Intervenciónes en el acto en memoria de Enrique Ruano Casanova asesinado por la dictadura franquista

Razones de un homenaje: necesidad de la memoria &nbsp
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Manuel Garí
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Hace 40 años le robaron la vida a Enrique y nos robaron a quienes lo queríamos su compañía, generosidad y sueños. Tras su asesinato, Enrique Ruano, se convirtió en un símbolo de lucha por la libertad y la revolución para una generación de jóvenes. Su muerte marcó la conciencia de muchos estudiantes porque la propia vida de Enrique reflejaba la transformación y vivencias de esa generación. La juventud estudiantil se sentía incómoda en los empobrecedores márgenes culturales impuestos por la dictadura y las asfixiantes costumbres morales del nacional-catolicismo e intentaba otras interpretaciones del Evangelio. Las creencias religiosas y la generosidad de Enrique evolucionaron y se convirtieron en valores, ideas y militancia de izquierda.

El lema de la pancarta “luchador de libertad”, si bien suena extraño en castellano, es la expresión que los estudiantes griegos del 68 tomaron de un antiguo poema para expresar sintéticamente los objetivos de jóvenes que, como Enrique, luchaban por:

la libertad de cada persona para diseñar su vida de forma autónoma,
la libertad para participar activa y democráticamente en las decisiones políticas que les afectaran y
la libertad frente a cualquier forma de opresión o explotación.

Enrique entendía la lucha por las libertades íntimamente unida a la lucha por la emancipación social. La sociedad de mujeres y hombres libres la identificaba pues con la sociedad socialista.

La universidad que le tocó vivir a Enrique durante los años de 1965, 1966, 1967 y 1968 conoció una interesante experiencia bajo una dictadura: un sindicalismo estudiantil democrático, asambleario y no clandestino. Las movilizaciones fueron continuas pero no tuvieron la amplitud y masividad de las francesas en mayo del 68 dada la existencia de la dictadura, la falta de libertades y el menor número de estudiantes.

Pero el movimiento estudiantil español a la vez se sentía parte del amplio movimiento de esperanza que recorrió el mundo: la solidaridad con el pueblo vietnamita, la guerrilla latinoamericana, los movimientos democratizadores en algunos países del Pacto de Varsovia, el pueblo palestino o las luchas estudiantiles de México, Tokio, Berlín y Roma y las movilizaciones de la población negra norteamericana por los derechos civiles.

Enrique fue activista del SDEUM y militante del FLP. Ello era coherente con su actitud de inquieta búsqueda del conocimiento frente a la indigencia intelectual de quien se refugia en la seguridad que proporciona la ortodoxia acrítica, su aversión al autoritarismo y las formas burocráticas existentes en la misma izquierda, su ir a la raíz de los problemas, de ahí su racional y serena radicalidad, su combatividad, su actitud cooperante y no sectaria con el resto de corrientes de izquierda y su firme creencia en la autoorganización del movimiento estudiantil y del movimiento obrero.

Ernesto Portuondo en su trabajo Forja de rebeldes sobre la universidad de los años sesenta da con la clave del rápido crecimiento del FLP cuando afirma que “…no solo era la segunda organización en importancia dentro de la resistencia antifranquista en muchas zonas, sino que era la más íntimamente vinculada al propio movimiento de las universidades”. La identificación con Enrique de tanta gente que ni le conocía, también estuvo motivada porque su militancia era expresión de las aspiraciones de su generación.

Sin embargo unos pocos años más tarde, la juventud -incluidos los sectores situados a la izquierda- ignora todo de su vida y de su muerte. Ignora hasta su nombre. Como desconoce también la historia y los nombres de otros estudiantes y trabajadores víctimas del franquismo. Esta misma constatación la han hecho diversos profesores universitarios en diversos trabajos, como, por ejemplo hace dos años Carlos Berzosa en un artículo de prensa. Esta es por si sola una buena razón para rendirle este homenaje. Pero no es la única.

