Independencia informativa y decisiones políticas, un difícil binomio

 
equip editorial: Independencia informativa y decisiones políticas, un difícil binomio

Cada vez más los medios de masas han devenido en empresas o grupos heterogéneos de empresas que, para seguir manteniendo su infraestructura creada y situación de privilegio obtenida, necesitan hacer concesiones perdiendo independencia y, a la postre, credibilidad. No es nada nuevo, en efecto. De la misma forma que, a nivel individual, el ciudadano medio se ha visto abocado a integrarse dentro de un sistema laboral potenciador de una dedicación plena que le posibilite aspirar a más calidad de vida (del todo ficticia al sustentarse en posesiones hipotecadas o rápidamente devaluadas) a cambio de su tiempo, perdiendo por lo tanto las ganas, la capacidad de reacción y el sentido crítico ante su propia situación, también así los medios pierden para ganar o, cuanto menos, para seguir manteniendo lo que tienen. A modo de balanza donde el poder político intercambia equilibrios y desequilibrios con el mediático.

Es por esto que los medios de información, opinión o difusión independientes son prácticamente los únicos medios que pueden seguir una línea discursiva coherente y con pleno sentido (siempre que consigan elaborar una propia y puedan mantenerla) ante la avalancha de tiras y aflojas en que se “entretienen” los grandes grupos comunicadores. En la pasada II Bienal de Valencia, dedicada cómo olvidarlo a “la ciudad ideal”, los suplementos dominicales de los grandes periódicos de tirada nacional (El País, El Mundo, La Vanguardia y por lo tanto Levante-EMV, el Semanal que acompaña a numerosos diarios locales, en Valencia Las Provincias, etc.) así como revistas de diversa índole, entre ellas Descubrir el Arte, Siete Leguas, La aventura de la Historia o Arquitectura viva, dedicaban su portada y un artículo central a dicho tema. (No vale la pena ni comentar la bochornosa aportación de la revista valenciana Contrastes al dossier de prensa de la Bienal, reproduciendo idénticos textos de comisarios o artistas que aparecían posteriormente en el propio catálogo). Los enfoques pretendían ser variados (“en busca de la ciudad ideal”, “la vida ideal”, “una urbe ideal”, “el espacio ideal: 10 arquitectos, 10 ciudades”…) pero en todos ellos subyacía la palabra “ideal” como leit motiv, en un intento no se sabe bien si de buscar aportaciones reales a los problemas actuales de urbanismo y relaciones sociales en las ciudades modernas y así hacerlas más apropiadas, o justificar sin más el dinero invertido por las arcas autonómicas en sus publicaciones, con la firme intención de conseguir una gran cantidad de propaganda previa.

No se puede entender más que de esta última manera, a tenor de la escasez de buenas críticas que recibió el evento una vez inaugurado y durante su celebración. Se puede constatar, así pues, que la II Bienal de Valencia fue un buen ejercicio de promoción, excelente en su faceta de marketing, y un pésimo evento cultural que no aportó nada o casi nada no ya a la escena valenciana, pues ante la sequía general en que estamos sumidos cualquier movimiento hace remover el poso, sino por supuesto a la estatal o la internacional. Poco importan los impactos mediáticos, la propaganda continua, los turistas que pasaron junto a las vergonzosas intervenciones en los solares y medianeras, las cifras engañosas… Un acontecimiento de este calibre, donde el caché del organizador ronda el millón de euros, debe cuanto menos dejar asentadas unas bases en la ciudad para posteriores ediciones, ir sumando intervenciones en el espacio urbano o infraestructural, potenciar un verdadero debate social, actuar como una intervención quirúrgica que mejorase los puntos negros propios de la ciudad donde se ubica, más aún si se mete en la camisa de o­nce varas del urbanismo y la idealización de los centros urbanos como ejemplo de sociedad de la información contemporánea.
Así pues, retomando el tema que nos ocupa, los medios compaginan información, publicidad y opinión crítica -a favor y en contra- como los tres elementos catalizadores que conforman su contenido. La dificultad de cualquier medio independiente no radica ya sólo en la elaboración de un discurso y la fidelidad a éste (indesviable aunque necesariamente flexible), en la particularidad de su idiosincrasia o en las dificultades económicas derivadas de nadar muchas veces contracorriente. Por encima de estas grandes dificultades logísticas todavía revolotea (tal vez ahora con mayor firmeza que en los últimos veinte años) la derivada de la lucha por las libertades, por la libre expresión, por las críticas abiertamente expresadas.

e-valencia se erigió como medio de recopilación de información, lugar de crítica, punto de encuentro de debate y diálogo, emblema de independencia (por más que se haya querido demonizar la fácil accesibilidad a sus debates y el derecho al anonimato de sus usuarios como un handicap para la credibilidad de su discurso) pero no debemos olvidar que aún antes de convertirse en esto, nació como proyecto artístico individual. De ahí que la solapada censura del Museo de la Universidad de Alicante una vez que decidió “descolgar” el portal de su servidor combina la privación de expresión y así pues de difusión de un proyecto artístico, con el placaje realizado a éste como creador de debate, constructor de discurso y generador de polémica social y cultural, traspasando los límites (con gran frecuencia endogámicos) de los proyectos artísticos al uso.

