Irlanda del Norte: La primera y última colonia del Imperio Británico tiembla ante el Brexit

Por Roy William Cobby

Antes que la Política Agraria Común, los Tribunales Europeos o el Libre Movimiento, la verdadera china en el zapato para el lado británico es la situación de Irlanda del Norte.

Antes que la Política Agraria Común, los Tribunales Europeos o el Libre Movimiento, la verdadera china en el zapato para el lado británico es la situación de Irlanda del Norte.

Desde 1997, con la firma del acuerdo de Viernes Santo (Good Friday Agreement), Irlanda del Norte ha sido la gran olvidada para los británicos. Los seis condados de Ulster, con capital en Belfast, se pacificaban por fin. Tras décadas de agitación callejera y siglos de conflicto internacional, la situación irlandesa desaparecía de la agenda política.

La resolución pactada del conflicto fosilizaba la situación de sectarismo. Se establecía un reparto de poder entre las dos fuerzas políticas mayoritarias: los nacionalistas (a favor de la reunificación con Irlanda); y los unionistas (defensores de pertenencia a Reino Unido). Así, ambos lados aceptaban renunciar a la violencia con la promesa de participar en igualdad en las instituciones “devueltas” (la denominación que reciben las autoridades subnacionales en Reino Unido) de Irlanda del Norte.

Irónicamente, a principios del siglo XXI la Irlanda independiente se convirtió de nuevo en laboratorio para otro imperialismo, el financiero

Apenas dos décadas después, esa falsa normalidad se ha destruido con el proceso del Brexit.
De pronto, los británicos han descubierto que su famosa y flexible constitución no ofrece una solución sencilla. En realidad, es la cuestión de la frontera la que más problemas despierta. Así, es la perfecta escenificación del conflicto entre el sueño “cosmopolita” de integración europea; y los límites territoriales entre Estados que se creían superados.

Para entender el problema, hay que comprender el especial devenir histórico de la “Isla Esmeralda”.

 

EL LABORATORIO DE LA “PAX BRITANNICA”

La intensidad que el colonialismo y el imperialismo en Asia, África y América alcanzaron en los siglos XIX y XX hace olvidar que estas iniciativas militares, financieras y políticas se ensayaron primero en el Viejo Continente.

Deportaciones masivas de población nativa, acaparamientos de tierra, supresión de lenguas y tradiciones autóctonas… En la Península Ibérica, la expulsión los reinos musulmanes fue la antesala de la conquista americana. También en el Norte de Europa, las primeras manifestaciones del complejo económico-militar que desembocaría en el Imperio Británico tuvieron lugar muy cerca de Londres. Al otro lado del estrecho brazo de mar que separa este archipiélago del Mar del Norte, las incursiones de los reyes ingleses se hicieron más y más frecuentes en la Edad Media y Moderna.

Sin embargo, el punto culminante de esta gradual invasión tuvo lugar bajo el breve período republicano de Cromwell. El apoyo de las milicias protestantes al caudillo de la primera Commonwealth motivó el exterminio y la sustitución de las clases dirigentes católicas irlandesas por lores ingleses.

Por supuesto, la posterior deposición del regente Cromwell y restauración del poder monárquico no supusieron la restauración del poder irlandés independiente: la isla se convertía en un apéndice del creciente dominio de Londres a mediados del siglo XVIII.  Una época muy poco fortuita para perder la soberanía política; como describiría el mismo Marx en El Capital: al comienzo de la Revolución Industrial, los terratenientes ingleses destruyen los talleres autóctonos y convierten al país en mero suministrador de bienes agrícolas para Inglaterra.

Así, ambos países se constituyen en una muy contemporánea relación de país desarrollado y subdesarrollado. A esta época pertenecen humillaciones como la Gran Hambruna de mediados del siglo XIX; y la inmigración masiva de los irlandeses a Estados Unidos y otros países anglosajones.

Como es natural, un creciente movimiento nacionalista se convierte en hegemónico. Entre avances y retiradas, el punto culminante llega con el Levantamiento de Pascua de 1916. En plena Primera Guerra Mundial, las promesas británicas de autogobierno suenan ya vacías. Una alianza combinada de católicos, nacionalistas y socialistas toman las calles de Dublín. Aunque son aplastados, el conflicto posterior hace insostenible el dominio directo londinense. En 1921 se firma el Tratado que establece una Irlanda independiente, con los seis condados del Ulster confirmando su lealtad al Imperio Británico. 

Irónicamente, a principios del siglo XXI la Irlanda independiente se convirtió de nuevo en laboratorio para otro imperialismo, el financiero. La relajación de los impuestos bancarios y controles sobre el capital propició la profusión de fórmulas financieras cada vez más arriesgadas. El país tuvo una crisis inmobiliaria similar a la española, y se le aplicó un plan de austeridad durísimo. Aquí se incluyó un polémico rescate a los bancos cuyo capital recuperado era, en su mayoría, británico.

