In vitro

De cuantos pasean por aquí, por este parque angosto, hay al menos tres personas que al cruzarse podrían dar origen a una historia. A fuerza de cruzarse, diría yo. El primero es Mauricio, que circula por la órbita exterior del asunto, si hubiera uno. Arrastra las suelas en procesión con una perra lanuda por delante y su madre anciana unos cinco metros por detrás. La mujer lleva una aparatosa mascarilla antigases tipo Segunda Guerra Mundial. Pues esta historia comienza en tiempos de pandemia, por si no lo saben. Hay un virus en el ambiente, otro más. Y Mauricio, que no es un estadístico ni un epidemiólogo sino un ajado profesor de filosofía que tal vez no ha dado una sola clase en su vida, tiene una teoría sobre el virus que desea compartir en este parque con quien quiera escucharlo, comenzando por Jaime y Adrián, los otros protagonistas de la historia a quienes me referiré más adelante.

Digo que Mauricio esboza una tesis sobre el bicho. Viene estudiando su evolución por el mundo, comparando las cifras de contagio y muertes, sobre todo en los países que por estas fechas celebran el Ramadán. Y ha descubierto, según él, una correlación inversa entre el ayuno y los contagios. A mayor ayuno, menor número de contagios. Pues el virus está recubierto por una capa de lípidos que le sirve de escudo protector, así que la falta de alimento lo condena a morir de inanición. El hambre es un problema político, afirma, no sin su cuota de misterio. Uno no podría estar más de acuerdo, pero la frase es huérfana de padre y madre, y además sin descendencia. El profesor te mira achicando los ojos, con su sombrero de ala corta y su chaqueta tipo cazadora con innumerables bolsillos. La procesión no se detiene. Se declara desligado de los bienes materiales, y uno queda donde mismo. Quiere ir tranquilo por la vida sin recibir demasiados palos. Y quién no.

¿Qué opinan Jaime y Adrián sobre el punto? (para que se alumbre una historia, digo yo). Pues no opinan nada, absolutamente nada. Cada cual habita un universo paralelo, quizás porque la lucha por la supervivencia te punza el culo o la voluntad de poder, no lo sé. Jaime se acerca a lo lejos por este parque estrecho, penumbroso, que a causa de alguna ilusión óptica da la impresión de que los paseantes se aproximan a uno con las peores intenciones. No hay tal. ¿De qué va la vida social? ¿Es un vómito de nerviosismo? ¿Una oportunidad de negocio? ¿Puro amor desinteresado? ¿Todas las anteriores? Pero esto no es una prueba de selección múltiple, sino un conato de historia. Allá viene Jaime con dos perros intimidantes, sus Rottweilers. Otras veces pasea perros ajenos por dinero. Pelo largo, tatuajes al por mayor, chaqueta de cuero y bototos, incluso en verano. Un rockero que también se resiste a morir de inanición, preservado en el ámbar del tiempo.

Y en el parque se encuentra con Adrián, y así tal vez se urde un relato en este impreciso momento de la narración. Cuando Adrián, que viene trotando en sentido opuesto, elogia la estampa de sus fieras, especialmente del macho. Le toca el corazón a Jaime, que no resiste contarle que Káiser ha ganado pruebas de pureza y obediencia y que lo está preparando para el campeonato nacional, pero la inscripción toma su tiempo porque cuesta sus lucas.

Esa apretada síntesis de una vida luchando por un sueño resuena en Adrián como un pedo en la Luna. No ha dejado de trotar en su sitio mientras habla con Jaime. Viene del otro extremo del parque, donde estaciona la camioneta a vuelta del laboratorio. Pronto diré algo más de su vida. De momento, le pregunta si piensa cruzarlos, pues anda en busca de un perro guardián para su casa nueva.

