Inédito sobre Jorge Luis Borges

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La noticia de la muerte de Jorge Luis Borges corrió por los teletipos de medio mundo. Televisiones, radios y periódicos magnificaban ese luctuoso hecho. La muerte de un escritor de la talla del bonaerense es un acontecimiento puntual y casi modal.

A quienes hemos sido traspasados por la emoción de su verbo literario, la noticia nos llega con retraso. Desde hace muchos años estamos esperando esa muerte presentida y querida por el propio maestro argentino. Borges siempre ha creído, y lo ha dicho, que tenía muchos años de más. Para él la muerte era injusta, puesto que no consentía dejarse ver en ese espejo final, probablemente no tan espantoso como pensamos la mayoría de los mortales.

Escribir sobre la muerte de Borges posee una suerte de evoque narrativo o la noción de arañar la construcción de un ambicioso poema. Él nos ha alentado a ello, porque es único para fomentar aficiones. Primero te empuja hacia la lectura. Luego, si ves en los vocablos algo más que meras palabras, es posible que trates de escribir unas líneas dentro del más puro estilo borgiano… Y ya estás perdido. Te ha hecho uno de los suyos…

Una vez en la espiral (el laberinto, tan caro al gusto de Borges), en un momento dado el maestro rompe la continuidad, aseverando que él deja que otros presuman por lo que han escrito, en tanto él se enorgullece de las páginas que ha leído. Mas él no miente, ya que en el fondo de todo te está alentando a que sigas escribiendo, incluso en el más borgiano de los estilos. Una de las cosas que más enfelizaban a Borges consistía en haber dejado en esta tierra de dolor una vasta legión de seguidores; debería decir, imitadores. En realidad, todos somos un poco el otro Borges.

Vuelvo al inicio: Borges ha muerto. Eso dan por cierto los teletipos, y yo tengo que acatarlo en lo que atañe al papel oficialista de la sociedad civil. Sin embargo, en lo que depende de mí, en esta noche transfigurada, Borges no ha muerto. Está ahí, en cada tecla de la máquina de escribir, alentándome a juntar palabras obsesivamente, imparablemente.

Ha muerto el hombre que pidió a sus dioses, o a la suma del tiempo, que sus días de vida merezcan el olvido. Ahora que esos días futuros no le pertenecen, démosle a Borges todos los días de la Eternidad.

[J. L. Borges murió el 14 de junio de 1986. Había nacido el 24 de agosto de 1899]

 

 

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