Hvala y plomo en las gónadas

Ya se les desbordó la testosterona cinegética a los escopeteros. En cuanto se han enterado de que guardias rurales están buscando a la desdichada Osa Hvala, un nutrido grupo de cazadores se ha sumado a la incomprensible batida armados con lo que parece ser, a juzgar por su actitud, la prolongación de su falo, el rifle, y lo han hecho sin que nadie haya solicitado su intervención, pero es que estos “Rambos” de catálogo de caza en cuanto huelen la sangre se excitan y allí van, dispuestos a acorralar a la bestia y aunque oficialmente no se le pueda abatir, veremos qué ocurre cuando uno de estos monteros la encuentre. Permitir que cazadores colaboren en la captura de un animal que tiene que resultar indemne es como enviar a Bush encabezando una misión de paz.

Ellos afirman que lo hacen porque el plantígrado atacó de forma inmisericorde a un colega suyo, un cazador de 72 años supuestamente agredido por Hvala. Y digo supuestamente porque las heridas de este hombre, dada su naturaleza, más bien parecen haber sido infligidas por un minino; aunque no voy a ser yo quien ponga en duda su versión, que eso ya lo ha hecho con mucho más conocimiento y propiedad el Sr. David Nieto Macein, quien como experto etólogo ha redactado un artículo que aclara diversos aspectos de este asunto y de los que quiero remarcar lo siguiente: explica que el Oso Pardo, especie a la que pertenece Hvala, al contrario del Norteamericano o del Polar no es peligroso y sólo atacaría de forma intimidatoria, sin cebarse, en el caso de que sus oseznos fuesen molestados, pero repito, para ahuyentar a la amenaza y no para acabar con su vida. De hecho, según el Sr. Nieto, un zarpazo de un oso puede matar a un mulo, por lo que resulta poco creíble que el cazador herido fuese víctima de este tipo de asalto. Nos ilustra también acerca del comportamiento del Oso Pardo indicando que son muy precavidos y que su instinto es huir del peligro y esta criatura sabe que el hombre es uno de los más terribles que puede encontrar, por eso, sólo en el caso de verse acorralado, con sus crías en situación de riesgo y sin escapatoria posible, podría emplear la fuerza lo justo para procurarse la huida, lo que lejos de constituir una agresión injustificada no es otra cosa que legítima defensa.

Analicemos lo ocurrido. El Septuagenario no estaba en la montaña plantando tomateras ni apagando un incendio como voluntario, sino que se encontraba armado intentando descerrajarle un tiro a un jabalí. ¿En un acto de autoprotección?, ¿por hambre?, no, por diversión, porque a Lluis Turmo, como a todos los que comparte su afición, le causa placer acabar con la vida de un animal para luego contarlo muy ufano en el bar y hacerse una fotografía con el pie encima del cadáver de la pieza aniquilada. A eso se reduce la caza como pasatiempo: brutalidad, egoísmo y vanidad. Y hablando de fotos, acabo de ver una en una conocida página de caza en la que varios cazadores posan muy orgullosos junto a una hembra muerta de jabalí y a su lado yacen los cuerpos inertes de sus cinco crías también abatidas por los satisfechos escopeteros. ¿Se imaginan la escena?, supongo que esos cafres primero mataron a la madre con toda su frialdad y después ya les resultaría muy sencillo hacer lo mismo con su camada, unos jabatos desorientados, aterrorizados y desvalidos tras ver morir a su madre que fueron cayendo uno a uno y todo para qué, ¿para colgar una imagen en Internet en la que aparecen con sus armas, una sonrisa de oreja a oreja y cinco cuerpos ensangrentados a sus pies?.

