Historias de la Cuarta 14: Camarada Jeremías

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp La historia de la corriente política liderada por León Trotsky, la de los comunistas opuestos&nbsp radicalmente al estalinismo, esta erizada de dificultades y de cismas. Uno de ellos fue el posadista, liderado por el argentino Juan Posadas, muy activo en los años sesenta.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Nuestro Juan Andrade, que había asistido desde una ardiente proximidad a la marcha del trotskismo en Francia, se refería con desesperación a los diversos despegues frustrados, y se remitía al ejemplo del deprimente mito de Sísifo: la piedra volvía a caer cuando la cima parecía cercana. Al viejo poumista le gustaba decir, no sin dolor, que el mayor grupo trotskista era el de los «ex», los que abandonaban; cada crisis conllevaba una importante desafiliación. El estupor acompañaría a la historia del movimiento. Una imagen simple nos puede ofrecer una idea. Está ligada a algo tan sencillo como lo puede ser la variedad de las papeletas de voto en un colegio electoral, y entre las que, durante mucho tiempo, se podían encontrar varias opciones que se reclamaban del trotskismo, siendo además todas o casi todas desconocidas hasta para el personal más concienciado, y se daban incluso casos tan alucinantes como el que llegó a protagonizar el PST (Partido Socialista de los Trabajadores, morenista, da Nahuel Moreno), cuyo logotipo daba pie a una fácil confusión con el del PSOE y, de esta manera, y le permitía presumir de encabezar las listas electorales de la izquierda radical, pese a ser una proeza que no le favorecía más que en su orgullo…

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Está claro: el trotskismo, al igual que otros «ismos», no es de por sí garantía de nada, y bajo el mismo referente se pueden encontrar atributos muy diversos.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Es más, según como puede servir de habitáculo para algo tan humanamente elemental como la tentación sectaria, o sea, la de poseer una razón garantizada por una hipotética corrección (validada a través del culto de una determinada lectura del clásico, lectura que, por supuesto, se opone a la de los otros, básicamente revisionista), dando lugar a una variante sectaria similar a tantas otras resistencias; no hay más que ver cómo la misma tentación abunda igualmente bajo otros formatos como los anarquistas y otros izquierdismos. Se trata de una manera de actuar cerrada, caracterizada por la recreación constante de una vida interna de fortalecimiento doctrinario, son «ellos» y los demás, «los otros». Estas patologías se apoyan en principios sectarios tomados de una parte oscura de la tradición marxista, bolchevique —y a los que el propio Trotsky no fue enteramente ajeno—, y su característica primordial es la no aceptación de un marco plural con los desviacionistas. Su obsesiva necesidad de reafirmación les lleva a centrar su atención en la deslegitimación de sus oponentes (aquí, por ejemplo, en Barcelona, a principios de los ochenta, los del PORE esperaban agrupados a los de la LCR al final de las grandes manifestaciones para corear furiosamente: «¡Aquí, aquí está la IV Internacional!»).

