Honras al Mariscal López, gran latinoamericanista!

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Conciente estoy que expresarse sobre el Mariscal López es, cuanto menos controversial, por lo que me apresuro a consignar que ello es así, sin dudas, porque significa necesariamente exponer mentiras, desvirtuaciones y desconocimientos históricos, también engaños y traiciones que nos llegan hasta estos tiempos.

Pero la historia es inexorable y expone con crudeza sus resultados, puesto que si se razona con que la indagación histórica tiene como fin conocer las causas del acontecer pasado y la incidencia en esas circunstancias de la acción directa de las personalidades, podremos determinar con certeza científica lo que sucedió y por qué sucedió, en otras palabras, las profundas causas que provocaron aquellos acontecimientos.

Trato de rescatar la figura del Mariscal de Acero como elemento del pasado que incide formidablemente en nuestros tiempos y expongo claramente que eso es así toda vez que la heroica vida y obra de López tuvo y tiene que ver con los problemas estructurales vigentes del Paraguay y de cuestiones pendientes con sus vecinos…

Esos problemas estructurales como la falta de tierra para los labriegos o la industrialización demorada en razón de la no libre disponibilidad de la energía de Itaipú, entre otros derivados de éstos, son muestras más que suficientes de que la titánica defensa del Mariscal tuvo suficientes razones y nos interpela consecuentemente con severidad a propios y extraños.

Rememoremos un instante que el Paraguay Independiente (1811-1870) fue una nación moderna, industrial y socialmente justa.

Al finalizar la guerra llamada de la “Triple Alianza” se produjo un verdadero despojo, pues se arruinó todo aquel entramado socio-económico y político sin par en Latinoamérica, origen actual de los campesinos sin tierra.

Empero la cuestión de la guerra fue dramáticamente peor, ya que en realidad fue un verdadero holocausto.

Sí, el Holocausto del Paraguay existió y el Holocausto paraguayo fue uno de los crímenes más horrendos de toda la historia universal.

¿Cuál fue el crimen imperdonable que cometiera el Mariscal Solano López y la Nación paraguaya para arremeter contra ellos?.

El Mariscal había demostrado hasta el cansancio que no era una amenaza a la seguridad de la naciones hermanas del sur, pues su prodigioso talento de diplomacia lo expuso con maestría en 1859 cuando se constituyó en nexo entre Justo José de Urquiza y Bartolomé Mitre a la hora de pactar el tratado de San José de Flores, que introdujo a Buenos Aires en la Constitución Nacional Argentina.

Francisco Solano López Carrillo había nacido en Asunción el 24 de julio de 1826 y falleció combatiendo heroicamente contra sus asesinos en Cerro Corá el 1 de marzo de 1870.

Cerro Corá, lugar geográfico que hoy tiene una connotación formidable por significar el espíritu indomable de quien lucha por ideales magnánimos hasta brindar su vida sin dudar, eso es lo que sentí al conocer ese sagrado lugar y mezclarme en esa ocasión con la fulgurante naturaleza que la envuelve, y está bañada por el Aquidabán.

En la mente y en el corazón del Mariscal no cobijaban ni el odio ni la envidia, pues fue un hombre de talentos, intelectual y de acción, un extraordinario conductor político y militar que se movía con comodidad entre la realeza como con los hombres modestos y con los indígenas.

En Europa ganó amistad por su desempeño en la diplomacia y en los negocios, pero también generó envidia por su atractivo masculino ineludible ante el género femenino sin importar su estado civil, prueba de ello fue su unión con una mujer casada previamente: la irlandesa Elisa Alicia Lynch.

Esa personalidad, munida de ideales y románticos ensueños de independencia e igualdad comunera, sumado a una profunda convicción latinoamericanista basada en un irrestricto respeto a la soberanía de los pueblos, tenía que levantar odios y rencores de los sectores cipayos.

No es un capricho ni una paradoja de la historia de que entre aquellos que lo vilipendiaron y los que hoy lo vilipendian exista una línea ideológica congruente con los imperialistas, el Mariscal lo sabía y sus palabras antes del desastre inevitable al respecto nos libera de toda síntesis necesaria de cuanto afirmamos: “Si los restos de mi ejércitos me han seguido hasta este momento, es porque sabían que yo, su jefe, sucumbiría con el ultimo de ellos en este ultimo campo de batalla. El vencedor no es el que queda con vida en un campo de batalla, sino el que muere por una causa bella. Seremos vilipendiados por una generación surgida del desastre, que llevará la derrota en el alma, y en la sangre como un veneno el odio del vencedor”.

Anhelo con modestia, pero firmemente convencido, encontrarme entre los que consigna el Mariscal: “Pero vendrán otras generaciones que harán justicia aclamando la grandeza de nuestra inmolación”.
Y de tal modo pongo distancia abismal entre los que denuncia el Mariscal Francisco Solano López al decir: “Yo seré más encarnecido que vosotros, seré puesto fuera de la ley de Dios y de los hombres y me hundirán bajo el peso de montañas de ignominia”.

Definitivamente aliento y saludo el advenimiento del “pero también llegará el día en que surgiré de los abismos de la calumnia para ir creciendo a los ojos de la posteridad para ser lo que necesariamente tendré que ser en las páginas de la historia”.

¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!.

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