Honor al Mallku

Fue en dos largas conversaciones que el Mallku, o Felipe Quispe Huanca, me resumió su visión estratégica de la emancipación humana, siempre con los pies puestos en la tierra y su cabeza en la recuperación de la propiedad comunal y en la superación de la propiedad privada. Para la cultura dominante, era el maligno anti-héroe odiado a muerte por su significado práctico y teórico; para la cultura dominada, para los pueblos expoliados, era un compañero al que se le encargaban duras responsabilidades por su capacidad demostrada. Lenin definió a su admirada Rosa Luxemburg como Águila, el pueblo aimara llamó a Quispe, Cóndor.

El impacto de aquellas conversaciones fue, en esencia y sin mayores precisiones ahora, el mismo que el de otras mantenidas con personas o colectivos vietnamitas, argelinos, indios, saharauis, birmanos, palestinos, haitianos, mapuches, kurdos, guaraníes…: la tremenda incapacidad del grueso de la izquierda eurocéntrica para elevarse al nivel de conciencia organizada de los y las revolucionarias del mal llamado “tercer mundo”. El Mallku venía a decir lo mismo sobre el engreimiento y la prepotencia del grueso de la izquierda eurocéntrica: su internacionalismo aparente oculta, por un lado, un desprecio profundo, y por otro lado, una pasividad frecuentemente colaboracionista a la hora de combatir los crímenes del imperialismo en sus mismas entrañas. Pienso que si el Mallku hubiera vivido en Europa habría extendido esta crítica al trato que dan esas fuerzas gran-nacionalistas a los pueblos oprimidos por sus Estados.

Pese al tiempo transcurrido desde entonces, y gracias a los apuntes que hice después de las conversaciones, ahora voy a intentar actualizar a nuestro contexto mediante algunos puntos lo hablado en aquél local popular que rezumaba rebeldía y dignidad:

Intransigencia en la caracterización del opresor para no olvidar nunca su ferocidad, y menos cuando éste se intente camuflar con el manto de su democracia. Fuera el pasado colonialismo español, o la siempre bárbara presencia “invisible” de los yanquis, el racismo de las burguesías blancas, criollas y mestizas, o el reaccionarismo cristiano, las izquierdas siempre han de mantener actualizada la naturaleza histórica de la clase explotadora y de su Estado. Debilitar la memoria de sus crímenes es abrir la puerta a que vuelvan a producirse. En cierta forma tal debilitamiento fue una de las causas que facilitó el golpe de Estado en Bolivia. La recuperación de los fascismos en sus diferentes intensidades viene impulsada también por la deliberada amnesia histórica impuesta por los reformismos.

Intransigencia en la denuncia de los métodos represivos, como la tortura, que el Mallku sufrió como tantas otras personas y que es una práctica histórica que define con mucha exactitud la inhumanidad de la cultura oficial española e imperialista. El Mallku conocía con detalle la naturaleza estructural de la tortura en el presente de las burguesías colaboracionistas de Nuestramérica, método trasplantado por la civilizada Europa desde el siglo XV, mejorado por las lecciones francesas a la CIA, etc. Hace muy poco, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha vuelto a condenar al Estado Español, administrado por un supuesto «gobierno progresista» que incluso tiene un «ministro comunista», por no investigar torturas.

Intransigencia en la defensa del derecho/necesidad de la rebelión contra la injusticia. Como militante de la organización armada Túpac Katari, el Mallku dominaba la teoría marxista de la violencia revolucionaria, de sus diferentes niveles tácticos de interacción de las formas de rebelión, resistencia activa o pasiva, movilización no-violenta y pacífica, contenido ético, etc. Sin la flexible dialéctica de esta teoría no entenderíamos el por qué el imperialismo ha sufrido tantas derrotas, el por qué las clases y naciones oprimidas la reactivan de nuevo, mejorada, tras cada lucha perdida, el por qué las mujeres trabajadoras recurren a múltiples autodefensas que tienen su matriz en esta teoría, etc. De hecho, la vuelta de la democracia a Bolivia ha sido posible también por el miedo de amplios sectores de la burguesía golpista y de una parte del Ejército a que los pueblos y el proletariado dieran un salto cualitativo en la práctica de la teoría de la violencia revolucionaria, en el caso de que no bastara su creciente fuerza de masas en movilizaciones, cortes de carreteras, etc. Es muy probable que el Mallku hiciera suyas estas palabras de Rosa Luxemburg en «Una vez más el experimento belga», Debate sobre la huelga de masas, PyP, nº 62, Cartago, Argentina, 1975, p. 110:

El terreno de la legalidad burguesa del parlamentarismo no es solamente un campo de dominación para la clase capitalista, sino también un terreno de lucha, sobre el cual tropiezan los antagonismos entre proletariado y burguesía. Pero del mismo modo que el orden legal para la burguesía no es más que una expresión de su violencia, para el proletariado la lucha parlamentaria no puede ser más que la tendencia a llevar su propia violencia al poder. Si detrás de nuestra actividad legal y parlamentaria no está la violencia de la clase obrera, siempre dispuesta a entrar en acción en el momento oportuno, la acción parlamentaria de la socialdemocracia se convierte en un pasatiempo tan espiritual como extraer agua con una espumadera. Los amantes del realismo, que subrayan los «positivos éxitos» de la actividad parlamentaria de la socialdemocracia para utilizarlos como argumentos contra la necesidad y la utilidad de la violencia en la lucha obrera, no notan que esos éxitos, por más ínfimos que sean, solo pueden ser considerados como los productos del efecto invisible y latente de la violencia.

Intransigencia en la defensa a ultranza de la propiedad comunal e intransigencia radical por recuperar a cualquier precio los bienes comunes arrancados por la burguesa gracias a sus medios de alienación, a su violencia multifacética y poliédrica, y sobre todo a su Ejército. El Mallku y la organización militante a la que pertenecía estuvieron en el punto estratégico del frente de batalla durante la llamada “guerra del gas” en 2003 que resultó victoriosa para el pueblo porque, entre otras razones, aplicaron los métodos aprendidos en la anterior “guerra del agua” de 2000 que también acabó en triunfo. Las dos fueron decisivas para la caída en picado del poder en Bolivia porque mostraron que no era invencible. Fueron centrales porque demostraron que los pueblos no tenían que ceder en aquello que era decisivo para su vida y también, pero por razones antagónicas, para el poder boliviano y para las grandes corporaciones transnacionales que querían quitarle el agua y el gas, es decir, elementos vitales. Es innegable la actualidad de estas lecciones para el presente y el futuro de la lucha de clases en el centro imperialista, en donde el capital se ha lanzado a una expropiación y privatización masivas de todo lo público y común… lo que se define como el cercamiento y la permanente acumulación por desposesión.

La intransigencia en la defensa y adecuación teórica al presente de lo que Marx definía como derecho consuetudinario, es decir, el derecho precapitalista de las clases y pueblos trabajadores a utilizar los recursos naturales, energéticos, etc., de su entorno de uso público, no privatizable, colectivo y por ello mantenido con la racionalidad suficiente para impedir su agotamiento. El Mallku asumía esta visión. No hay duda que ahora en ese amplio campo de lo común entra desde la sanidad hasta el agua, la energía, la educación, el transporte, la cultura, etc., y muy en especial, la gran propiedad bancaria e industrial que domina las nuevas tecnologías y las finanzas, gran propiedad contra la que hay que iniciar una permanente campaña de masas para que sea expropiada y devuelta al pueblo obrero.

Y por no extendernos, intransigencia en la defensa de la cultura, lengua e identidad de las naciones trabajadoras en una visión internacionalista, entendidas como esenciales para el libre desarrollo de sus potencialidad creativa y crítica, revolucionaria, en el proceso de emancipación mundial. El Mallku sabía que la cultura del uso del agua en los pueblos de Cochabamba, por ejemplo, es una práctica que entiende la cultura como la administración popular de un valor de uso no privatizable; y sabía que la defensa del gas significaba otro tanto, así como sendas lecciones internacionales. Adecuado este criterio al capitalismo que padecemos aquí, sabemos que la defensa de la sanidad pública sólo es efectiva si avanza hacia un concepto socialista de salud humana, como antesala a una salud comunista. De este modo, cultura y revolución muestran su unidad en la victoria del valor de uso sobre el valor de cambio, sobre la mercantilización de la vida.

El Mallku ocupa ya un puesto en la lista de revolucionarios y revolucionarias que, siempre en su praxis colectiva y popular de masas, llevaron a la práctica aquella máxima del Che según la cual la mejor pedagogía es el ejemplo.

IÑAKI GIL DE SAN VICENTE

EUSKAL HERRIA 21 de enero de 2021

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