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Normalmente, en estos colectivos con nombres de partidos muy sonoros hay un líder incuestionable, un émulo de Lenin que en la mitología trotskiana es equivalente al que, tras el repliegue de 1905, permanece aislado pero firme en su voluntad de reconstrucción bolchevique, y una idea según la cual una determinada corrección programática debidamente enfatizada justifica la necesidad de demarcación con los revisionistas (si no traidores), a los que atribuyen una ruptura con la tradición que pretenden encarnar.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Así, en el caso de los lambertista (de Pierre Lambert) se hablaba de una legitimación histórica y se establecía una relación con el referente en términos de camaradas con el que se distinguía incluso a los bolcheviques. Estos espejismos se sustentan sobre la base de una reafirmación en la que el pensamiento está determinado no por la lectura o la investigación, sino por las premisas del grupo central, y se desarrolla en un fervor en el que la historia y el presente se confunden, todo en un contexto de entrega fervorosa que puede obnubilar, al menos durante un tiempo, a militantes jóvenes y valiosos, a gente que también busca de alguna manera una acogedora seguridad en medio de un mar de dudas y contradicciones, aunque la mayoría, más tarde o más temprano, acabarán abandonando la matriz sectaria, a veces para abandonar tentativas «quiméricas», pero a veces también para embarcarse en planteamientos pluralistas en los que las diferencias y los errores sean aceptados como parte de un debate abierto y sin garantía de certezas.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp No obstante, conviene establecer algunos criterios de reflexión sobre estas patologías para no permanecer en la antesala de unos “vericuetos” (según expresión de Paco Fernández Buey) que pueden contener un fondo de racionalidad, pero en la línea de la pequeña parábola de Tolstoy, quien contaba que, en una ocasión, alguien que a lo lejos le pareció un loco por los extraños gestos que hacía, cuando se acercó suficientemente a él comprobó que en realidad se trataba más simplemente de alguien que buscaba en la tierra un pequeño objeto perdido.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Para hablar con seriedad de todo esto es justo anotar una suma considerable de dificultades; ahora, más de cerca, cabría añadir consideraciones como las siguientes:

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp a) dicho fraccionalismo no resulta exclusivo; por ejemplo, quien esto escribe recuerda que la misma impresión le causaron las diversas familias del exilio republicano, o le causa actualmente el cainismo instalado en muchos partidos comunistas situados en un impasse histórico. El fraccionalismo fue igualmente un fenómeno inherente a los maoísmos a pesar de responder a una identificación común con China y Mao, por lo que se puede deducir que debe responder también a factores mucho más amplios;

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp b) no desmiente la existencia de una importante tendencia unificadora al menos entre las fracciones más razonables, sino también con otras expresiones políticas; un ejemplo ilustre en este sentido podría ser la sección italiana que trabajó durante años en el seno de Rifondazione, hasta que este partido “cruzó el Rubicón”.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp El fraccionalismo, por lo tanto, no fue la única dirección.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Durante años también hubo diversas tentativas de reagrupamiento con las tendencias de izquierdas presentes en partidos y sindicatos; a partir de los años sesenta se ofrece igualmente una orientación unificadora aunque no exenta de contradicciones; y en etapas sucesivas tiene lugar una reorientación de unificación con otras tendencias radicales, a veces tan abierta (y suicida) como la de la LCR con el MCE entre nosotros. La Cuarta pudo sobrevivir y acrecentar su implantación, e incluso desempeñar un papel en determinadas ocasiones históricas, porque existió una corriente mayoritaria que, a pesar de sus desaciertos en tal o cual cuestión, nunca perdió, a pesar de todo, su conexión con los movimientos emergentes ni su afán por poner el reloj de la revolución a la hora…

&nbsp &nbsp &nbsp Es más: estuvo en todos los que se movilizaba, como el feminista o el de resistencia a la globalización, ofrecían la posibilidad de un nuevo impulso de movilización y recomposición social. Esta mayoría, aunque se puedan criticar errores de conservadurismo, precipitación o desinformación, en primer lugar nunca cambió de barricada, y fue tan estricta que llegó a expulsar a sus líderes ceylaneses comprometidos con una coalición con la burguesía nacional; en segundo lugar, jamás se negaron a mantener un debate y respetaron todas las discrepancias y tendencias; y, en tercer lugar, se mostraron abiertos ante todas las corrientes políticas socialistas… La presunción de las corrientes —primero discrepantes y luego rupturistas— según la cual una línea correcta no revisionista o audazmente renovadora les iba a permitir una expansión que, creían, la línea de la mayoría les había obstaculizado, no se confirmó nunca más allá de tal o cual éxito momentáneo, debidamente magnificado como ejemplo alternativo. Ninguna de estas fracciones superó los límites impuestos por la realidad, sino más bien todo lo contrario: contribuyeron en no poca medida a la idea del trotskismo como una corriente cainita per se.

