Infancia trastornada

El dato llega de Holanda, pero sirve para cualquier país del primer mundo. La Fundación Farmacéutica ha constatado un alarmante aumento de recetas de sicoestimulantes destinadas a los más pequeños.

Una de tres: o esto va de epidemia y los niños holandeses se han vuelto, de golpe, insoportablemente hiperactivos; los adultos se han amembrillado hasta no saber soportar las cabronadas propias de la infancia, o los siquiatras del país de los molinos son maleantes que firman recetas como quien echa la píldora de sacarina al café.

Para quienes pugnan por medicalizar la vida, cualquier situación emocional es susceptible de ser tratada con fármacos que, además, cotizan en bolsa. El número de niñas y niños que desayunan con antidepresivos crece, y muchos de ellos lo harán toda su vida.

Visto que vivimos en una sociedad trastornada, en la que cada revés, problema y decepción es susceptible de ser tratado médicamente -desde la alopecia al dolor de amores-,&nbsp lo excepcional sería que los niños fueran sanos y felices como manzanas rojas de primavera y no seres ciclotímicos, bipolares e hiperactivos.

De hecho, todos lo somos en cierta medida y, además, crecimos junto a héroes e iconos infantiles que también lo eran: Batman y Spiderman, con personalidad múltiple y brotes esquizoides; la Cenicienta, neurótica y paranoica; Peter Pan, que da nombre a su síndrome; Winnie de Pooh, hiperactivo y obsesivo, o Superman, un bipolar que cuando no es superhéroe es un perfecto idiota. De Blancanieves y sus 7 enanitos… mejor ni hablo.

Los podríamos poner a todos juntos en el diván y la estadística siquiátrica acabaría extenuada. Si sobrevivimos a ello fue, quizá, porque no teníamos siquiatras cerca. O, quizá, sobrevivimos pero seguimos trastornados.

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