Publicado en: 21 diciembre, 2015

infrapolítica, megapolítica y metapolítica

Por Patrocinio Navarro Valero

Aventuramos hoy tres términos que suenan poco o nada, pero son de gran utilidad para distinguir tres aspectos de la política que pueden definir el estado de nuestro mundo, y saber de qué modo nos afecta y si somos cómplices de algo.

INFRAPOLÍTICA, MEGAPOLÍTICA Y METAPOLÍTICA

Aventuramos hoy  tres términos que suenan poco o nada, pero son de gran utilidad para distinguir  tres aspectos de la política que pueden definir el  estado de nuestro mundo, y saber de qué modo  nos afecta y si somos cómplices de algo.

Que el humano es un ser político está fuera de toda duda, pues formamos parte inseparable de una organización colectiva, seamos o no conscientes de eso o pretendamos encogernos de hombros y dejarnos llevar como suele suceder, por lo que es tan duro el avance de la humanidad como conjunto.

En el lado opuesto están aquellos que viven pensando en política. Muchos de ellos son auténticos fanáticos que se pasan el día discutiendo con unos y con otros. No viven de la política, pero sí para ella. La utilizan  pontificando y arreglando el mundo con sus contertulios. Y como el mundo no se arregla, siempre encontrarán culpables a los que denostar: son los que no piensan como él o ella, o  sus amigos, su partido, su religión, o cualquiera que sea su adscripción intelectual y anímica. Nunca son “los suyos”. Esto sería la infrapolítica, que  luego se refleja en los Parlamentos, sumisos cada vez más, a una megapolítica.

  Inmersos en la megapolítica.

Megapolítica es sinónimo de política a gran escala, de megapoder. Este es el juego actual de las grandes fortunas convertidas en dirigentes de la economía y el poder mundial a través de sus redes mafiosas, industriales y financieras a gran escala con el indigno propósito de eso que se llaman “los mercados” y las grandes corporaciones. Estos  nuevos señores feudales en pugna entre sí  se introducen como un cáncer en los países mediante  muchos acuerdos multilaterales  y Tratados de Libre Comercio, con el objetivo criminal de  controlar a la humanidad en todos sus aspectos: físico, social, mental y espiritual.

Un mal de fondo

No hace falta profundizar mucho  para tomar conciencia de que las diversas maneras excluyentes de intentar conseguir el poder político  introduce una enorme fragmentación en esta humanidad dividida en innumerables partidos y organizaciones sociales recelosas las unas de las otras o enfrentadas entre sí, incluso en su propio seno, donde tantos aspiran al poder sobre el resto y la envidia tanto trabajo hace. La envidia, el deseo de poder y la ambición- que no es exclusiva de los ricos-  son pensamientos insanos, enfermizos, pues son pensamientos excluyentes, y, por tanto, impiden esa unidad que tanto necesitamos hoy más que nunca en toda nuestra historia como seres humanos. .Pero este sentimiento no cala en nuestro mundo, especialmente para  quien se pasa el tiempo intentando manejar la vida de quien esté a su alcance, sea persona, partido político, industria  o grupo financiero. Querer manejar la vida de otros y conseguirlo  es una fuente de resentimiento personal que se extiende como esa onda que se forma al arrojar una piedra sobre el agua, y  finalmente  vuelve y recae sobre la conciencia de su propio autor. Además, el resentimiento, que es desarmonía, es una fuente de enfermedad que se convierte en esa enfermedad social que tanto abunda.

La política es inseparable de nuestras vidas cotidianas, pero no debería determinar nuestras relaciones interpersonales  ni nuestro estado anímico,  mental y espiritual, pues en definitiva, en esencia,  no somos  ciudadanos con ideas políticas, sino seres sociales y espirituales sujetos al cumplimiento de leyes espirituales.  Las personas con esta clase principios si aspiran a alguna clase de poder es al poder para dejar expresarse a  su propia conciencia, que para un creyente es la voz de Dios en su interior. Y una ideología política que respetara esa nuestra condición espiritual que trasciende a lo social y facilitara  la unidad, la hermandad  y la justicia, desde la libertad, facilitaría el salto cuántico de la política: la metapolítica, que es la única con futuro, pues tanto la infrapolítica como la megapolítica  llevan hacia atrás, hacia la involución de la conciencia.

Deberíamos, pues,  superar el egocentrismo, la división y el conflicto y buscar el diálogo, el equilibrio, la cooperación  y la armonía entre nosotros si queremos vivir en paz, con libertad y  con justicia a nivel mundial.  Es preciso  dar la mano al otro, superar las fronteras del yo, mío y para mí para pensar en términos de humanidad. Ahora más que nunca puede irnos la vida en ello con un cambio climático como el presente y una configuración política y económica del mundo como la que se nos impone por el neoliberalismo, la forma más actual de la megapolítica.  La Tierra nos pertenece a todos y no al irrisorio 1 % que controla sus recursos, los medios y los gobiernos, pretende lo mismo con nuestras vidas y conciencias y es corrosivo para el Planeta y agresivo para todas las especies vivas, incluida la nuestra.

 

 

 

 

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