Esa esquinita de la isla conocida como Ulster fue, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, el principal núcleo de paranoia antiterrorista del establishment británico. El impulso de la geopolítica de la Guerra Fría y los movimientos de liberación avivaron la llama de grupos armados, como el IRA (Irish Republican Army). Igualmente, el largo declive del Imperio Británico fuera de Europa apenas se notó en las calles de Belfast. La actuación represiva, a menudo violenta, del Ejército Real como respuesta a los atentados y el financiamiento de la “guerra sucia” paramilitar enquistaron el conflicto entre unionistas y nacionalistas.

Finalmente, se alcanzó el acuerdo mencionado al principio en 1997. Parte del impulso fue la desaparición de la frontera entre Reino Unido y el Estado Irlandés por su mutuo acceso a la entonces Comunidad Europea en 1973. El desgaste de la opción armada y el reconocimiento del gobierno Blair de los abusos cometidos en los años de plomo; permitieron esta tregua en los 90.

Por supuesto, los conflictos no se eliminaron del todo. En la calle siguió habiendo tensiones, y para muchos se hizo difícil aceptar la rehabilitación de los viejos guerrilleros.

Aun así, la misma composición del voto del Brexit demuestra cómo el problema pasó a un segundo plano. Los británicos de Gales, el Noreste de Inglaterra y partes del Sur próspero votaron Brexit sin pensar en sus vecinos al otro lado del mar; que, efectivamente, votaron por la relativa estabilidad que otorgaba la Unión Europea.

Dado el fervor nacionalista de muchos brexiters, jamás imaginaron que al votar por recuperar la soberanía de Westminster estaban poniendo en jaque el dominio de Reino Unido sobre Irlanda del Norte.

 

UN ROMPECABEZAS LLAMADO FRONTERA IRLANDESA

La atención inmediata del Brexit en el verano de 2017 se volcó sobre los principales partidos británicos. David Cameron, el Primer Ministro conservador que lo había apostado todo a ganar el referéndum, se fue por la puerta de atrás. Por su parte, el ala derecha del Partido Laborista responsabilizó al equipo socialista de Jeremy Corbyn (que entonces no llevaba ni un año en el cargo) por perder el referéndum.

Tras un regalito de dos mil millones de libras en inversiones para los seis condados, los irlandeses invistieron al gabinete conservador

En el centro de todas las miradas, la ex-europeísta reconvertida en brexiter Theresa May. Mientras Corbyn ganaba sus primarias (otra vez), los medios se rendían a los conservadores y los azules se convertían en la fuerza política primordial, como en los tiempos de Thatcher. La victoria del aislacionista Trump, a finales de año, parecía confirmar el avance irresistible del “soberanismo de derechas”.

Pero el prejuicio conservador de los medios, con la BBC a la cabeza, hizo que May sobreestimara sus cartas. Convocó unas elecciones que pensaba ganar por goleada; para perder su mayoría.
Y aquí es donde la pequeña Irlanda del Norte vuelve a entrar en escena. Para garantizar su investidura, May hubo de contar con el Democratic Unionist Party o DUP, el partido de los protestantes y británicos en Ulster. Cabe decir que esta fuerza es orgullosamente regresiva, negacionista del cambio climático y contraria a todo lo irlandés.

Tras un regalito de dos mil millones de libras en inversiones para los seis condados, los irlandeses invistieron al gabinete conservador. Obviamente, el DUP es un partido completamente a favor de la separación de Reino Unido y compartía sus objetivos con los conservadores.
En aquel momento, May sintió como el reloj empezaba a pasar más deprisa. Acosada por todas las fuerzas políticas pro-europeas, por la oposición de izquierdas y por los brexiters inflexibles; apenas tenía cartas para jugar ante la Unión Europea. De hecho, la misma gestión de las negociaciones ha sido un desastre tras otro. Dimisión tras dimisión, pareciera que ningún líder destacado de los conservadores quisiese asociarse con el resultado del proceso.

Y es Irlanda del Norte, antes que la Política Agraria Común, los Tribunales Europeos o el Libre Movimiento, la verdadera china en el zapato para el lado británico.

Corbyn ha realizado una inflexible oposición que ha sabido resistirse a los cantos de sirena de la derecha del partido. Estos antiguos blairistas han buscado que los líderes encabezasen una campaña por la repetición del referéndum; Corbyn les ha ignorado y ha desarrollado un programa de transformación socialista de la economía.