&nbsp &nbsp &nbsp La historia de estos numerosos «ismos» da para un libro y para más.

&nbsp &nbsp &nbsp De hecho, su bibliografía es sumamente extensa. Deutscher, quien se asoma sin ánimo de profundizar en las controversias de los años treinta, se retira visiblemente enojado, y no entra, por ejemplo, en debates como el que el trotskismo provocó en el POUM. Desde finales de los años cuarenta hasta la mitad de los años sesenta, los cismas acompañaron la dificultosa recomposición de un movimiento atormentado por el contraste entre los grandes debates y la debilidad organizativa. Una historia detallada de estos cismas ocuparía, pues, decena de páginas, por ende, lo que aquí se ofrece es una visión muy general, una cierta explicación de carácter y dinámica interna., y aún así, el autor teme que este tono sumario contribuyera a acentuar una concepción que antepusiera la sorna y las manos en la cabeza por encima de un reconocimiento del tiempo, o de los enormes esfuerzos que acompañaron a muchas tentativas.

&nbsp Tomemos un ejemplo. Después de la guerra y de la crisis del munismo, el primer grupo que comenzó la recomposición del trotskismo español no fue otro que el posadista. Su historia apenas ocupa unas líneas en las evocaciones más elaboradas. Su núcleo constituyente surgió del seno del FLP, iniciando una crítica al estalinismo en los medios universitarios. Su audacia les llevó a querer montar una escuela de cuadros en un piso de la Castellana, en Madrid, según testimonio de Lucía González, feminista y dirigente de la LCR durante muchos años, y en sí misma toda una biografía militante (véase Viento Sur, n.º 58, septiembre de 2001). Otra de las actividades imaginadas por el grupo fue el posible desarrollo de un núcleo guerrillero en Andalucía.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp La evolución del grupo acabó extraviada con el curso egocéntrico de Juan Posadas, pero la parte más sana y combativa, acabaría siendo a continuación algunos de los personajes claves&nbsp en algunos capítulos centrales en la pequeña historia de la LCR española. Estos son los casos de Lucía González, que formaría parte del núcleo español de la LCR francesa en los sesenta, y que en los años siguiente ocuparía un lugar central en la Liga española, destacando sobre todo en sus esfuerzos por desarrollar un marxismo feminista, de dos líderes obreros de SEAT como Antonio Gil y Diosdado Toledano, de Jordi Dauder, hoy conocido actor, que fue uno de los líderes más conocido del activismo cultural y las luchas vecinales en los años setenta…

&nbsp &nbsp Toda una historia sobre la que volver, y sobre la que hay mucho que decir.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Entre el amplio muestrario de trotskismos cabría hacer un punto y aparte diferente, en dos franjas, la liderada por un personaje de características un tanto valle-inclanescas como Juan Posadas (relativamente conocido entre los izquierdistas sudamericanos y españoles en los años sesenta y setenta, pero que tuvo no obstante una significación mucho más precisa en los años cuarenta y cincuenta en relación con las dificultades de interpretar la situación argentina, marcada por el ambivalente fenómeno peronista), y la encarnada por el británico Gerry Healy, cuyo grupo pudo llegar a presumir de tener el primer diario trotskista de la historia, una publicación que trató de reproducir en castellano como Prensa Obrera después del final del franquismo. Healy daría su nombre —«healysmo»— a una de las fracciones que compuso el Comité Internacional en 1954, para separarse finalmente del lambertismo e iniciar en los años ochenta un curso sectario con tonos inusitadamente sombríos.