Jaime podría responder enseguida con un sí o con un no y seguiríamos adelante con la historia. Pero no puede dejar pasar la oportunidad para decirle que el Rottweiler es la raza canina más fuerte si usamos el criterio de presión de la mordida: 150 kilos por centímetro cuadrado, contra sólo 106 del Pitbull Terrier. Lo segundo suena innecesario, diría yo, pero siempre que puede Jaime devalúa el poder de los Pitbull, un empeño que puede parecer tan idiota como la guerra entre la Coca-Cola y la Pepsi. Tal vez por eso Adrián repite su pregunta: ¿va a cruzarlos? Jaime se demora y luego dice que sí, una vez que la perra se encuentre preparada. Guárdame un cachorro, por favor, le pide Adrián, y ahora sí que aseguramos con candado el comienzo de una historia, en mi opinión.

*

Mientras la perra Rottweiler engorda suceden otros eventos en este parque angosto, conversaciones más que nada. Mauricio se entera de que Adrián es ginecólogo, que atiende a sus pacientes en una exclusiva clínica privada, pero que su pasión son los estudios de fertilidad in vitro y también otros caminos para la reproducción asistida. Adrián, que trota al paso enervante de la procesión, a su vez se entera de que hace unos treinta años Mauricio estuvo casado y su mujer lo abandonó al comprobarse que los problemas de fertilidad corrían por su lado y ella no estaba dispuesta a renunciar a un hijo de su sangre. Hoy todo sería muy distinto, asegura Adrián, treinta años más tarde. Claro, dice el profe de filosofía, para quien la historia de su matrimonio no es más que una lonja de charqui pegada a la memoria. Lo cierto es que le interesa hablar de bioética, pues a esta altura la pandemia ya no es tema. Sin ánimo de imponer su especialidad sobre un lego, Adrián opina que la bioética es una preocupación de personas que no son científicos. Para poder avanzar, la ciencia no debe colocarse anteojeras. ¿Y la bomba atómica?, dice Mauricio, y es como si de verdad arrojara una bomba de silencio en medio del parque. No se habla más del asunto y a mí me parece que ninguno de los dos lo lamenta.

También Adrián se separó, hace menos de un año. Y en vez de achicarse, tras el divorcio se agrandó, hecho que contradice uno de los principios elementales de la Física. Hoy vive en una propiedad de dos mil quinientos metros de terreno en La Dehesa, lejos de este parque, con una gran piscina y una cancha de tenis de cemento, su superficie favorita: rápida y furiosa. El día en que Jaime la conoce, al entrar con la cría de Rottweiler en brazos, en un ingenuo ejercicio mental trata de dimensionar su patrimonio a través de las hojas rojizas que encubren la fachada. Es una casa moderna, obra de un arquitecto de moda con ideas progresistas. Piensa de rebote en su propio patrimonio forjado con deudas y una demanda por la pensión alimenticia de su hija, Irene, que intenta liquidar paseando perros, adiestrando perros, vendiendo perros y también cortándoles el pelo y lavándolos. Quizás sea un defecto suyo, esto de atraer hacia sí el mundo exterior como puntadas en los órganos internos.

Digamos que el impacto de esa propiedad no puede ser asimilado de una sola vez por Jaime, y que tiene consecuencias retardadas en su cuerpo, acaso por el defecto que ya se dijo. Lo comenta con Mauricio en este parque angosto, apretado entre un canal de agua turbia y un laberinto de calles sobre las que ya reventarán oleadas de edificios, cuestión de tiempo. Con la perra lanuda por delante y la señora vieja a la retaguardia. A Adrián no le interesan los perros, concluye Jaime. No los ama como él. Cuando entra en una competencia o torneo de pureza y obediencia la sangre le rebulle, la adrenalina le sube a niveles que le provocan vértigo. Está a punto de un desmayo. Es tu pasión, constata Mauricio, porque no encuentra nada más que decir. Pero a Jaime todavía le duelen los órganos internos, ya se dijo. Y entonces le hace saber que el ginecólogo quería bautizar como ‘Pepe’ al cachorro, y que ese es un nombre sin ningún carácter; como profesor de filosofía, piensa Jaime, Mauricio debe saber mejor que nadie lo que significa un nombre en la vida de alguien, incluido un perro. Así que el cachorro se llama ‘Sultán’, como fue debidamente inscrito en el Kennel Club de Chile. Ni siquiera su pedigrí glorioso le causó impresión al ginecólogo, y cuando le hizo saber que estos perros venían de la Edad Media y que los carniceros germanos viajaban de mercado en mercado con sus bolsas de dinero atadas al cuello de los animales, Adrián lo echó a la broma. Prefiero los bancos, le dijo, al tiempo que desprendía un cheque del talonario donde escribió el valor del perro.