El ala más conservadora defiende la total cancelación de relaciones y dependencias con Bruselas. Al mismo tiempo, esto implicaría el establecimiento de una “frontera fuerte” entre Irlanda e Irlanda del Norte

Así, ha impedido que la coalición pro-Brexit pudiese erigirse como defensora exclusiva de la voluntad popular. Por el ingenio laborista, May ha tenido que enfrentarse a sus enemigos y buscar satisfacer a sus aliados uno a uno. Examinemos el difícil rompecabezas que debe cuadrar
Primero, ante el mandato popular tiene que garantizar la salida de Reino Unido de la Unión Europea. En principio, esta salida se podría definir de muchas formas posibles. Sin embargo, el ala más conservadora defiende la total cancelación de relaciones y dependencias con Bruselas. Al mismo tiempo, esto implicaría el establecimiento de una “frontera fuerte” entre Irlanda e Irlanda del Norte.

En segundo lugar y, en oposición, la Unión Europea no concibe un acuerdo donde no se respete la actual “frontera débil” (o inexistente) entre Irlanda e Irlanda del Norte. Buscando vender su acuerdo ante Merkel y Macron, May aceptó este principio el pasado diciembre. Por ello, se acordó el llamado backstop o garantía: Reino Unido no podrá abandonar la unión aduanera si no consigue encontrar una solución para mantener las fronteras abiertas.

Esto causó la furia de dos aliados conservadores. Primero, los brexitersradicales rechazaron lo que veían como un “chantaje” para permanecer atados a Bruselas. Segundo, los aliados del DUP consideraron “una afrenta” recibir un trato diferenciado al resto del Reino Unido. Permanecer abiertos a la República Irlandesa mientras el resto del Reino se cerraba al continente europeo sería, a su entender, un empujón hacia la reunificación de la isla.

El Partido representante de la visión nacionalista, el Sinn Fein, considera que esta es la oportunidad perfecta de empezar el camino para un referéndum de reunificación

Es decir, tanto si intenta mantener la frontera como si la cierra, May está condenada a perder la votación sobre su acuerdo. Pero ni la Unión Europea, ni los brexiters, ni el DUP pueden ceder en sus demandas; puesto que todos ellos responden ante los intereses de las poblaciones que representan.

Respecto a Irlanda del Norte, no hay nada más probable que lo posible.

¿Quién sabe cuáles serían los movimientos exactos de Corbyn en el poder? Su conocimiento del proceso de paz irlandés y su contacto continuado con ambas partes del conflicto sin duda ofrecería una visión más conciliadora. A día de hoy la propuesta laborista se enmarca dentro de su visión general a la Noruega de mantenerse dentro de la unión aduanera; incluyendo a Irlanda del Norte. Eso solucionaría todos los problemas a la vez, manteniendo el statu quo actual.
Pero para ello deberían celebrarse elecciones, algo que es muy poco probable. Aunque las recientes derrotas parlamentarias del gobierno han supuesto una pequeña crisis constitucional, el principio tanto de la Ley de Parlamentos Fijos como de la Constitución en su conjunto garantizan un gobierno May hasta al menos 2022. Solo una rebelión interna (casi imposible, dado el miedo conservador a Corbyn) aceleraría el proceso.

Irónicamente, esta ley de Parlamentos Fijos fue también aprobada por David Cameron. Otra cosa que los conservadores moderados y el establishment anti-Brexit pueden agradecer al fracasado ex Primer Ministro Británico.

En cualquier caso, los actores sobre el terreno tienen mucho que ganar y perder con la resolución del Brexit. Para los nacionalistas, es un ejemplo más de la injerencia británica y su incapacidad de ofrecer un proyecto de país a los irlandeses del norte. El Partido representante de esta visión, el Sinn Fein, considera que esta es la oportunidad perfecta de empezar el camino para un referéndum de reunificación.

Por otro lado, el Brexit está siendo la pesadilla de los unionistas. Aunque paradójicamente opuestos a la Unión Europea, la institución supranacional era la mejor garantía para mantener sus cuotas de poder en Ulster. Tras el restablecimiento de la frontera, se encontrarán como tierra de contacto con un “país católico hostil”, teniendo que gestionar la debacle económica que esto supondrá para Belfast y las poblaciones colindantes.

Por ello, sea cual sea el modo de llegar al objetivo final, está claro que la mejor situación económica para la deprimida clase obrera de Irlanda del Norte es una frontera abierta con sus vecinos del sur. Que esto llegue mediante reunificación, permanencia en la UE u otra alternativa; ya es otra cuestión

El Brexit, la crisis constitucional más importante de Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial, ha hecho que todos los escenarios sean posibles. A falta de unos pocos meses para llegar a un acuerdo, el “problema irlandés” (como tradicionalmente lo llamaron los políticos imperialistas) ha recobrado toda su importancia para el gabinete conservador de Theresa May.

 

El Salto

 

 

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