Incontestable, absoluta ortodoxia de lo que ha sucedido

 Reordenar lo que siempre hemos sabido, filosofar, se hace difícil cuando la noticia que cuenta es la última. Solución a un problema que no hemos planteado. Pensar que ha llegado la hora de concluir que la hora de pensar las cosas ha terminado, así en el momento de la conclusión no habrá claudicado el valor de la premisa, el tiempo no habrá jugado contra su validez. Uno puede pasar de su valor si el resultado es la última noticia. Incontestable, absoluta ortodoxia de lo que ha sucedido.

  El pensamiento único, la ortodoxia dan miedo, son el acabador, el final de las palabras, del debate, del pensamiento. Ante el oportunismo pasivo y la pereza teórica que hay en la fácil conclusión revisionista según la cual las cambiantes circunstancias históricas exigen algún “nuevo paradigma”, no hay nada tan peligroso ni emocionante como la búsqueda de la  ortodoxia, como la ortodoxia.

  El hombre, como cualquier otro organismo instrumenta su realidad para sobrevivir. Y no cabe decir que si la supervivencia se instrumenta mejor con una realidad ficticia, el organismo acomoda su existencia a ese sucedáneo de realidad mejor que a la realidad propiamente dicha. La realidad, valga el juego de palabras, es que la conclusión biológica a la dinámica de las adaptaciones orgánicas determina que considerar una realidad propiamente dicha no tiene sentido.

   Creyeron que el cristianismo era bueno y llegó la Inquisición para concluir qué era el cristianismo, que el fascismo era bueno y la conclusión fue la guerra, que el comunismo era bueno y concluyó en prisiones y hambrunas… Creíamos que algo era bueno, tratamos de lograrlo y produjimos un desastre. ¿Deberíamos concluir, por ello, que lo que creíamos que era bueno, la caridad, la nobleza, la igualdad y la comunidad, en realidad no eran buenos? Tal conclusión, aunque es una a la cual se llega frecuentemente, es una locura. Las uvas pueden estar realmente verdes, pero el hecho de que la zorra no las alcance no nos demuestra que lo estén.  

  A los que han determinado que el momento de concluir, de decidir ha llegado puede que se les haya olvidado que cuando se concluye o se decide se concluye o se decide algo. A los que no tenemos nunca las cosas claras a los que nos negamos a ponernos de nuestra propia parte en una discusión, la palabra que más nos cuesta pronunciar es “no”, idealizamos a nuestros oponentes intentando convencernos y convencer a otros de que no son tan amenazadores como parecen; o bien desviamos su atención hacia los fallos de nuestras sociedades “tolerantes” para concluir que desde ellas no se puede criticar a los demás.

  La gente de buena voluntad como no puede hacer nada para modificar la política solo puede intentar comprenderla. Convertidas las dificultades prácticas en teóricas, puede ahora aplicarse a conocerlas en detalle. Por ejemplo saber quién decide qué es el pueblo, pensando quizás que el pueblo no puede decidir hasta que alguien decida quién es el pueblo. Y convertirse en su subcomandante. Como resultado de elecciones o no, claro.

  Gentes de buena voluntad y no del todo ininteligentes mientras estén decididas a poner sus dudas entre paréntesis, mientras estén dispuestas a salir del circuito de la incredulidad voluntaria, harán así la contribución más íntima que un creyente puede hacer a la supervivencia de las construcciones sospechosas. Es la manera como un todo perverso se apropia de las partes sin corromperlas totalmente. Los actores de la diversión, de la cultura de la diversión, se mueven en sus superficies de bienestar como soberanistas de la vulgaridad, y se atribuyen el dejarse-llevar bien intencionado como motivación suficiente.   

   Soberano es quien decide por sí mismo dónde y cómo quiere dejarse engañar. El hecho de no querer dejarse engañar ¿disminuye verdaderamente el peligro de tropezar con cosas verdaderamente perjudiciales, peligrosas y funestas? ¿Qué sabemos acerca del carácter de la existencia para poder decidir si es más ventajosa la desconfianza absoluta que la confianza absoluta? Lo soberano es el punto de indiferencia entre la violencia y el derecho, hoy lo soberano es la última noticia, representa este absoluto que no es ya accesible a interpretación ni comparación alguna. Se convierte en el último recurso de la política.

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