A principios del pasado año mientras preparábamos Miguel Romero, Jaime Pastor y yo la edición de un libro titulado 1968. El mundo pudo cambiar de base, indagué sobre la percepción que actualmente tiene la juventud alemana sobre ese año. Por un e:mail de mi hijo David tuve conocimiento de una encuesta realizada a finales de 2007 entre los jóvenes berlineses de 20 a 30 años, en la que el 52% de ellos declaraba saber quien era Rudi Dutschke, líder estudiantil asesinado por disparos realizados el 11 de abril de 1968, y decía conocer su trágica muerte. Porcentaje que alcanzaba el 58% entre los universitarios y el 79% entre los que se auto ubicaban en la izquierda. A la luz de ese contraste es obvio y necesario preguntarse ¿qué ha ocurrido en nuestro país para que el olvido, la ignorancia y la amnesia se hayan instalado tan velozmente en la mayoría de la sociedad? Esta es una segunda razón para realizar este acto y cuántas actividades y reflexiones posteriores sean necesarias.

Bajo el ala protectora del repetido latiguillo de la modélica transición española han anidado mistificaciones de todo tipo. En la sociedad española se ha instalado una explicación mágica del tránsito entre la dictadura y la democracia parlamentaria que bien podría resumirse parafraseando el cursi verso: “la democracia ha venido, nadie sabe cómo ha sido”. La juventud desconoce la historia de las luchas de los años sesenta y setenta. Desconoce su historia reciente, la historia del doloroso parto de las libertades democráticas y los derechos sociales. Ello no es casual, se ha construido de forma sistemática la mentira, la re-escritura interesada y falsa de los hechos, las actitudes y los papeles.

De pronto, desaparecen de escena los movimientos sociales, sujetos colectivos que activamente reivindicaron los derechos laborales, sindicales y políticos. Y, sin que medie reacción intelectual y política suficiente ante la farsa, resulta que la democracia parlamentaria es fruto de la labor de unas individualidades. Aún más, roza ya el insulto a la inteligencia el que una parte de jerarcas del franquismo, como Martín Villa, ahora se presenten como los artífices de la democracia cuando simplemente fueron lo suficientemente inteligentes para ver que el barco franquista hacia aguas. No fueron ellos quienes con su esfuerzo y arrojo alumbraron las libertades, fueron gentes como Enrique y tantos y tantos desconocidos. Conocer, discutir y dar a conocer los hechos es otra razón para celebrar actos como este.

Otra de las mentiras insistentemente difundidas gira en torno al carácter incruento del tardo-franquismo e inicios de la transición que simplemente quedan desmentidas consultando las hemerotecas. Si hablar de las numerosas víctimas de los años 40 resulta irritante para amplios sectores de la derecha -que por otro lado hacen esfuerzos por desmarcarse de aquella herencia- a las víctimas de los años sesenta y setenta, aunque su número sea menor, podríamos calificarlas de las víctimas incómodas. Su memoria debe ser enterrada. Ruano formaba parte de ese grupo. La razón no es otra que bastantes de los que gobernaban y adoptaban decisiones, manipulaban la información o ejecutaban las órdenes siguen vivos y se les ha concedido el carné de padres de la democracia, cuando no de demócratas de toda la vida.

El olvido o el silencio sobre sus responsabilidades, en la práctica significó que fueron los principales beneficiarios de la amnistía. Tal como expresa Jorge Riechmann en uno de sus poemas sobre un verso de Hasenclever, “los asesinos están sentados en la ópera y siguen disfrutando de palco reservado.” El “caso Ruano” es paradigma de la impunidad de los represores y de la necesidad de hacer justicia política a través de la memoria ya que no pudo hacerse justicia en los tribunales.

La noticia del asesinato de Ruano se extendió rápidamente mediante el “boca oído” y la rudimentaria prensa clandestina. La indignación se tornó acción. Bien pudiera parecer que las gentes ya hubieran leído los versos escritos 20 años más tarde por el ya citado poeta:
“Ciudadanos, salid a las calles, salid a las calles, que se abre el cielo sin que logremos por cierto ver el cielo abierto.”

Más de 5.000 personas firmaron, bajo vigilancia policial, su condolencia en la casa de Ruano. El entierro se realizó sin anuncio previo y con fuerte presencia de “grises” armados Durante tres días proliferaron multitudinarias asambleas, sentadas y homenajes. La mayor parte de universidades españolas se pusieron en huelga y realizaron manifestaciones pese al acoso policial. En Madrid coincidieron en la calle miles de bachilleres, universitarios y jóvenes trabajadores.

