Hijos del planeta

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El mundo se mueve a base de energía, cada vez que comemos un plato de fideos, estamos pagando por el innumerable y diverso encadenamiento de procesos que convierten a una espiga de trigo en un iluminado paquete, crujiente barato y atractivo que podemos pagar en cuotas.  Aparentemente esto es más barato pero nos hace totalmente dependientes de los hidrocarburos, además de ocultar los enormes costos sociales y ambientales de la industria en sí misma, hoy en día más irresponsable y cínica que nunca.

Desocupación, miseria, contaminación, exclusión, expulsión y exterminio de comunidades enteras, concentración económica, guerra, control social y espionaje, esclavitud, disgregación familiar y social, dependencia, colonialismo, destrucción del individuo, uniformidad…  El costo que no queremos asumir como propio es tan grande que no se puede siquiera vislumbrar en su conjunto, pues afecta a cada una de las facetas de nuestra vida.  Repartimos esa responsabilidad en cada paquete que consumimos y pensamos por eso que no tiene importancia, pero la repetición como seres humanos de rutinas pre diagramadas por los centros de producción nos convierte en esclavos del mismo sistema que nos dirige, sin oposición de nuestra parte, y eso es lo más curioso.  Nosotros somos el paquete.

Así, aunque encontráramos solución a cada uno de estos acuciantes problemas actuales, no haríamos más que cambiar el enfoque un poco más hacia un lado o hacia el otro, moviendo los problemas de lugar, el valor de los factores, porque la estructura que genera los problemas no va a hacer nacer las soluciones que solucionen nada.  No en realidad, no a largo alcance, no ahora, no en todos lados, no para todos, no cuando sea necesario, no nunca nada para nadie, en todo el planeta.

Voluntariamente cerramos los ojos a toda evidencia, cada vez más restringidos a los pequeños nichos de producción y consumo que nos han sido asignados, y solo algunos afortunados, descargamos nuestro estrés en los cada vez más restringidos nichos de producción y consumo de entretenimientos.  Como animales educados, nos hemos acostumbrado a llegar hasta el borde del alambrado y doblar, sin la desesperación de la vaca preñada, sin el nerviosismo de la oveja, sin la desfachatez del cerdo, ni siquiera tenemos la sed de vida del trigo, que se eleva con todo su potencial absorbiendo cada nutriente para dar semilla.  Tranquilamente vegetamos charlando hacia el abismo, o comentando el superarreglado partido de futbol, o enardecidos en defensa de doctrinas vacías y engañosas que teóricamente nos llevarían a mejorar.  Pero somos estériles, no hay nada nuevo que podamos ni deseemos darle al mundo, más aun, soñamos despiertos con que todo siga igual durante mil años, aunque de noche nos despierten las pesadillas.  Asumimos un formato y lo multiplicamos mediante el falso consenso, mediante el miedo, los prejuicios, la extorsión, el deterioro de las condiciones de los demás, cerrando los ojos ante cualquier tropelía que sufran los distintos, peligrosos, insoportables para la mente cuadriculada que genera la cinta de producción humana.  Vivimos sin pedir explicaciones, no nos importan, no queremos saber, convencidos de que ya no hay vuelta que darle, preferimos la ilusión de pensar que podamos un día subirnos al caballo y galopar sobre las cabezas de los demás, en vez de sentir los cascos herrados sobre la nuestra.  Pero esto no es una lotería, los premios ya fueron repartidos hace rato.

¿Que nos controlan? ¿Que vigilan tu Mail, tu teléfono, tu cuenta de Twitter? No por ser cierto (¡O hasta podría no serlo, tal vez ya ha dejado de ser necesario!)  Es menos intrascendente, es solo la expresión de una sociedad de control que se basa en símbolos de poder.  Hace rato dejaron de importar los mecanismos de control pues todos los desvíos han sido nuevamente asimilados, vivimos presos de una ambigüedad  llevada al extremo, nosotros somos los ambiguos, bipolares, esquizofrénicos, queriendo destruir el mundo un minuto y luego dedicar otro minuto a salvarlo.  Ingenuamente… ¿Ingenuamente? Pretendemos que minuto a minuto la cuenta de cero, pero nunca da cero, nunca da nada, la cuenta es falsa.