Siempre se ha constatado, aunque en los últimos años se ha practicado en exceso hasta el punto de no advertir ya su omnipresencia, cómo las decisiones políticas en materia cultural aplacan las libertades individuales y potencian la univocidad, que en nada favorece el desarrollo natural de la cultura, entendida ésta como registro –desde muy diversas perspectivas- del polimorfo acontecer de su contemporaneidad.
La reciente y más que polémica adquisición del políptico de Antonio de Felipe para la colección del IVAM -realizada y presentada por todo lo alto por el President Camps y su mano derecha en materia cultural González Pons- reabre o incluso inicia una nueva etapa en donde los políticos (más decisivos cuanto mayor cargo ostentan) se erigen en nueva clase social, a modo de regenerada nobleza o desempolvada aristocracia, por debajo de la cual habitamos el resto. Nos encontramos, pues, sin capacidad de elección, salvo en la puesta en escena en la que se han convertido cualquier tipo de Elecciones (convertidas en perfecta coartada que posibilita cualquier decisión posterior) y con la libertad de expresión cada vez más mermada, valorando ésta como el único vehículo capaz de generar debate, expresar ideas para entender y explicar, en definitiva, todo lo que nos rodea.

A partir de esta precipitada y malaconsejada acción -desde luego despótica-, surgen varias cuestiones que no debemos obviar y que debiéramos valorar en su justa medida.

-Por encima de la calidad artística de la obra adquirida (en mi modesta opinión inexistente hasta el punto que no es aconsejable denominarla arte, sino otra cosa que ya veremos cómo definimos llegado el caso) prevalecen la actitud y el talante con que se ha realizado la operación. Si, en efecto y como asegura el Conseller G. Pons, actuaron aconsejados por el equipo encargado de las adquisiciones del IVAM y, por lo tanto, con el beneplácito de Cosme de Barañano, debemos tener en cuenta a partir de ahora el criterio artístico de este último. Más que nunca tendremos que cuestionar su cargo y su trayectoria hasta este momento y a partir de ahora. Pues, ¿cómo casa esta obra con otras adquisiciones realizadas desde la llegada del actual director y aún más desde que el otrora Instituto comenzara su labor coleccionista? Tras este acto de claudicación estética ¿cómo podemos esperar que el todavía director del IVAM pueda siquiera convencernos medianamente de su criterio artístico y su buen hacer al frente de un museo de esta envergadura?
-De nada sirven las justificaciones ofrecidas al respecto de la existencia de una o más obras de A. de Felipe en las colecciones del MNCARS o del Thysen, pues esta propia compra realizada de forma unilateral y firmemente basada en el gusto personal de los políticos implicados (“mi pintor”, en palabras de Camps) es prueba fehaciente de que las adquisiciones no siempre son oportunas, ni mucho menos acertadas.
-Asimismo debemos recapacitar sobre la “pretendida” autonomía del IVAM como institución responsable y capaz de dirigir su trayectoria (más aún en lo que respecta a las decisiones sobre las adquisiciones para su colección) alejado de los vaivenes caprichosos de los políticos. Ocurrió algo similar, aunque de consecuencias terriblemente más graves por lo que implicó de retroceso en las manifestaciones de la contemporaneidad en nuestra Comunidad, con la otra claudicación de Cosme de Barañano al admitir el cierre del IVAM-Centre del Carme, acción de arrogancia superlativa de la ahora Secretaria Autonómica de Cultura, Consuelo Ciscar. De la misma forma que los responsables de la Universidad de Alicante y de su museo se sintieron presionados y finalmente obligados a no apoyar más el proyecto artístico e-valencia consumando su desconexión, así mismo se encuentra ahora el IVAM ante las decisiones exteriores que han suplantado su autonomía en pos de una instrumentalización de alto contraste.
-Finalmente, debemos analizar en qué posición nos deja a los implicados en el desarrollo diario de la cultura de esta Comunidad decisiones como éstas. ¿Dónde podemos situarnos sino en la crítica continuada para que no queden impunes (al menos culturalmente hablando) actitudes de estas características? ¿Puede haber armas más decisivas que la independencia y un desarrollo consecuente del discurso para cuestionar el poder y preservar el desarrollo normalizado de las diversas manifestaciones culturales contemporáneas? ¿Podrían las decisiones políticas coexistir junto con el desarrollo de nuestras libertades, sin coactar éstas, ni infravalorarlas, ni suplantarlas, ni menoscabarlas?

Puesto que no parece que la clase política en general y la responsable de la Comunitat Valenciana en particular se afanará mucho en resolver estas dudas, al menos que nos dejen lidiar a solas con sus dificultades y contradicciones, y no vengan para abrirnos aún más brechas o arrojarnos más sal en las ya abiertas. Total para que en cuatro días nos abandonen por un cargo de mayor calado y repercusión mediática en la capital del Estado y nos encontremos, una vez más, compuestos y sin museo, o aún peor, compuestos y sin voz. 

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