El asesinato reforzó la confluencia de los movimientos sociales antifranquistas nacida en los agitados años 66 al 68 en los que obreros y estudiantes, cada vez en mayor número no solo salieron a la calle y supieron hacer frente a la violencia represiva, sino que comenzaron a organizarse de forma creciente y su voz ganó peso y audiencia en el conjunto de la sociedad en abierto desafío al régimen franquista que los señaló como enemigos a batir.

El gobierno, con el Ministro de Información Manuel Fraga Iribarne como portavoz, intentó desinformar difundiendo las tesis del suicidio y la marginalidad de la protesta, pero el día 24 de enero, ante la magnitud de los acontecimientos, decretó el estado de excepción en todo el territorio español. La manipulación de la verdad del pregonero del gobierno no caló en las mentes de la gente. Todo era demasiado burdo: a los detenidos se les acusó de repartir unos panfletos que no habían distribuido, de pertenecer a un partido inexistente que solo era una expresión en unos papeles de debate interno del FLP; se efectúo un registro en una casa que nada contenía y se mintió sobre el final de Enrique. La supuesta marginalidad de movilizaciones minoritarias encaminadas según el Ministro a “turbar la paz en España” y “a llevar a la juventud a una orgía de nihilismo”, quedó en entredicho: la indignación aunaba a muchas decenas de miles.

Más de 500 estudiantes y de 200 sindicalistas, en su mayoría de Comisiones Obreras, fueron detenidos y varios profesores desterrados. La durísima represión no logró detener al movimiento obrero que protagonizó importantes huelgas en todo el país durante y después del decreto, ni del movimiento estudiantil fuera de Madrid, dónde por otro lado, al curso siguiente se reanudaron las movilizaciones. Todo ello probaba que la sociedad española había perdido el miedo colectivo y se atrevía a desafiar al régimen que, a su vez, mostraba su incapacidad de controlar la situación.

La fase de liberalización del Régimen había terminado. Comenzó el largo y sangriento declive del franquismo y se evidenció la inviabilidad de la dictadura ya que perdía base social hasta en la misma universidad, entonces coto reservado a los hijos de la burguesía.

Hacer memoria sirve para construir el futuro desde la recuperación de la verdad y las luchas del pasado en el presente. Una sociedad aquejada del mal de alzheimer, al igual que la persona que lo padece, no tiene futuro. Hoy nuestra herramienta de justicia es la memoria histórica y política. Antes de terminar mi intervención y dar paso a María del Mar Bonet quiero concluir con las palabras de otro amigo mediterráneo, Lluis Llach en Campanades a morts, que hago mías:

“Assassins de raons, de vides,
que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies
i que en la mort us persegueixin les nostres memòries.»

“Asesinos de razones, de vidas,
que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días
y que en la muerte os persigan nuestras memorias.”

Madrid, 20 de enero de 2009

Manuel Garí es economista. Es miembro de la Redacción de VIENTO SUR y militante de Izquierda Anticapitalista


“No podremos olvidar nunca la experiencia de aquella lucha común”

Jaime Pastor

Recordar hoy a Enrique Ruano nos lleva a muchos que estudiábamos en la Universidad de Madrid a finales de los años 60 a rememorar esa rápida amistad que se forjaba entonces en las luchas comunes, en el Sindicato Democrático y, en nuestro caso también, en la militancia política dentro una misma organización, el “Felipe”; a revivir, en suma, una experiencia compartida de unos tiempos convulsos y de intensa agitación que tuvieron un trágico final con el asesinato de Enrique por la policía franquista y, luego, con el estado de excepción y la consiguiente represión. Unos años definitivamente inolvidables, además, para quienes formábamos parte de la nueva generación política que fue emergiendo y creciendo en el siguiente decenio.

¿Por qué cosas luchábamos entonces en la Universidad franquista? Por las libertades, sin duda, contra la represión y la dictadura, por la construcción de un sindicato libre y democrático, por otra Universidad democrática, crítica y popular, por todo eso, por supuesto. Pero también por otra sociedad, por cambiar el mundo de base, con mayor razón a medida que también aquí llegaban los vientos de rebeldía de la juventud que en Estados Unidos, en Alemania, Italia, Checoslovaquia y, sobre todo, Francia, denunciaba la “miseria del medio estudiantil”, protestaba frente a la guerra de Estados Unidos de Norteamérica contra el pueblo vietnamita o se identificaba con el mensaje guevarista de “Crear dos, tres, muchos Vietnam”.