En este parque estrecho, mal iluminado y etcétera, Mauricio se imagina que ese cheque impuso su minuto de silencio, como es debido, y sólo tras una pausa oprobiosa Jaime vino a preguntarle si quería adiestrar a Sultán, pues los Rottweilers son perros de trabajo y por lo tanto requieren adiestramiento. Los silogismos de Jaime son implacables, podría pensar Mauricio, pero se guarda su opinión. El hecho es que Adrián es un irresponsable con los perros, no demuestra interés real ni tiene expectativas por el aprendizaje de Sultán, por lo que Jaime le pregunta si acaso no le importa cómo educar a sus hijos, a lo que Adrián responde, no sé, a ver dime tú, por favor, ¿qué dice la Unesco sobre los perros y sus derechos?, y entonces, naturalmente, no se habla más del tema, pero a los pocos días comienza el adiestramiento de Sultán y, con permiso del lector, yo colocaría aquí un segundo candado de ingreso a la historia para protegerla de su fracaso.

*

O sea que ya dimos unos pasos al interior del relato, y por tanto las puntadas son más intensas. En los órganos de Jaime, digo. También él está separado y eso lo saben Adrián y Mauricio por las conversaciones que se suceden en el parque y no conducen a ningún lugar. Hace dos años lo echaron de la casa de su suegra, no hay otro verbo. Cuando se alejaba con lo puesto oyó el chirrido del portón a sus espaldas y la voz grosera e insolente de la vieja: ¡No te queremos más por aquí, bolsero! El insulto le gangrenó el orgullo. Fue a asilarse donde un par de amigos que le ofrecieron un cuartito en el patio trasero, no mucho mayor que una casa de muñecas. Dos amigos que también dan vueltas por el parque, no muy seguido; uno arregla computadores y el otro es pintor de cuadros. El primero heredó esta casa vieja, desvencijada, de antiguo esplendor, a media cuadra de la de Mauricio. En las noches salen a fumar al patio de atrás, borrachos, y comienzan a discutir por cualquier asunto. Terminan a los gritos y se dan estocadas con sus apodos: Bill Gates, Van Gogh. Jaime se desespera, junta las ventanas del cuarto, que no cierran bien, y trata de concentrarse en alguno de sus libros de adiestramiento canino comprados de segunda mano. En esta pieza maceró su pasión; quitarle los perros sería despellejarlo vivo. Repele con todo su ser las invitaciones a carretear; ya abusó de la noche, repite, y les recuerda su pasado de barman y guardia de discoteca. Bill Gates lo oye y vuelve a decir: el hombre no cambia, como mucho se hace evangélico.

Pero bueno. Digo que ya partió el adiestramiento de Sultán y la paideia animal tiene lugar por las mañanas en el jardín cubierto de rocío y hojas secas de Adrián, que a esa hora ya salió a la clínica o al laboratorio. Nadie lo sabe pues su agenda es secreto de Estado. Hay semanas en que el ginecólogo desaparece del parque sin previo aviso y los otros dos encuentran fotos en sus redes sociales donde se lo ve posando delante de un monumento o una ruina romana, en un bar de Tokio o en una discoteca de Rotterdam, siempre junto a mujeres que parecen modelos de pasarela. Se supone que Adrián se encuentra en un congreso médico de su especialidad, pero como las imágenes no se acompañan de comentarios ellos no pueden saber si las mujeres son especialistas en fertilidad in vitro o amigas ocasionales.

