Incubando huevos de serpiente

Incubando huevos de serpiente

GREGORIO MORÁN – 29/05/2004

 

En El Ejido, pueblo español ejemplar por demasiadas cosas, dos empresarios de esos hechos a sí mismos –podría asegurarlo– cuando se enteraron de que alguien había robado en su almacén quisieron dar un escarmiento a los emigrantes, se armaron de bates de béisbol y engancharon a tres en concreto, con mala fama al parecer, y los dejaron como para que no pudieran usar las manos en otra cosa que abanicarse. A poco más que se pasan con el escarmiento y se les van los moritos al más allá donde aseguran que abundan los creyentes, tanto fue así que el asunto llegó a los tribunales y les cayó a los empresarios modélicos unos cuantos años, y dado que la justicia es ciega pero no tonta y como recurrieran –porque otra cosa no habrá en El Ejido pero letrados convincentes proliferan como las verduritas– el Supremo les confirmó en quince años –lo que va de sumar al delito de lesiones el de detención ilegal, es decir, secuestro–. Vamos, que don Francisco Palenzuela Nieto y don Antonio Fernández Delgado, industriales de la cosa, fueron condenados por secuestro y apaleamiento de Hisham Brahimi, Garami Bu Baker y Mustafa Bando, temporeros.

 

Hasta aquí todo normal, es un decir, pero entonces apareció el pueblo soberano y se empezaron a recoger firmas. No porque juzgaran excesivas las penas sino porque no había lugar a condena. Libertad inmediata para sus paisanos. Y hete aquí que de los 60.000 ciudadanos y ciudadanas censados en el pueblo, 50.000, que se dice pronto, han firmado un documento exigiendo el indulto, y no sólo eso, sino pidiendo que la corporación municipal, como tal, se sume a la exigencia de impunidad para los blancos. La iniciativa partió, aseguran, del Partido Popular, con mayoría absolutísima en la sociedad y en todo lo que da la vista, que es mucho en territorio tan peculiar como El Ejido, pero no se ha podido sustraer el Partido Socialista, que ha acabado sumándose al clamor popular.

 

¿Y qué hacemos? Es sábado, usted apura el cruasán y lee esto y cabecea meditabundo sobre los males del racismo, los chorizos de menor cuantía, lo dura que es la vida, la emigración islámica cada día más orgullosa, y nosotros solos, cada vez más solos. Pero sigue con el cruasán y consciente de que la revolución francesa, que se pasó en muchas cosas siete pueblos, todo hay que decirlo, consiguió al menos que todos fuéramos iguales y que el lema “Libertad, igualdad y fraternidad” fuera una adquisición de la humanidad y que la justicia sobre el papel sea igual para todos. Y termina el cruasán y pasa la página. Pero queda en el aire una pregunta: ¿de estar usted censado en El Ejido, hubiera firmado la petición de indulto? ¿O hubiera dicho que no a su vecino y a su vecina, y al comerciante de la esquina y a su concejal favorito? Para terminar el cruasán con tranquilidad de espíritu también puede optar por la argucia intelectual. Nada como un intelectual para afrontar problemas sin despeinarse. Dígase: “No conozco todos los datos”. O “es un tema delicado que exigiría un mayor conocimiento”. Y entonces, ya sosegado, puede usted pensar que lo de El Ejido acabará como el rosario de la aurora y que un día debería alguien explicarle con detalle lo que allá sucede.

 

“Un informe elaborado por los Mossos d'Esquadra para la fiscalía de Barcelona ha revelado que la Conselleria d'Agricultura de la Generalitat ocultó un brote de peste porcina clásica descubierto en la comarca de Osona. El juzgado de Instrucción número 4 de Vic ha admitido la denuncia del ministerio público contra el jefe de la sección territorial de sanidad y ganadería de Barcelona, Josep Gou, que figura imputado por presunta prevaricación. Según fuentes judiciales, podrían estar implicados más cargos del anterior gobierno catalán. La Generalitat había situado el inicio de la epidemia en diciembre del 2001, pero un mes antes se había registrado un primer brote en la granja Sant Martí, en Calldetenes, que tenía mil cerdos. Josep Gou y sus veterinarios obligaron a sacrificarlos, pero dijeron al ganadero que sólo se había detectado ‘un poco’ de peste porcina. Sólo se sometió a pruebas a cuatro cerdos, en lugar de los 50 que establece la ley, y no se hizo la segunda tanda de análisis, también preceptiva. Gou aseguró a los ganaderos de la comarca de Osona que no había peste porcina, pero les pidió ‘cuidado al mover a los cerdos’. La epidemia obligó a sacrificar 20.000 animales.” Seguro que esto apareció en la prensa de aquí y yo no me enteré, porque hube de leerlo en un periódico de Bilbao hace unas semanas.

