Hipotecarse porque no queda otra: cuando comprar un piso sale más barato que alquilar

Publicidad

Es la quinta vez que Albert abandona el piso en el que vive. La quinta vez que recoge sus pertenencias, hace maletas y cierra la puerta de esa casa a la que sabe que ya no volverá. Ese espacio exsuyo lo transitarán otros en un breve lapso de tiempo: el que tarde la inmobiliaria en subir el anuncio y el nuevo inquilino en llamar y pagar. Quinta mudanza y última, al menos durante un tiempo. Albert, barcelonés de 35 años, y su pareja, decidieron comprarse un piso hace seis meses cuando se enteraron de que iban a ser padres y que les expulsaban de su casa por culpa de un nuevo proceso gentrificador.

“Vivíamos en un piso en Sant Antoni (Barcelona) enfrente del mercado. Pagábamos 600 euros de alquiler por un piso de 50m, un poco por debajo del precio del mercado. No nos dieron opción a renovar. Nosotros nos hubiéramos quedado, pero echaron a todo el edificio”, explica Albert a PlayGround. A punto de ser padres y cansados de la inestabilidad, decidieron dar el paso y comprar una vivienda por unos 250.000 euros. “No quedaba más remedio, nos sale más barato una hipoteca que pagar un alquiler, y con una tercera persona en camino, los costes se hacen aún más difíciles de asumir”. Sin la ayuda de sus padres, que han pagado la entrada, habría sido imposible.

Según datos de junio del Instituto Nacional de Estadística, el número de hipotecas sobre viviendas inscritas en los registros de propiedad solo en el mes de abril de este año fue de 28.724, esto es, un 34,2% más en tasa anual. En 2017 se firmaron un total de 311.000 hipotecas, la cifra más alta en seis años, según el portal Idealista. Sin embargo, conviene analizar las cifras en su contexto. Pese a que existe un aumento de la compra de vivienda, el alquiler sigue siendo la opción mayoritaria para la mayor parte de personas para las que no existe alternativa porque no hay ahorros, ni colchón o herencias.

“Estamos viviendo una burbuja del alquiler, una burbuja cocinada por el poder, que ha convertido el alquiler en la opción más insegura. Si tienes suerte y tu propietario te renueva después de tres años, cada once meses vivirás con la incertidumbre de si te volverán a renovar” [a partir de los tres años la renovación es anual desde que entró en vigor la Ley de Arrendamientos Urbano de 2013, impulsada por el gobierno del Partido Popular]”, explica Jaime Palomera, portavoz del Sindicat de Llogaters. “¿Quién puede hacer un hogar cuando sabe que a los once meses se encuentra con un burofax que le dice que tiene 30 días para marcharse?”, se cuestiona.

Este marco legislativo ha hecho del alquiler una opción de riesgo. Pero no hay que olvidar que se ha impulsado de forma activa. El Gobierno del PP también dio vía libre entre 2012 y 2013 a las Sociedades Cotizadas Anónimas de Inversión en el Mercado Inmobiliario (SOCIMI), sociedades de inversión que invierten para alquilar gracias a condiciones fiscales muy beneficiosas. Estas políticas neoliberales han convertido el derecho a la vivienda en un bien de mercado terriblemente lucrativo para fondos buitres, bancos o grandes empresas. La legislación permite a los propietarios subir precios de forma sistémica. También propicia que el inquilino se traslade, por poco que pueda, a la compra de vivienda. Es eso justamente lo que parece estar pasando.

Según el informe Radiografía del Mercado de la Vivienda, ha caído la demanda del alquiler en jóvenes de 25 a 34 años de un 28% a un 19% este último. Muchos prefieren quedarse en casa de sus padres y ahorrar. Y también se ha detectado un ligero incremento, del 6 al 9%, por lo que se refiere a la compra de vivienda en esta franja de edad. “Hay que hacer hincapié en que este problema se da casi exclusivamente en las grandes ciudades porque hay mucha gente que está emigrando a Madrid o Barcelona para trabajar» explica Eduardo Garzón, economista. Garzón subraya otra tendencia: “La mayoría de las personas que no pueden comprarse porque no tienen la posibilidad de endeudarse están alejándose de los principales núcleos urbanos para encontrar alquileres más baratos”.

Carlos, de 40 años, y Ana, de 35, también lo intentaron este mismo año. Cuando el casero les echó de su piso en Chamberí (Madrid), se plantearon la compra de una vivienda. En su caso, se marcaron un precio tope que oscilaba entre los 200.000 y los 240.000 euros. “Queríamos que comprar no nos penalizara, que nos quedara como un alquiler más o menos”. En su caso, disponían de ahorros para costear la entrada y de trabajos más o menos estables. Él es ingeniero y ella profesora. Pero se quedaron por el camino. “Tenemos una sensación rara. Al final, por algún motivo u otro, nos levantaron la casa que se ajustaba a nuestro presupuesto. Ha sido frustrante, en cierto modo, participar de este mercado agresivo en el que parece que hay que tomar una decisión vital en dos horas o menos”, explica.

“Nos quedamos con cierta sensación de impotencia. Piensas: yo debería ser un cliente del mercado inmobiliario potencialmente interesante y, de repente, te das cuenta de que no lo eres y que tienes 40 años y que eres un objeto de consumo precarizado y no puedes acceder a la vivienda en esas condiciones en las que desearías”, razona. Carlos y Ana han vuelto a pagar un alquiler que ronda los 900 eurosNo saben si volverán a intentar comprar vivienda a corto plazo.