Por lo pronto Jaime sigue aquí, en el jardín de una casa en La Dehesa, con Sultán. El jardinero haitiano lo mira intrigado como si no acabara de entender su oficio. La empleada peruana también lo mira, pero de soslayo y sin dirigirle jamás la palabra como si reprobara los lujos que se dan los ricachones. Y de vez en cuando lo observan mujeres jóvenes, atractivas, pero nunca a la altura de las modelos que acompañan a Adrián en los congresos. Ya van cuatro. Se asoman por el ventanal como dueñas de casa que vienen despertando para supervisar las labores domésticas, entre éstas la crianza de un perro. Nunca lo saludan, él tampoco lo hace. Mantiene su dignidad de especialista. Sólo una se dejó ver dos mañanas seguidas. Alguna conversación entre ellas y Adrián pone las cosas en su sitio, piensa Jaime, y entonces desaparecen para siempre.

Hay otra mujer, sin embargo, diferente. Pues algo germina en esta historia, diría yo. Algo que nos empuja hacia dentro, que nos quita libertad de movimientos y nos acerca a las vísceras de Jaime que reciben puntadas desde el exterior. A su manera, se está enamorando de Helga, la ex de Adrián. No entiende cómo el ginecólogo trocó su matrimonio por esta vida huera. Lo conversa con Mauricio, pues de conversaciones en el parque está mal cosida esta historia. Ella, Helga, viene de Suiza, de la parte alemana. Y es instructora de equitación, lo que para Jaime es prueba de una sensibilidad distinta. Hablan a través de los barrotes que cercan la propiedad, fierro forjado de imitación palaciega. Ella trajina con sus niños, una pareja de mellizos rubios como el sol, sin trasponer jamás el perímetro como si la casa estuviera maldita. Y Jaime entiende, no explica qué entiende, pero entiende. Alta, cerca del metro ochenta, viste blusas blancas con vuelos en el pecho, jeans gastados, pañuelos de colores al cuello, botas largas. Prendas finas, resuelve Jaime acompañando la morosa procesión de Mauricio. Una mañana previno a Helga a través de los barrotes: Nunca tengas perros chicos. Su perrita salchicha murió en sus brazos después que un auto le pasó las ruedas por encima. De un momento a otro se le empañaron las pupilas. Eso era la muerte, un hecho cierto pero imposible de atestiguar. Le gustaría invitarla a las pruebas de pureza y obediencia, pero no se atreve. Y por qué no, le pregunta Mauricio sin trasponer su universo paralelo.

Una tarde cualquiera, cerca del final de esta historia nonata, Jaime se cruza de nuevo con el profesor de filosofía y lo toma de un codo para apartarlo de la procesión, acto que atenta contra un rito sagrado del parque. Puede que Mauricio lo perciba más angustiado que de costumbre, quizás con un ataque de puntadas a los órganos internos, y por esa razón consiente en detenerse un momento dejando que la perra y su madre sigan de largo. La anciana no emite sonidos de disgusto y uno hasta se figura que entre madre e hijo ya no hay nada que decirse, acaso un acuerdo muy saludable. Digo que Mauricio se detiene a escucharlo y entonces Jaime le cuenta que el otro día estuvo en el cumpleaños de los hijos de Adrián, esos mellizos rubios como el sol. Helga no estaba allí, pues ya se dijo que rehuía de la casa como de una maldición. En el césped había un tobogán y un castillo inflable, una piscina con pelotas de colores, una cascada de chocolate derretido para bañar la fruta y los malvaviscos, un carrito de hot dogs, un mago, dos estudiantes de teatro para pintar caritas de hadas y superhéroes y sudarla con una función de títeres. Más allá, sobre la terraza, un par de piñatas que los mellizos destriparon a palos. Sus invitados se arrojaron salvajemente sobre los dulces y esto haría recordar a cualquiera la forma en que se distribuyen los bienes en sociedad, a cada cual según su posición respecto de la piñata. A su manera lo comentó Jaime con Mauricio, sin moverse todavía de su lugar en el parque.