A nuestras mentalidades cuadradas de animales enclaustrados, a nuestras voluntades esclavizadas por el estatus, el confort, el prestigio, las escalas de valores, la ética y la moral, y una serie interminable de mentiras destinadas a atomizarnos como seres humanos, les parece lo más normal agarrar una libreta, y sumar, como en el supermercado. ¡Agarrar un libreto y declamar, interpretar, como si estuviéramos en el teatro y pudiéramos volver después a nuestra vida real…!

Sumamos cada piedra que nos va a hundir, elegimos la mejor soga y prolijamente hacemos el nudo corredizo en nuestro cuello, y esperamos pacientemente en lo alto del puente que nos den la orden de tirarnos.  Parece incluso una metáfora, pero es bien real.  No podremos cambiar jamás la matriz energética derivada del petróleo, la vida entera derivada del petróleo, las personas y el mundo vistos como derivados del petróleo, mientras sigamos sin cambiar nuestra matriz mental de consumo,  apropiamiento” y desperdicio del mundo.  Estamos en dos frentes opuestos a la vez y esa es la mayor victoria de los despojadores, se han ahorrado hasta el trabajo de combatirnos, de hacer la guerra, de encarcelarnos y perseguirnos, todo lo hacemos entre nosotros, dentro de nosotros, como espumosos corderos jugando en el corral.

Entonces no es necesario perder el tiempo combatiendo, todo suma a la misma máquina, todo apunta al mismo cenit.  Un día va a bajar del cielo un idiota del tipo David Rockefeller y nos va a decir, “les hemos mentido, dios era yo”.  Y podremos suspirar tranquilos, pero hasta ese momento, solo podremos escapar rompiendo la libreta, el diario donde anotamos nuestros logros de salvadores del mundo “martes 11 de junio de 2013: dos negritos, ocho pingüinos, una hectárea de amazonas, cuarenta metros cúbicos de casquete polar… y esto contando solo los peces gordos, lamentablemente no llegue a tiempo de salvar el rinoceronte blanco, que se extinguió en la hora del almuerzo, mañana volveré con más bríos”  ¿¿realmente conocemos el destino de una sola cosa, de un centavo, de un milímetro de energía que deleguemos en terceras personas??   Nosotros no pero ellos sí.

Nuestra única opción es la transparencia total,  es asumirnos como seres humanos completos y complejos, y asumirnos de una manera en que nos hagamos cargo del enorme costo real que tendrá nuestra libertad.  Es necesario hacer el recuento de nuestras actividades y seguirlas hasta el origen, haciéndonos cargo del costo enorme que hacemos pagar al mundo por vivir persiguiendo quimeras ajenas masificadas, primero hacia un lado, luego hacia el otro, en el grotesco baile de la modernidad.

La energía más barata y renovable es la del sol, y la forma más viable de aprovecharla es abriendo las ventanas, dejando que nos ilumine y nos caliente la piel, dándole una maceta, una semilla que nos devuelva en una sola lechuga que no haya viajado en camión… ¿Monsanto? ¡¡Pero si nosotros somos “Monsanto”!!

Puede parecer difícil, pero el cambio empieza por lo que tenemos más a mano, nosotros mismos, lo único real, lo único manejable, lo único verificable somos nosotros mismos… ¿y si empezamos por ahí? ¿Podemos aun pensar por nosotros mismos? ¿Podemos siquiera responder a esta pregunta sin hacernos trampa? Les deseo la mejor de las suertes… ¡Éxitos miles! El camino hacia nuestro propio descubrimiento está plagado de falsos monstruos marinos… ¿Lograremos ser como el mar, o solo un nuevo ingenuo Cristóbal Colon de nuestras personas?

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