En el caso de María* (nombre ficticio), de 29 años, la ayuda de los padres (a través de herencias de los abuelos) también ha sido indispensable. “Hace un año, cuando acabó la relación con mi expareja, con la que vivía y compartía gastos, empecé a afrontar un alquiler de 750 euros mensuales, que sumados a suministros y gastos fijos dilapidaban un 70% de mis ingresos. Con este escenario, mi margen de ahorro desapareció por completo e hizo que llegara fin de mes fuera un encaje de bolillo”, explica María a PlayGround. Al principio, se planteó alquilar un estudio pequeño, pero “sorpresa, ya no existían estudios de 500 o 600 euros, ahora costaban 700 o 850 dependiendo de la localización”. Fueron sus padres los que le animaron y ayudaron a comprarse una vivienda. “He firmado arras hace una semana, un piso de 60m con dos habitaciones por 155.000 euros, suficiente para mi, de momento, pero sabiendo que es posible que no sea mi casa para siempre”.

María ingresa unos 1.700 euros en una empresa como Recursos Humanos, “un salario muy decente, pero que en Barcelona supone solo supervivencia”. Barcelona es ya, de lejos, la ciudad de España más cara para alquilar habitaciónLe siguen otras ciudades como Madrid o Palma.

Propietarios “por obligación”

Todos los entrevistados para este reportaje, que han preferido revelar solo su nombre de pila, coinciden en algo: son propietarios (o han estado a punto de serlo) por obligación. De forma casi forzosa. No existía en ellos una aspiración real por acumular patrimonio. “Tener una deuda con el banco los próximos 34 años me angustia más que me satisface”, admite Albert. Lo mismo opina Carlos, quien reconoce que si se lo planteó solo era por el alto coste de alquilar, pero que, si por él fuera, no compraría una casa ni se metería en una hipoteca.

Para Palomera, ahí está el verdadero problema: seguimos anclados en un sistema de «propietarismo» que remonta a finales de los 50, durante el franquismo. La vieja consigna de “¡Queremos un país de propietarios y no de proletarios!”, atribuida al falangista José Luis Arrese, primer ministro de vivienda, sirve para ejemplificar las políticas que se llevaron a cabo durante la dictadura, la primera semilla que empezó a gestar un modelo al servicio de la especulación. Todos los españoles, por pocos recursos que tuvieran, aspiraban a comprarse a una casa.

“Durante mucho tiempo se ha fomentado la vivienda en propiedad como estrategia casi sagrada de las familias, la acumulación de un pequeño patrimonio que luego se traslada a los hijos en forma de herencia. Es un proyecto que consiste fundamentalmente en tener atada a la gente de abajo: el proletario que tiene que pagar una deuda es menos proclive a las huelgas.También permite dar la idea a la familia trabajadora de que forma parte del sistema”, describe Palomera.

Lo que está sucediendo ahora, sin embargo, sugiere Garzón, no es porque las familias repitan patrones culturales. “Es una cuestión de estrategia económica, para alguna gente realmente les sale más barato hipotecarse que pagar el alquiler. Además, y aquí sí que introduciría un factor sociológico, la gente está acostumbrada en España a que siempre podrá vender el piso o alquilar su piso en propiedad por más dinero de lo que le ha costado”, explica.

La idea de comprar para alquilar (el «buy-to-let» muy extendido en Reino Unido) ha estado y sigue estando muy extendida en todas las sociedades contemporáneas capitalistas. «Pero está tan extendido porque todas las políticas de estado han fomentado este tipo de prácticas y de ideología. Hay una idea muy extendida de que yo puedo hacer con mi propiedad lo que me da la gana, olvidando que su función social», afirma Palomera. «Y la función social debe estar por encima a la del derecho a propiedad».

Hacia un modelo de vivienda social

El 62% de los ciudadanos de Viena (Austria) viven actualmente en viviendas sociales. Ahí los alquileres están regulados y los derechos de los inquilinos están fuertemente protegidos. Pasar toda la vida en un piso del estado es completamente normal. En el polo opuesto, por ejemplo, nos encontramos con Estados Unidos donde la vivienda pública representa menos de un 10% y se limita a familias con muy bajos ingresos, ancianos o personas con discapacidad.

«Ahora que estamos en una emergencia habitacional, podríamos aprovechar este momento para contribuir a un cambio de mentalidad. Aspirar a tener un piso no creo que sea algo deseable. Yo desearía que la gente fuera productiva, creativa, aporte conocimiento, pero no necesariamente que tenga pisos», apoya Maria Sisternas, experta en transformación urbana. Para ello faltan, «faltan políticas, las ciudades tienen herramientas para ello, falta desestigmatizar la vivienda del alquiler e incluir a los promotores y propietarios como agentes transformadores de este cambio. Hay que contar con ellos y apostar por la corresponsabilidad en materia del derecho a la vivienda».

“Aunque desde un punto de vista individual se pueda entender apostar por una propiedad, a nivel colectivo debemos saber que es un modelo que nunca será sostenible y se probó fallido con la crisis de 2007. Los sistemas de vivienda sostenibles, los menos injustos y menos proclives a la crisis, son aquellos en los que la vivienda en propiedad son parte del sistema pero no es algo central.Hay que garantizar más vivienda social y más alquiler regulado”, insiste Palomera. En ese sentido, Garzón se fija en algunas políticas que se están intentando llevar a cabo a nivel local en ciudades como Palma o Madrid que buscan regular el alquiler en aquellas zonas especialmente problemáticas o fijar un techo al alquiler, como ya ha hecho Berlín.

 

También podría gustarte

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More