Pero luego decidieron avanzar, pues la perra lanuda y la anciana ya se les perdían de vista y estaba oscuro, y los paseantes parecían acercarse con malas intenciones. Y entonces Jaime le contó que Adrián, sin prevenirlo ni nada, lo había presentado como el ‘Encantador de Perros’, un personaje detestable por lo demás. En cuestión de segundos se vio rodeado de niños que aplaudían a rabiar. No tuvo escapatoria, a menos que les hubiera hecho un desaire. Llamó a Sultán y comenzó a darle instrucciones. Venir a la llamada, sentarse. Comandos básicos. Sin que nadie se lo pidiera, al mago se le ocurrió convertirse en mimo y empezó a imitarlo, y como sus gestos en el vacío eran aspavientos ridículos, de un momento a otro todos estaban riéndose y ya no se sabía quién era el espejo de quién. Al final lo aplaudieron, pero fue un gesto de desagravio, no un reconocimiento a su trabajo. Mauricio debe entender bien la diferencia entre lo uno y lo otro, piensa Jaime.

A pesar de todo, Jaime sigue muy inquieto aquí en el parque, y como Mauricio percibe su tensión y su necesidad de seguir hablando, se rezaga otro poco de la procesión para darle oportunidad a que se desahogue. Entonces, bajando la voz, Jaime dice ahora que el cumpleaños se prolongó hacia la noche en una versión para adultos, cuando aparecieron los amigos de Adrián. Un poco antes de eso Helga pasó a buscar a los mellizos, pues por ningún motivo les permitía alojar allí. Jaime la divisó desde la terraza y le hizo señas que ella no correspondió. Quizás no lo había visto, quizás estaba apurada por llevárselos. Así que entraron a una sala amplia, con desniveles, y Adrián empujó hacia el centro un bar con ruedas hecho con piezas de madera, un artefacto que recordaba esos ingenios disparatados de Da Vinci, adquirido tal vez durante sus viajes a los congresos médicos.

Después que se vaciaron varias botellas, Adrián comenzó la imitación. Parecía un espectáculo habitual, pensaba Jaime, uno que se reservaba para los amigos de más confianza. Sin levantarse de su asiento el ginecólogo comenzó a imitar a una mujer en el acto de la felación. Lo hacía con talento, por lejos mejor que el mimo improvisado de la tarde. Sin exagerar, sin caer en lo grotesco, como si lo hubiese estudiado con detención y pudiera extraer los gestos más puros. ¿A dónde vamos con esto?, le preguntó Mauricio, viendo que su madre y la perra se perdían a lo lejos por segunda vez.

Lo que Jaime necesitaba expresar no era esa historia banal, terminada en un pub de solteros y divorciados de esos que se promocionan bajo el lema ‘tirar y abrazarse’, donde cada cual corrió su suerte, y ya podía figurarse Mauricio la de Adrián. No, no era eso, insistió Jaime como si estuviera sufriendo un ataque de puntadas en el parque. Se trataba de otro asunto, algo que le dijo un amigo de Adrián cuando se dirigían en auto hacia el pub de solteros, y es que en un tono confidente a Jaime le habían preguntado si también pertenecía a la cooperativa lechera. Creyó que lo confundían con algún amigo platudo del ginecólogo, pero al ver en su cara un signo de interrogación el otro hizo ese gesto obsceno de sacudirse un puño sobre los genitales. No te entiendo, compadre, lo cortó Jaime a punto de sonar rudo. Que si no vendía su semen, le preguntó entonces el amigo de Adrián, pues todos ellos y otros más, también, iban a vender el semen al banco de esperma del ginecólogo, para sus estudios de fertilidad in vitro. Somos la Grande Armée de los pajeros, le dijo, y para convencerlo de que hablaba en serio le contó que el semen se pagaba muy bien, aunque no todas las eyaculaciones valían lo mismo pues la esperma se vendía por centímetro cúbico. A algunos la ordeña les rendía más; había cada semental, incluso los más dotados vivían de esto, ¿no es así, cabros?, preguntó a los que viajaban con ellos, y todos le respondieron que sí, tal cual, así mismo. Era como vender el pelo, dijo por último, y todavía Jaime no sabía qué pensar, aquí en el parque, y se lo preguntó a Mauricio, preocupado: qué pensaba de todo aquello. En este punto, con permiso de ustedes, voy a poner otro candado en la historia para ir cerrando.