No pretendo afirmar que la mayoría del estudiantado madrileño asumiera en el curso clave, el 67-68, ese “Gran Rechazo” que se extendía a escala mundial, y que tan bien sintetizara Herbert Marcuse, frente a un mundo dominado entonces por los dos grandes bloques. Pero sí éramos una minoría muy activa y con creciente audiencia y apoyos, tanto en Madrid como en otras Universidades, que se iba autodefiniendo no sólo como antifranquista sino también como anticapitalista, antiimperialista y antiestalinista. Luchábamos contra la dictadura, habíamos logrado destruir el SEU (pese a Martín Villa, entre muchos otros) e imponer un sindicato libre con una actividad cada vez más pública, nos solidarizábamos con el pueblo vietnamita, rechazábamos los consejos de prudencia de un Jean-Jacques Servan-Schreiber que vino a la Facultad de Derecho en febrero del 68 y apoyábamos las luchas de los mineros asturianos y de los obreros madrileños, cada vez más agrupados en torno a Comisiones Obreras. De todo eso se encargaban de denunciarnos la dictadura, sus jueces y las autoridades académicas de entonces cada vez que nos detenían o nos abrían expediente de expulsión. También leíamos a los poetas malditos por la dictadura: a León Felipe (a quien quisimos rendir un homenaje en la Facultad de Filosofía aquel año 68 en que murió y nos lo impidió la policía), a García, Lorca, a Antonio Machado, a Blas de Otero (que estuvo también con nosotros aquel año). Y escuchábamos a cantautores como Raimon, Paco Ibáñez, Mariá Albero, Chicho Sánchez Ferlosio y muchos y muchas que empezaron a darse a conocer entonces como María del Mar Bonet.

Y teníamos hambre de marxismo, de un marxismo en sus distintas versiones (no, desde luego, en el caso del “Felipe”, en la de los manuales de la editorial Progreso); buscábamos sobre todo las interpretaciones y prácticas defendidas por los derrotados por el estalinismo, o las de quienes formaban parte de la nueva izquierda de entonces y nos ofrecían análisis y propuestas capaces de reinterpretar y responder a lo que entonces se denominaba “neocapitalismo” o a lo que luego se llamaría “socialismo real”. Algunos veníamos del catolicismo militante y por eso quizás empezamos leyendo a Marx con el filtro de estudiosos como Jean-Yves Calvez, muy pronto seguido por otros como Henri Lefebvre, pero también con las primeras obras suyas que empezaban a publicar editoriales como Ciencia Nueva. A través del “Felipe” y de los Cuadernos de Ruedo Ibérico nos irían llegando también pensadores como André Gorz, Lelio Basso o Karel Kosik o, entre nosotros, José Ramón Recalde; pero pronto, tras el Mayo francés, conoceríamos igualmente a otros como Castoriadis, Lefort, Morin o Ernest Mandel. Luego iría pesando más Lenin, acompañado para unos por Mao o para otros, como Manuel Garí, Miguel Romero, aquí también presente, y yo mismo, por Trotsky. Las lecturas, los caminos y las prácticas escogidas serían más tarde todavía más divergentes pero ése es ya otro capítulo de la historia que no toca abordar hoy.

Pero, volviendo al 68, la sacudida del Mayo francés nos afectó a todos y una nueva radicalidad se puso en marcha, llena de esperanzas pero también de grandes ilusiones nunca satisfechas. Pero en nuestro caso siempre quedará el simbolismo de actos como el recital de Raimon, que conmemoramos el pasado mayo en la Universidad Complutense de Madrid, o esas asambleas y manifestaciones tan masivas que hicieron temer a la dictadura una confluencia explosiva del movimiento estudiantil con el nuevo movimiento obrero de entonces. A propósito de esto me limitaré a citar aquí un párrafo de la Declaración que la organización estudiantil del “Felipe” difundió en el acto de Raimon para dar alguna idea de la centralidad que se reconocía a la alianza con ese movimiento obrero:

“La lucha de los universitarios de Francia, Alemania e Italia aporta nuevos datos que enriquecen la lucha revolucionaria y que exigen un replanteamiento general de ésta. Los universitarios españoles, salvando la diferencia de situación, hemos introducido con nuestra lucha un nuevo impulso, una nueva viabilidad en la lucha revolucionaria. Esta experiencia debe ser analizada e incorporada por la clase obrera. Por eso los universitarios, a través de nuestra organización de vanguardia, el Sindicato Democrático, debemos exigir, basados en la fuerza real de nuestra lucha, y en el enriquecimiento que aportamos, la incorporación a la lucha de la clase obrera”.

