“Imperialismo, soberanía y Estado-nación”

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Por Antonio Lorca Siero

Desde hace algo más de dos siglos, el capitalismo se ha hecho dueño de la situación política en los Estados avanzados, con lo que la forma de imperialismo tradicional, sustentada en la fuerza de las armas, ha perdido relevancia en favor de la fuerza del capital. Se había venido entendiendo por imperialismo el dominio de una nación sobre otras acudiendo a un instrumento de convicción irresistible como es la violencia física, pero con el avance del sentido jurídico en la política de los pueblos —aportado por el capitalismo por razones de seguridad para sus intereses— la irracionalidad de la fuerza bruta resulta insostenible, aunque no queda excluida —buen ejemplo son las guerras como constante universal—. Por tanto, había que cambiar la forma de dominación, socialmente consensuada, pasando de la fuerza de las armas a la fuerza del dinero. Sin embargo, lo que a algunos parecería un avance en el grado de civilización de los pueblos, no sería más que la consecuencia del cambio operado en el modelo de fuerza dominante. Por una parte, se trataba de emplear un medio menos agresivo, acaso más discreto, con el mismo fin, esto es, la dominación de una minoría sobre la mayoría. De otra, ese medio sería un instrumento sometido al control absoluto del dominante. En definitiva, siguiendo la línea de progreso, pero conservando la misma realidad, se acude a la apariencia, suavizando el aspecto externo para conservar intacto el fondo del hecho de la dominación de las minorías.

Para los optimistas de la política, resultaría que hoy el imperialismo bárbaro se ha suavizado levemente, ya que se habla de hegemonía estatal, pero la realidad de la dominación de un Estado fuerte sobre otros considerados débiles está ahí. Es algo más sutil, acorde con los tiempos, que permite mostrar la superioridad de un país con aspiraciones imperialistas sobre otro, sin necesidad de invadirlo o anexionarlo materialmente, pero de hecho conduce al mismo resultado. En buena parte, el mundo aparece dividido en zonas sujetas a la influencia de Estados-hegemónicos fuertes que ejercen su dominio sobre la base del poder que otorga el dinero, limitando con ello la soberanía tradicional de los Estados económicamente débiles acogidos dentro de su zona de influencia. El término gramsciano se ha abierto paso en todos los terrenos y se aplica no solamente al principio consensuado de la supremacía de un Estado, sino a las bases de su superioridad, por lo que hay que desviar la cuestión inevitablemente al terreno del dinero y a todo aquello dispuesto para ser comercializado. Quien se presenta como hegemónico dispone de la capacidad de mercado para vender su política, economía, derechos, cultura y prioritariamente su modelo de sociedad. Toda esta producción es etiquetada como mercancía tecnológica dispuesta para ser comprada por el Estado débil, en la creencia de que tales productos son superiores a los autóctonos.

Consecuencia de este reconocimiento de la superioridad del hegemónico es que, si desde la época burguesa el Estado-nación había venido siendo pieza clave para el desarrollo de los intereses capitalistas, adornado de atributos de mando sobre las masas, hoy ha pasado a ser soberano de nombre en el plano internacional. Efectivo solamente para sus súbditos, porque al capitalismo le interesa que la política funcione a nivel global bajo su dirección. Actuación en la que los Estados son simples seguidores dirigidos políticamente desde los intereses económicos. El modelo de Estado-hegemónico por excelencia —USA—, como motor del capitalismo mundial, utilizando sus empresas multinacionales es la nueva forma de expresión del viejo imperialismo renovado, con la tolerancia de otros Estados fuertes —son los casos de China, UE o Rusia—, que hacen lo propio en su zona de influencia y avanzan en otras direcciones empleando planteamientos análogos.

La soberanía del Estado-nación, desde una perspectiva internacional, ya empieza a plantearse como una leyenda del pasado, simple recuerdo de lo que fue en la época de Bodino, y en cuanto al orden interno, en parte, va por el mismo camino, puesto que sigue las directrices del dominante, y solamente es plenamente soberano ante las masas acogidas en su entorno geográfico en aquellos asuntos libres de la influencia hegemónica, que son cada vez menos. Económicamente debe plegarse a las exigencias del mercado dominado por las multinacionales. Políticamente al mandato del Estado-hegemónico de zona. Quien dirige la batuta en ambos frentes no es otro que el capitalismo, maestro de la doctrina del dinero.

Pese al escepticismo imperante, el Estado-nación clásico, de naturaleza centralista, sigue siendo una fórmula política válida para el control de masas, aunque no haya problema alguno en fragmentarlo en pequeños reinos de taifas si así se vende mejor la producción capitalista. Lo determinante es que siga cumpliendo con su función de controlador del orden en las sociedades, ya que el orden es esencial para el mercado. Así pues, aunque la vieja soberanía está en crisis, porque el Estado-nación ha de pasar por las determinaciones del Estado-hegemónico, los organismos internacionales y en algunos casos las entidades supranacionales, el Estado-nación no está condenado a desaparecer en tanto el sistema global lo necesite para mantener el orden intrafronteras. Por otro lado, desde la perspectiva de la burocracia política, es decir, de los políticos, se ve compensada porque la soberanía que se pierde en el terreno internacional se gana en el ámbito nacional. En la cara interior de la soberanía quien acumula poder es la burocracia en su conjunto, ya que avanza con paso firme en el proceso de control de masas invadiendo el terreno de la intimidad personal, modelando derechos a conveniencia de sus intereses y estrechando la libertad hasta convertirla en apariencia.

El problema que ahora se plantea, pese a las reiteradas declaraciones, es que el pueblo ya no es, ni de nombre, soberano en su Estado-nación, como dicen las constituciones, porque gobiernan los foráneos. El otro es el de la democracia representativa, puesto que no se elige a los llamados representantes del pueblo, sino a los subalternos del verdadero soberano, esto es, el Estado-hegemónico de zona, que a su vez figura como representante del capitalismo. En este panorama global resulta que solamente la leyenda de la soberanía estatal se mantiene vigente. No obstante, el Estado-nación, dedicado a guardar el orden interno, parece seguir gozando de buena salud, ya que quienes lo gobiernan se implican en ello e incrementan las esferas del ejercicio del poder, pasando a ser señores de vidas y haciendas —eso sí, respetando el Estado de Derecho—. Por contra, el temor a las agresiones externas casi ha desaparecido con el nuevo modelo, lo que le permite a las burocracias nacionales operar sin riesgos aparentes, siempre que sigan las consignas del Estado-hegemónico y cumplan fielmente con la doctrina capitalista.

Antonio Lorca Siero

Enero de 2019.

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