 

No acabo de entender muy bien qué es lo que estamos haciendo. Si la información es un soporte publicitario, o al revés. De cualquier manera, uno siente cierta angustia ante las víctimas y las familias de las víctimas. Porque da la particularidad de que en general las víctimas somos nosotros. Anteayer fue desarticulada en Lleida y Barcelona una red dedicada al engorde ilegal de ganado y fueron detenidas ocho personas, de las que sólo se dan dos nombres, Andreu C. G. (sic) y su hijo Ramon C. T. (sic). Esta gente son envenenadores profesionales –esto lo digo yo, como ciudadano indignado– y nuestro deber sería conocerlos para evitar que los ganaderos que se dedican a su trabajo tuvieran que asumir el desprestigio de estos canallas. ¿Cómo vamos a pedir a la gente que denuncie las injusticias si nosotros somos incapaces de hacerlo? Dos delincuentes habituales han asesinado a un policía en la mayor de las impunidades –unas dependencias de los juzgados– y reproducimos su foto con siglas, para no afectar a sus amigos, supongo, o que se querellen “por calumnias” sus familiares. Es alucinante. Hay un puñado de impresentables muy ricos y muy irresponsables que se saltan todos los códigos de la circulación a más de doscientos kilómetros por hora, y no hay nadie, nadie que ose dar sus nombres y las multas si es que se las han puesto, cosa que dudo; incluso hay quien les rio las gracias porque eran guapos, ricos y famosos. Un bailarín gitano haciendo honor a su nombre –Farruquito– atropella a un tipo en un paso de cebra, lo mata, no tiene carnet de conducir…, en fin, todo eso que le podría pasar a cualquiera en un mal día golfo. Pero lo que le convierte en un hijo de puta es que no sólo no lo auxilia, sino que se esconde hasta que dan con él, y entonces se inventa un culpable en la figura de su hermano menor de edad y echa la responsabilidad sobre terceros que le aconsejaron mal. Y a este lumpen impresentable, que en este caso me es indiferente que baile con los pies o con el culo, vamos nosotros y le pedimos permiso para preguntarle por el crimen, por si se enfada el muchacho, que es farruco, o su agente, que nos ha vendido la moto para que sirva en su defensa y que entendamos su desgracia. ¡Pero qué desgracia, cabrón! La única desgracia es que ganaste lo suficiente para comprarte un BMW, que no quisiste ni gastar en una academia que te enseñara a conducir y mataste a un inocente; hasta ahí lo indigno. Pero lo que ya no tiene perdón es además no socorrerle.

 

Cuando leo que a alguien le han atracado, agredido o violado en un lugar público y nadie ha hecho nada por impedirlo, lo que me sume en la perplejidad son las cartas de los lectores señalando que de tantos espectadores nadie reaccionó. ¿Y qué haría usted? ¿Se enfrentaría a los delincuentes heroicamente frente a una ciudadanía pasiva? No digamos tonterías. No pidamos a la gente actos heroicos, pidámosles solamente que sepan decir que no. Que se nieguen a aceptarlo todo como inevitable, que rechacen los argumentos que justifican el crimen. Si somos incapaces de ponerle nombre a un delincuente o un asesino porque nos amparamos en el libro de estilo, o el jefe de sección o el abogado de la parte contratante, cómo carajo vamos a pedirle a la gente que diga que no. Cuando alguien le espete en la jeta: “Yo me limito a hacer mi trabajo”, le puedo asegurar que está mintiendo, porque a la única cosa que “se limita” es a aceptar lo que le piden los que mandan. ¿Usted diría que no si viviera en El Ejido y le fueran a pedir la firma? ¿Está seguro? ¿O se inventaría un viaje para no afrontar la situación y la conciencia? Porque la conciencia, cada vez estoy más convencido, se reduce a un tema estrictamente literario.

 

Me impresionó una pequeña noticia de anteayer. Hajimu Asada, a sus 67 años, dueño de una granja de pollos cercana a Kioto, en Japón, se colgó de un árbol cuando supo que las autoridades niponas estudiaban presentar cargos contra él por haber facilitado la propagación de un brote de gripe aviar. Había distribuido carne y huevos de sus granjas por varias provincias japonesas. No digo yo que hubiera que apelar al suicidio frente al crimen, pero de eso a la impunidad y el silencio, sobre todo al silencio de las víctimas, hay un trecho. Por eso nunca me han gustado, lo admito, las películas de vaqueros, porque la gente mira y espera siempre la aparición del salvador, sea un vaquero veterano o la caballería del criminal Custer, y porque los indios son unos estúpidos que cabalgan en redondel para que les disparen los hombres blancos y alguna dama arrebatada. El sueño de nuestro futuro está claro que no es ni una sociedad sin clases, porque no nos libraremos de las diferencias, ni una libertad ilimitada, porque parece una contradicción en los términos. El sueño del futuro es una sociedad donde no se necesiten ni los héroes justicieros ni las hipotecas de por vida. ¡Con qué poco nos conformamos los que íbamos a cambiar el mundo!

 

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