Ideología o chatarra

A principio de los años noventa, en medio de la polvareda levantada por el estrepitoso derrumbe del modelo socialista eurosoviético, se aludía frecuentemente al fin de los “meta relatos”, una forma rebuscada de referirse a la real o supuesta pérdida de vigencia de las grandes corrientes del pensamiento político, los sistemas filosóficos y las doctrinas económicas, principalmente el marxismo y el liberalismo.

Según aquel punto de vista, iluminado sobre todo por la idea, jubilosamente acogida en círculos académicos y políticos occidentales, acerca del “fin de la historia”, la evolución de la sociedad humana había concluido al devolver la universalidad al sistema capitalista.

Según esa absurda lógica, al no quedar nada por hacer, tampoco era necesario pensar. Las ideas sobraban.

El mayor problema de semejante esquema, superficial y acríticamente adoptado por las elites dominantes que lo convirtieron en elemento del pensamiento único y de la hegemonía ideológica que quiso acompañar a la unipolaridad, fue que no tomó en cuenta que la regresión de una experiencia concreta no desautorizaba todas las doctrinas que la informaron ni eliminaba a los actores sociales.

Nada impidió a Fukuyama pensar, escribir y amplificar su pensamiento por millones de ejemplares, lo que no podía era suprimir la existencia real de la clase obrera, el campesinado y la juventud. Tampoco estaba en capacidad de acabar con las razas y la discriminación racial, terminar con el hambre y poner fin a la exclusión social.

La existencia de antediluvianas oligarquías que someten a la mayor parte de los pueblos del Tercer Mundo a brutales esquemas de dominación económica, los sistemas políticos basados en la corrupción y el caciquismo, así como las relaciones internacionales afirmadas en las desigualdades, la explotación y la dependencia de los países subdesarrollados por los centros imperiales de poder, son datos de la realidad que no pueden ser sustituidos por ejercicios propagandísticos más o menos ingeniosos.

Los conflictos internos y externos, la lucha de clases e incluso las contradicciones entre los países capitalistas desarrollados que se alimentan de situaciones reales, crean necesidades teóricas e ideológicas a las que, desde una u otra orilla, el pensamiento avanzado ofrece respuestas.

Es cierto que del hundimiento del modelo socialista establecido en la Unión Soviética y en los países de Europa Oriental significó un duro revés para el movimiento obrero, la lucha de liberación nacional, la causa de la paz y el desenvolvimiento de los procesos políticos de signo progresista y que para los países exsocialistas fue un trauma que provocó además la confusión, la dispersión y el desaliento en las fuerzas de izquierda a nivel mundial, ello no significó el fin de la historia.

En la práctica y no sin grandes traumas, el marxismo se sacude de las rémoras que le incorporaron el estalinismo, el dogmatismo, el inmovilismo y los graves errores y deformaciones de que fue objeto y reverdece en aproximaciones teóricas, que incorporan las reflexiones de esclarecidas inteligencias contemporáneas para dar respuestas a las nuevas realidades.

Incluso el pensamiento liberal comienza a liberarse de la pesada costra que le incorporó el neoliberalismo que, efectivamente no necesita de desarrollos teóricos y puede cubrir su esterilidad con la chatarra conceptual que le ofrecen los balbuceos de la nueva derecha conservadora, que sin nada que aportar, se arma con un pobre y desfasado discurso fundamentalista.

Las grandes doctrinas que informaron el desarrollo humano y alimentaron las ansias de progreso humano, no están muertas ni superadas. Siguen en sus pedestales, como referentes o guías para la acción.


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Aportado por Pepcastelló

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