&nbsp &nbsp &nbsp A mediados de los años sesenta emergió una IV Internacional «auténtica» liderada por Juan Posadas, histórico dirigente de la activa sección argentina, provista de un «aparato» internacional dotado de una gran capacidad propagandística, atributo derivado no tanto de la influencia social, sino de las ventajas del matrimonio de Posadas con una rica militante. En un principio, Posadas comenzó planteando sus divergencias sobre el proceso nacional argentino con aportaciones de interés sobre el significado del peronismo, pero más tarde su discurso político se confundió con su deriva egocéntrica (sobre la que abundan anécdotas de todo tipo; por ejemplo, amalgamaba conceptos tradicionales de la tradición trotskista con un desmesurado culto a la personalidad que le llevaba a acompañar su «¡Viva Trotsky!» con un «¡Viva el camarada Posadas!» o «¡Viva Luis!», su nom de guerre), todo ello con una capacidad tan prolífica que apenas daba más tiempo a la militancia que el ejercicio de la lectura de sus encendidos textos, y cuyo trasfondo venía a ser una cierta variante del «bloquismo» (todos contra el imperialismo).

&nbsp &nbsp &nbsp Una de las anécdotas más representativas y delirantes del «pensamiento» del «camarada Posadas» la dio a conocer Joseph Hansen en el IX Congreso de la IV Internacional, y llegó a formar parte de la cultureta catalana sobre el trotskismo entre la izquierda de procedencia estaliniana. Según Posadas, no existía la menor duda de la existencia de habitantes extraterrestres. Pero él no se detenía aquí, y efectuaba la siguiente deducción: si éstos habían conseguido contactar con la Tierra, esto únicamente se podía explicar porque ya conocían el sistema comunista más avanzado, y eran por lo tanto más que internacionalistas. Posadas se planteaba la siguiente hipótesis: si aquí, entre nosotros, el internacionalismo era una exigencia acuciante, lo propio era que llamáramos a estos «compañeros» a una solidaridad superior, a la solidaridad intergaláctica, como en La guerra de las galaxias…Esta anécdota contada por un servidor a su regreso del exilio, tuvo tanto éxito que en ciertos medios parecía imposible hablar del trotskismo sin referirla.

&nbsp &nbsp Una pequeña pista de esta manera de ver las cosas se puede encontrar en el libro de J. Posadas El pensamiento vivo de Trotsky (Costa-Amic, México, 1979), en el que se puede leer: «Yo soy trotskista del año 1935, y soy el único del origen del trotskismo que queda, no queda nadie más, los demás se han ido. Y de origen obrero. Lo cual indica que la etapa de la historia permite ya al proletariado desempeñar la función dirigente intelectual-programática […]. Lean a Zamora Machel, hay momentos que es Posadas. No porque copie a Posadas, sino porque razona como Posadas» (p. 147).&nbsp

&nbsp &nbsp Una descripción de este trotskismo personalista y mesiánico serviría de base documental para una insidiosa novela del Mario Vargas Llosa en víspera de su claudicación neoliberal, Historia de Mayta, una obra que al margen de sus valores literarios, se inserta en el proceso de evolución derechista de su autor, que escribe la historia de un delirio sobre el que no faltaron ejemplos en ninguna corriente política desde que la Revolución francesa tuvo a algunos de sus seguidores más delirantes en el Trópico. Pero, entre otros muchos, posadista fue el «camarada Jeremías que en Brasil asesinaron cuando iba al frente de obreros y campesinos», primeras palabras de una canción revolucionaria que aquí hicieron suya los militantes del PCE-PSUC, obviamente sin conocer la procedencia de un «ismo» que les podía parecer descabellado, o Adolfo Gilly, que fue en su día uno de los intelectuales trotskistas mexicanos más valorado, ensayista y director de la notable revista Coyoacán.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp A la muerte del che, Posadas realizó una declaraciones en las que venía a establecer un paralelismo entre el Che y Fidel en la línea Trotsky-Stalin, lo que&nbsp contribuyó al recrudecimiento de la campaña estalinista contra el trotskismo en cuba y en América Latina, y las famosas declaraciones de Fidel en el mismo sentido. A partir de los años setenta, la influencia del posadismo se fue diluyendo hasta agotarse.

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