se le ha llamado así a un domingo de “tumultos”, de cuando tropas de ocupación colonial británicas abrió fuego contra una manifestación pacífica convocada por la asociación de derechos civiles de Irlanda desde el norte. Causó la muerte de 14 manifestantes. Se trata de una reconstrucción ejemplar de investigación histórica, nadie le pudo objetar ninguna información falsa. El filme está inspirado por el libro testimonio de Don Mullan Eyewitness Bloody Sunday, publicado en 1997 y que influyó en el lanzamiento de una investigación oficial al año siguiente por el primer ministro británico, el infecto Tony Blair que fue llamado “la mejor creación de Margaret Thatcher Muestra los sucesos a través de la mirada de Ivan Cooper, un diputado del Partido Socialdemócrata y Laborista en el Parlamento de Irlanda del Norte que participó en la organización de la manifestación en Derry de la Asociación por los derechos civiles de Irlanda del Norte. La marcha terminó con los paracaidistas del ejército británico abriendo fuego sobre los manifestantes, causando la muerte a trece de ellos en el momento y a un décimo cuarto cuatro meses y medio más tarde a consecuencia de las heridas sufridas.

La banda sonora incluye un solo tema musical, una versión en concierto de Sunday Bloody Sunday de la banda irlandesa de rock U2, que suena sobre los créditos de cierre de la cinta. El filme deja en evidencia que las autoridades británicas preferían el IRA a un movimiento por los Derechos Civiles que uniera por igual a católicos y protestantes. A destacar la briosa presencia de la camarada Bernardette Devlin, militante nacionalista irlandesa pero también internacionalista que años antes dejó su huella en el Parlamento británico con sus verdades y su desafío a las autoridades, y de una vida de lucha que dio lugar a unas memorias “El precio de mi alma” (que no tenía precio), que nos ayudó a mucho a entender que no era lo mismo ser nacionalista en el Reino Unido que en Irlanda, y que la separación religiosa era parte de un montaje interesado de las autoridades coloniales. La película es para ser emitida en toda clase entidades culturales como “lección de historia” realizado con un rigor que ya quisiéramos conocer aquí. Por cierto, se puede encontrar en FILMIN, una plataforma en la que el que escribe está disfrutando de unas Històries del cinema que a través de las reflexiones de Luis Aller podemos disfrutar de unas subyugantes lecciones sobre algunas de las mejores películas de la historia.

Para sorpresa de los integrados y de los críticos “exquisitos”, se premió a una película “militante” de Ken que cuenta una página de la “revolución” que fue la lucha por la independencia de Irlanda a principios del siglo XX, concretamente en 1920 como ya lo había sido en Pascua de 1916, con el impresionante Jim O´Connolly, al frente, para quien la independencia se basaba en la lucha de clases. De él es esta conocida frase: “La causa irlandesa es la causa de los trabajadores”. Es una historia que destila violencia, y que ha sido interpretada como un elogio al IRA, como si éste hubiera surgido de la nada, como una mera expresión de los “subversivos”. No nos ahorra  realidades que fueron tan ciertas como que hay noche y día: torturas, palizas, asesinatos, golpes de la guerrilla y de la contraguerrilla. Por medio, se hace notar la presencia de un rudo sacerdote católico bendiciendo las acciones, confesando a los nacionalistas irlandeses. Que habla con autoridad en las discusiones intestinas del nacionalismo irlandés tras el Tratado con Gran Bretaña de 1922. Una realidad que hemos podido conocer también documentalmente en obras clásicas como El rumor irlandés, ¿Guerra de religión o lucha de clases?, de Jean-Pierre Carasso (Siglo XXI,  Madrid, 1972), o el muy reciente, Sinn Fein. Un siglo de historia irlandesa, de Brian  Feeney (Edhasa, Barcelona, 2005). Unas lecturas que evidencian el rigor documental del guión de Paul Laverty.

Naturalmente, Loach ha recibido toda clase de críticas, y habrá que distinguir entre las que se hacen desde el cine por el cine (un terreno en el que las opiniones suelen ser muy variadas), y las que se decantan hacia la descalificación política (que a veces se disfraza de crítica cinematográfica). De entrada, el autor de Ladybird, Ladybird nos habla de algo que molesta profundamente, y lo hace con una seriedad y una sinceridad incuestionable. No añade la menor exageración a los episodios de la represión inglesa en la región de Cork. Tampoco las opciones políticas que plantea están sacadas de la manga. Loach reparte responsabilidades: hay ingleses que actúan por disciplina, e irlandeses que traicionan, crueldad en una parte y en otra. Pero eso no debe ocultar jamás que unos son los ocupantes y otros los resistentes. Podíamos seguir, pero como diría el propio Loach en una lejana entrevista sobre Tierra y Libertad que editó El Viejo Topo, estas películas se hacen con la intención de provocar el debate. Y debe haber muchas opiniones, porque la película está siendo un éxito.

 

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