Horror y números

&nbsp Una asimetría feroz, una despropor­ción atroz entre las fuerzas de dos contendientes no permite llamar guerra a un aplastamiento. Y sin embargo los medios, que hoy día lo diseccionan todo hasta extremos ridículos, no tienen em­pacho en simplificar el lenguaje mediático para llamar guerra a lo que es bar­barie. Pero independientemente de esto, las palabras di­cen muy poco cuando se trata de sustantivar el horror de una gue­rra, y mu­cho más específicamente una invasión armada a la que sigue la ocupación y obliga entonces a llamar “conquista” al hecho. Pues no otra cosa son las invasiones y posterior ocupación de Afganistán e Irak a cargo del imperio estadounidense, basadas cínica y cruel­mente en una sarta de mentiras. Invasión, ocupación, guerra asimé­trica y conquista del Oriente Medio asiático, como fue la presencia y potencia de hispanos y anglosajones en América a raíz de su des­cubrimiento…

&nbsp Desde el preciso momento en que, tanto en Afganistán como Irak, comenzaron los bombardeos unas veces selectivos con drones, y otros indiscriminados, el horror no hizo más que empezar, pues una vez puesta la bota del yanqui en suelo afgano e iraquí, el horror ini­cial trans­mutó en paroxismo, y si no, en una palabra que no existe para medir la vesania, la carnicería, el sadismo y la barbarie hechos verbo. Por­que ninguna palabra ni idea puede dar noticia cabal de lo que, en esas circunstancias, sienten una o millones de personas que están prefiriendo morir antes que presenciar el sufrimiento extremo propio o el ajeno. Por eso palidecen las cifras de los muertos en el trance de las ocupaciones de los dos países asiáticos cuando pen­samos en el horror concentrado que es inmedible o inconmensura­ble.

&nbsp Parece ser que la revista médica The Lancet ha calculado, por el procedimiento que emplean los epidemiólogos interrogando a las fa­milias en una amplia muestra de hogares, y localizando mientras tanto a las viudas, que el número de muertos entre 2003 y enero de 2008 en Irak fueron 1.033.000.

&nbsp Esto está muy bien, está muy bien “saber”, pues “saber” lo que su­cede (o nos dicen que ha sucedido) es el argumento prin­cipal que suele usarse para defender la democracia después del de la liber­tad. Y para “saber”, el número siempre ha de estar presente para hacernos idea de la magnitud de la tragedia. Si no, parece que no podemos padecer. Para conseguir patetismo, hay que tener delante números. Y en ello se afanan algunos. Así podremos calibrar el ca­nallismo, aunque la sensación más patética todavía sea la impoten­cia, la imposibilidad de hacer absolutamente nada no para remediar lo sucedido sino también para evitar lo que habrá de suceder. Ese “saber” añade mucho más dolor desgraciadamente gratuito… Poco importa cuál fuese la causa o el pretexto a estos efectos. Poco im­porta ya que fuese desen­cadenada por un “error de cálculo” tozudo y malicioso, o por la ambición la­tente de pe­tróleo de unos cuantos. Por eso, los números, en esta materia, en materia de muertos, de­capitados, torturados o empalados… re­cuerdan también a las ofer­tas, a los bonus y a la esta­dística tan ín­ti­mamente estre­chados a la vida actual prác­ticamente desprovista de alma. Números que no lo potencian, sino que rebajan el al­cance del horror durante siete años en aquel desgra­ciado país, cuna de la civi­liza­ción, hasta situarlo al nivel del interés que reviste el nú­mero de ejemplares vendidos de un best-se­ller.

&nbsp Pero es que además ni siquiera me conformo con las ci­fras de The Lancet. A mí se me antojan absolutamente insuficientes. Tengo la impresión de que no son 1.033.000 los muertos en Irak en­tre las fe­chas dadas, sino que son 3.055.207. Este número, aunque parezca cabalístico e inventado, resulta tan razonable como el otro; sencilla­mente porque, medida la tragedia en sufrimiento, expresa lo mismo que el otro. Sobre todo si llevo el humanismo que pro­feso hasta los extremos de Voltaire al decir que “la li­bertad de todo un pueblo no merece el derramamiento de una sola gota de sangre”. En todo caso, si no se me entiende, he de citarle de nuevo: “cuando el hom­bre que habla y el hombre a quien se habla no se entienden, eso es metafí­sica”. Porque si llega, bien está, pero si no llega, tampoco pretendo la simbiosis con todo el que me lea…

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