Todavía el otoño del 68 continuó siendo muy agitado en la Universidad de Madrid. Recuerdo, sobre todo, las asambleas del 15 y del 31 de octubre en la Facultad de Derecho, en donde estudiaban Enrique, Lola González Ruiz, Javier Sauquillo y José María Mohedano, todos ellos compañeros del “Felipe”, entre otros: allí intentamos dar un nuevo paso en la lucha contra la dictadura que para gente como Román Oria, José María Mohedano y yo mismo supuso el práctico final de nuestra presencia pública en la Universidad tras la orden de caza y captura que el gobierno abrió contra nosotros.

Entraríamos así en tiempos más duros en los que el SDEUM tropezó con una dura represión y el “Felipe” tuvo que organizarse mejor y plantearse seriamente una mayor presencia en el movimiento obrero, con Enrique como uno de los compañeros más dispuestos a emprender esa tarea, como ha recordado ahora José Luis Zárraga.

Más tarde, llegarían las detenciones de Enrique y los demás compañeros un 19 de enero de hace 40 años. Justamente el 22 de enero mi compañera Lucía González, también bajo orden de caza y captura, y yo mismo nos enterábamos y nos sentíamos conmocionados con tan triste noticia después de haber pasado la frontera francesa y llegar a Pau, leyendo Le Monde en una de esas crónicas –creo recordar- que escribía José Antonio Novais, alguien que jugó un buen papel dentro de la tan necesaria labor contrainformativa frente a la dictadura.

Luego, nos enteraríamos del sucio trabajo realizado por un autodenominado periodista, Alfredo Semprún, quien, en colaboración estrecha con la policía franquista, desde las páginas del diario ABC, se dedicó a intoxicar y a difamar a Enrique queriendo convertir el asesinato en “suicidio”. Poco después, fue el ministro de Información y Turismo de Franco, Manuel Fraga Iribarne, quien asumió el papel de pregonero de la dictadura queriendo justificar la declaración del estado de excepción en todo el país: según él, la represión masiva se hacía necesaria, ya que, cito textualmente, “es mejor prevenir que curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más difícil y más caro el arreglo”. Más tarde, el almirante Carrero Blanco acusaba a (cito) “la insensatez de unos pocos caídos en el ateísmo, en la droga y en el anarquismo sabe Dios por qué medios inconfesables…” de ser los responsables de los “desórdenes” estudiantiles. Un estado de excepción que, por cierto, fue apoyado también por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal y que desvelaría de nuevo la cara más brutal y represiva de la dictadura.

Después de los cuatro decenios transcurridos desde entonces, no podremos olvidar nunca la experiencia de aquella lucha común, de lo que significó la conquista de un sindicato libre bajo una dictadura, de la originalidad de una organización política que tuvo un rápido crecimiento en esos años tan intensos y ensayó un camino nuevo dentro de la izquierda pese a que ello le costara, tras las convulsiones post-sesentayochistas, su propia desaparición. De todo esto el mejor símbolo fue y sigue siéndolo Enrique Ruano Casanova. Por eso y pese a los pactos de amnesia que se nos quiere seguir imponiendo, tenemos que exigir una vez más justicia para Enrique, sin duda; pero también deberíamos continuar mostrándonos fieles al espíritu de rebeldía que compartíamos con él, sobre todo cuando, como estamos comprobando hoy con la crisis sistémica y civilizatoria actual, “40 años no son nada” y se hace más necesario que entonces luchar por transformar el mundo y cambiar la vida y, también, cambiar esta Universidad.

Madrid, 20 de enero de 2009

Jaime Pastor es profesor titular de Ciencia Politica en la UNED. Es miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR y militante de Izquierda Anticapitalista

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