*

Debo decir que el profe de filosofía se mantuvo en silencio ante la pregunta y por un capricho del destino nunca más volvieron a cruzarse en este parque angosto. Uno podría concluir entonces que Jaime vivió en el autoengaño y la ilusión y que jamás pudo rasgar el velo de la realidad, pues las puntadas habrían sido intolerables. Pero también conviene decirse que para ciertos místicos la realidad está hecha de velos infinitos igual que láminas de una cebolla; uno no termina nunca de pelarla.

La pregunta es con cuál lámina nos damos por satisfechos. Por tal camino uno se encuentra con que Jaime, tras esa última conversación con Mauricio, se juega al todo o nada con el campeonato de pureza y obediencia caninas; reúne como puede sus lucas, postergando el pago de deudas infinitas y también, es probable, la pensión de su hija Irene, lo cual le acarrea pesadillas con su ex suegra.

En la siguiente lámina de la cebolla uno se encuentra en plena competición canina, y aquí la pureza de una raza es evaluada de acuerdo con estándares de medidas y aspecto corporal fijados por la tradición; el perro es observado inquisitivamente por los jueces, ante los cuales Jaime siente el pulso de su sangre y un torrente de adrenalina, pues sabe que la estampa de un animal es más que la suma de sus cualidades mensurables, es su presencia entera, su modo único de decir ‘aquí estoy yo en el mundo, y nadie más podría ocupar mi lugar’. El lugar de un perro, digo yo.

Tampoco la obediencia canina, si desprendemos otra lámina de la realidad, es asunto de seguir al pie de la letra las instrucciones de un amo; es una dialéctica o, dicho de otro modo, la unión mística entre hombre y animal, un acompasar propósitos, percibir obstáculos con la misma mirada, y sortearlos. Los obstáculos de un perro, digo yo.

La cebolla, me pregunto en este lugar, ¿qué sucede aquí con la cebolla? Jaime se desvanece en medio de la pista, durante la prueba de obediencia canina. Funde a blanco y me deja con el último candado entre las manos, el muy desgraciado. Va a parar a un hospital donde lo someten a toda clase de exámenes, viendo que no recupera la conciencia y no me permite seguir pelando la cebolla.

¿Qué hacemos si un protagonista pierde la conciencia? Uno que ha sufrido múltiples microinfartos cerebrales, según afirman los doctores en este caso, y cuyas posibilidades de retomar una vida normal son ínfimas, por no decir nulas, pues los facultativos siempre reservan un miserable porcentaje a la intervención divina sobre el paciente, como si a Dios le interesara ver a Jaime paseando con sus perros por el parque.

Entre candados y cebollas, en este mortinato de historia aparece entonces un poco de morfina o algún otro calmante peso pesado, que inevitablemente debilita al paciente en estado crítico y lo empuja otro tanto hacia el final. Esa sustancia alucinógena lo lleva a imaginar que Helga se entera de su accidente vascular cerebral y al obtener su número de teléfono gracias a Adrián se da cuenta de que es el mismo del cual recibió una llamada en vísperas de la competencia de pureza y obediencia, entre tres y cuatro de la madrugada. A esa hora loca Jaime se animó por fin a invitarla, pero la suiza no atendía llamadas a horas locas ni menos de números desconocidos.

Así que Helga entra sola en esta sala común, un purgatorio de moribundos. Y lo encuentra anudado a la vida por medio de sondas y tubos que ya no conducen puntadas hacia su organismo; son garfios enganchados de su alma para evitar que vuele hacia el otro mundo. Vaya imagen, digo yo. Helga se arroja sobre su cuerpo consumido y posa sus labios en su boca. Entonces una promesa antigua desprende la última lámina antes del panorama real, que para cualquier vida humana tendría que ser lo querido y lo deseado en su cumplimiento cabal, justo y definitivo. Un paisaje de campiña suiza entre montañas nevadas, un establo, una casa con chimenea de piedra a lo Heidi, por qué no. Antes de revelárselo, Helga lo ayuda a incorporarse con mucha ternura de la cama y luego cubre sus ojos con una venda negra para guiarlo de la mano hacia su destino más propio como un Virgilio y una Beatriz encarnados en una sola persona. El viaje es largo, muy largo, hasta que por fin ella le dice, descubriendo su vista: Hemos llegado.

Están a las puertas del banco de semen.

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