¿Identidades perdidas? El hombre enmascarado ante su espejo

EL HOMBRE ENMASCARADO SE MIRA EN EL ESPEJO

Madrugada de un día de fiesta. Pronto amanecerá. Desde mi ventana, luces y sombras tejen una maraña de lejanías urbanas. Contrapunto del silencio, el ladrido lejano de un perro oculto en algún rincón de la noche que se desvanece. Pienso: estoy aquí, sólo, yo, una conciencia consciente de sí misma. Todas las demás circunstancias: nombre, edad, patria, estado civil, son una máscara prestada que sólo sirve para cubrir ante el mundo mi primera realidad: mi verdadero ser. “¿Quién soy yo?”…

Innumerables seres humanos nos hacemos esta preguntas innumerables veces, pero ¿quién sabe la respuesta? Porque de no conocer la respuesta a esta pregunta tan elemental, tan simple pero determinante, lo que hagamos cualquiera de nosotros carece del sentido de la realidad, ya que la realidad más elemental, la de saber quién es uno mismo, nos es desconocida. Nos miramos en el espejo y sólo nos encontramos con nuestras máscaras. Conocer la respuesta de quién las habita puede llevarnos toda la vida o muchas vidas, depende de cada uno, pero por reduccionista y fragmentario, el pensamiento dogmático de las iglesias y la filosofía oficial pragmática de los estados y una filosofía materialista ya desfasada por la ciencia en nuestra época se han encargado de despistarnos o de abortar la necesidad de buscar en nuestro interior con la mirada libre de prejuicios. Nunca se animó a nadie a semejante tarea por ninguna institución porque ellas mismas fabrican máscaras y cuando algún desorientado con buena fe se atreve a hacerles preguntas encuentra falsas respuestas o señuelos para llamar la atención de la mente intelectual y de los sentidos para tener captada así a su propia clientela y seguir teniéndola enmascarada.

SE PROPONE UN EJERCICIO DE BUCEO

La mirada interior es un punto de partida que de no aceptarse o de no acertarse con la visión, tiene muy importantes consecuencias. La primera de todas es que quien no sabe quién es uno mismo no puede conocerse, ni por tanto conocer a los demás, a los que se mira desde el cristal empañado de la propia ignorancia y de los prejuicios personales, con lo que el sentido de lo real resulta, por extensión, profundamente alterado.

Si se carece del sentido correcto de lo que es subjetivo, es decir, propio del sujeto que es uno mismo en cuanto sujeto que se reconoce y conoce,es imposible acceder al conocimiento objetivo de lo que llamamos realidad. Pues ante la pregunta de ¿qué es real? ¿Cómo responder? Y ¿Quién responde en nuestro nombre? ¿Nuestro subconsciente, ese desconocido que habita en el sótano y al que nos asusta abrirle la puerta para que no eche por tierra la imagen que hemos puesto en lugar de quién somos? Con esta imagen que hemos superpuesto a nuestro subconsciente tapándolo con identidades prefabricadas por otros (nombre, edad, nacionalidad, creencias de esto o lo otro…) colocamos identidades sobre identidades que se confunden y hasta se contradicen.Pero con ellas pretendemos ir tirando por la vida, aunque lo que vamos tirando y desperdiciando es la vida misma.
Y ¿cómo descifrar nuestro subconsciente? Aprendiendo a observarnos como si observáramos a un extraño. Observando la calidad ética de nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones, palabras y actos. Las motivaciones reales de todo eso ¿a qué intereses responden? ¿A los de nuestra conciencia? ¿A los de nuestro pequeño y egoísta yo? ¿A los de nuestros diversos “educadores sociales”?

(Parecen preguntas de esos libros de autoayuda, pero nada más lejos de mi intención)

¿INDIVIDUALISTAS Y GREGARIOS?

Vamos por el mundo con nuestras banderas personales pensando que somos únicos, y lo somos, pero al faltarnos la perspectiva de quién es este que lo piensa, de nuestro verdadero ser, fácilmente nos sentimos distanciados de otros que andan igual que nosotros de perdidos. Y rota la verdadera comunicación (pues ya estaba rota en nuestro interior) es fácil llegar a lo que se llega comúnmente: al extrañamiento, a la indiferencia, al desprecio al otro y a sentimientos por el estilo que van a ser bien aprovechados por el sistema capitalista y las iglesias para empujarnos en la dirección que les interesa. ¿Y cuál es? El individualismo gregario. El individualismo nos aleja de la individualidad y el gregarismo del sentido social y cooperativo. Esta es la base del poder de esta sociedad, con todas sus instituciones: desde el estado a la familia; desde la Iglesia a la gran superficie comercial. El juego es doble: hacer perder a la gente conciencia de su individualidad con el sucedáneo del individualismo, y creándole falsas identidades mediante“inyecciones” de ideología y roles sociales convencionales.
Y esto es posible no porque aquellos, los que imponen y dirigen, tengan una conciencia de sí cabal, sino porque los que se dejan llevar tienen todavía menos conciencia de quiénes son. Y esto es algo que aprovechan muy bien los organizadores del comercio, de las iglesias, de la política y de las guerras. Esto es una premisa esencial para que existan las dictaduras y toda clase de dependencias emocionales, sociales y económicas.Un yo enmascarado, es un yo manejable. Como sucede en la sabana, donde a los animales débiles de la manada se los comen los leones, a una conciencia débil también se la comen los leones y zorros de nuestro mundo.

LA LIBERTAD VIGILADA DEL HOMBRE ENMASCARADO

Los mecanismos del poder se van así consolidando y refinando para pasar lo más desapercibidos posibles mientras a la vez aumentan su eficacia. Un ejemplo: vamos por una carretera solitaria en el interior de nuestro automóvil, y creemos gozar de libertad sin que haya nada que nos impida correr a la velocidad que nos parezca. Pero es una falsa imagen, porque en ese mismo momento las pantallas de Tráfico desde un radar que no vimos o un helicóptero que nos pasó desapercibido están siguiendo nuestros movimientos y valorando nuestra conducta. Igual sucede en las vías públicas, cuando compramos o cuando entramos en un banco, etc. Vivimos una libertad vigilada pero se pretende que no nos agobie este hecho y se busca la discreción las más de las veces.

Poco importa entonces que el Poder que vigila y castiga las desviaciones –desde la multa a la cárcel o a la excomunión, según su naturaleza- tenga un nombre u otro. Da lo mismo que se llame monarquía que república; dictadura que democracia: es el Poder, es la afirmación del sí mismo basada en la negación de los otros tras haberlos convencido de su rol de dependientes.

DESEMBARCANDO EN EL AMANECER

Todavía falta a esta hora el canto de los pájaros, pero ya sobran grúas sobre el horizonte. Y sobran, a esta hora que debiera ser calma, rugidosde motores que cruzan el silencio como ráfagas atronadoras. No es, desde luego, un amanecer bucólico. Para ser justos, es un amanecer como corresponde a la humanidad enmascarada.

Y se sucederán muchos amaneceres semejantes igual de grises y exentos de belleza mientras no encontremos individualmente la respuesta a la pregunta ¿quién es este desconocido que se pregunta por sí mismo? Y mientras cada uno no seamos capaces de arrancar nuestra máscara y pisotearla después de saber quiénes somos, que no es quienes nos dicen ni quienes creemos ser casi ninguno de nosotros.

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