Pero volvamos a Hvala, porque lo que este grupo de cazadores que se ha lanzado a su busca nos quiere vender es una actitud solidaria con su compañero y sobre todo, su preocupación por la integridad de seres humanos ante la temible amenaza que representa la fugitiva y amedrentada Osa Parda. ¡Hay que ser cínicos!. Esta gente organiza cacerías en nuestro País en forma de campeonatos en los que gana el que mata más; contratan viajes al extranjero para cazar ejemplares que aquí no existen o bien están protegidos, sabiendo que en determinadas naciones, previo pago, se puede acabar con individuos de especies en extinción, así regresan muy petulantes después de haber ultimado un elefante, un tigre, un oso o un bisonte – en eso tienen a un regio valedor en D. Juan Carlos, asiduo a este tipo de onerosas carnicerías – ; practican el furtivismo en un alto porcentaje; utilizan cebos y trampas ilegales y matan hembras en estado de gestación; sus perros a menudo resultan destripados por los colmillos de los jabalíes –los “cuchillos de los guarros” dicen ellos en su macabro argot -; por no hablar de los numerosos accidentes de caza que claro, como son accidentes no tienen responsabilidad penal. Así de fácil y de trágico: ponemos armas en las manos de personas a las que les gusta utilizarlas como entretenimiento – no son miembros de las fuerzas de seguridad, no están trabajando, es sólo un esparcimiento – llenamos la zona de cazadores y de simples ciudadanos que van paseando por el monte ajenos a que algunos primero disparan a lo que se mueve y luego comprueban qué era y así pasa, que en 2007 hubo más de veinte muertos en accidentes de caza y cerca de un millar de heridos, pero no se ha registrado ningún fallecido por ataque de oso prácticamente desde Favila. Sin embargo dicen estar muy compungidos por los puntos de sutura del anciano cazador y preocupados por si alguien resulta agredido nuevamente por la Osa. ¿Es o no es cinismo la de esta patrulla mortal reconvertida cara a la galería en ángeles de la guarda?.

Esta caza de la “Osa asesina” me recuerda a aquellas del hombre que tenían lugar en los Estados Unidos, cuando docenas de desalmados se lanzaban a la persecución y posterior ejecución de un pobre desgraciado al que habían dado unos minutos de ventaja para aumentar el morbo de la “cacería”. Si cambiamos el capuchón blanco por el gorro de cazador y al “condenado” de piel negra por una osa parda tenemos un episodio brutal y sangriento similar: la horda excitada y violenta tomándose la justicia por su mano, dictada según sus siniestras leyes o en este caso, con la connivencia de ciertos políticos que han hecho de este suceso una especie de asunto de primer orden, doblegándose a los deseo de ganaderos y cazadores y sobre todo, supeditándose a intereses económicos. La víctima, sin posibilidad de hacerse escuchar está sentenciada a muerte en cualquier caso, porque a aquellos que la acosan no les importa la verdad ni son capaces de razonar; su única obsesión es matar al ser más indefenso para reafirmar de forma tan cobarde su cacareada virilidad, lástima que tanto derroche de hombría basada en la tenencia de un rifle frente a un ser desarmado, vaya en detrimento de su sensibilidad y calidad moral.

No me voy a meter en la conveniencia o no de reintroducir al oso en el Pirineo, aunque tengo claro que el hombre es un depredador para otras especies, el más feroz y cada día que pasa degrada y reduce de modo más dramático el hábitat de los animales y cualquier intento por devolverles una mínima parte de aquello que les hemos robado me parece loable, pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que el cazador que recibió los arañazos se adentró con sus compañeros en la montaña con la intención de matar y si Hvala realmente le atacó, probablemente lo hizo sin otra intención que buscar la huída viéndose rodeada de individuos con armas de fuego, acosada por los perros y tal vez después de escuchar el estruendo de los disparos. Tanto en el Pirineo como en otras zonas de España la convivencia entre humanos y osos es pacífica y apenas se cruzan hasta que han llegado ellos hasta sus inmediaciones, los que se las dan de conservacionistas y amantes de la naturaleza, esos que demuestran su singular cariño exterminando y ha bastado la reacción natural de una madre protegiendo su vida y la de sus crías, para que determinados intereses la conviertan en el enemigo público número uno y esa caterva de adictos al cartucho, se lancen como posesos al monte y en un nuevo “accidente” llenar su cuerpo de plomo para después relatar orgullosos que ellos acabaron con la peligrosa bestia. Peligrosa, bestia… una criatura aterrorizada que seguramente va a morir a manos de unos cuantos fanáticos de la escopeta.

Algunos políticos, en vez de abanderar este crimen que se va a cometer como están haciendo, deberían de empezar a pensar que la amenaza no la constituye una osa asustada en su espacio natural, sino casi un millón de hombres con licencia para matar como forma de recreo, que se adentran en el medio de otras especies y juegan a ser dueños de vidas ajenas cada vez que disparan un proyectil que a veces da en un jabalí, otras en un corzo, algunas en su propio perro y de vez en cuando, en otro hombre.

Julio Ortega Fraile

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