Infiernos animales con inmigrantes al fondo

Por Patrocinio Navarro Valero

Un reciente programa de denuncia en tv ha puesto en evidencia las insoportables condiciones de vida de los animales de granja en España. En este caso, se trata de los cerdos. No son esos los cerdos que los anunciantes de embutidos y jamones nos pintan rollizos y rosados

Por Patrocinio Navarro Valero

Un reciente programa de denuncia en tv ha puesto en evidencia las insoportables condiciones de vida de los animales de granja en España. En este caso, se trata de los cerdos. No son esos los cerdos que los anunciantes de embutidos y jamones  pintan rollizos y rosados en las pantallas dándoles voz para que nos cuenten lo felices que son por darnos su carne.  Nada de eso tiene que ver con la realidad. La realidad es un infierno de los animales llamado Granja. Da igual de qué especie se trate, y hasta en qué partes del mundo se encuentren los animales,  ese infierno llamado Granja es el mal común del que se sale solo para viajar hacia dos estaciones: el matadero y la mesa con cadáver animal.

Hacinados hasta el punto de no poderse mover apenas, muchos enfermos, ajenos a todo afecto humano, atiborrados de antibióticos y de  anabolizantes para su rápido engorde para la guillotina,   sin luz solar y entre suciedad pasan los animales los días de su vida en el corredor de una muerte segura. Esta cita define el estado en que viven las gallinas cuyos huevos hemos de comer : “Las gallinas en las jaulas tienen que vivir en espacios tan reducidos como la superficie de una hoja de papal DIN- A4. No se pueden tumbar para relajarse, ni pueden escarbar el suelo con las partas, ni pueden empollar los huevos, ya que estos  caen a una banda rotatoria. Tampoco sin jaula es mejor. Tras poner algunas docenas de huevos acaban como sopa de pollo en el matadero”   (1)

Y podríamos seguir enumerando las muy diversas maneras cómo ciertos humanos carentes de ética y sobrados de ambición; siervos del dinero y serviles de los poderes políticos a cambio de impunidad,  campan a sus anchas en toda la geografía del mundo, incluida España. Aprovechando las increíblemente  escasas o nulas leyes de protección a los animales, estos desalmados que anuncian en tv suculentos jamones ibéricos y chorizos caseros pueden tener granjas- infiernos de todo tipo, o comerciar  sin problemas con quienes las tienen.

Vacas, conejos, zorros, pollos, caballos, avestruces, visones, focas o ballenas   entre otros animales, comestibles, o por su piel u otras pertenencias, son privados de libertad y de afecto humano o asesinados directamente, como  es el caso de los elefantes por su marfil, el de los rinocerontes por su cuerno, o la caza de todas las especies que andan por nuestros montes. Pero esto puede acabar, pues el consumidor  es el demandante final y el único que tiene el poder para evitar todos esos infiernos sencillamente no queriendo nada de origen animal. Tan fácil como eso. Si no hay demanda, no hay trato. Así funciona el capitalismo. Si cambiamos nuestra conciencia sobre  las cosas del mundo, cambia el mundo. No hay otro modo.

No podemos pasar por alto el asesinato diario de animales en sórdidos laboratorios  donde  ratas, ratones, hámsters, conejos o monos, por poner algunos ejemplos, son torturados o enfermados artificialmente con la excusa de su aprovechamiento para la ciencia. Sin compasión alguna son tratados como objetos, indiferentes al sufrimiento que les causan los señores de bata blanca y alma negra  en pos del prestigio personal y del beneficio de alguna multinacional farmacéutica. Andan los ilusos intentando corregir lo que  en la naturaleza, que es obra divina, es perfecto y por ello manipulan el código genético queriendo jugar a diosecillos. No saben el daño que se hacen a sí mismos, pues recibirán lo que siembren según la ley de causa y efecto que conocen de sobra como científicos  pero desprecian como cómplices del poder.

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