Héroes, mártires y viceversa

Por Manuel Carmona Curtido

A lo largo de la historia, la humanidad ha construido figuras de éxito en la que fijar la conducta social, ejemplos de buen hacer con la que cualquier persona podía aspirar a la excelencia y ser reconocido por sus iguales.

Por Manuel Carmona Curtido

A lo largo de la historia, la humanidad ha construido figuras de éxito en la que fijar la conducta social, ejemplos de buen hacer con la que cualquier persona podía aspirar a la excelencia y ser reconocido por sus iguales.

En nuestra cultura occidental, estos ejemplos están claramente influidos por la cultura grecolatina, así como por el cristianismo, que forman la base cultural de lo que somos en la actualidad.

En el mundo grecorromano, la figura del héroe era el paradigma a seguir por todos los ciudadanos, de ahí que figuras como Hércules o Ulises mostraran como a través del ingenio, la fuerza y la constancia eran capaces de superar los obstáculos que, en estos casos concretos, eran propiciados por los Dioses.

Así Hércules, debió superar las doce pruebas impuestas por Hera, para las que tuvo que hacer uso de su ingenio, su fuerza y destreza para finalmente superarlas.

La travesía de Ulises, descrita magistralmente por Homero en la Odisea, no está exenta de las mismas virtudes: fuerza, superación, ingenio, destreza… con la que tras muchísimas aventuras consiguió volver a Ítaca.

La mitología grecorromana, nos ha deleitado con miles de historias donde, además de dar un sentido a la realidad que vivían, nos muestra cuales son los valores que una persona debe fomentar, de ahí que sea la figura del héroe el paradigma clásico de figura de éxito.

La mitología judeocristiana, torna el mito del héroe por la figura del mártir, siendo el principal exponente la figura de Cristo. Habría que decir que el término Cristo proviene de la palabra griega cristo que significa “mártir”.

La figura del mártir es modelo de la defensa de unas ideas a través del ejemplo, desterrando el uso de la fuerza y estando dispuesto a morir por ello, sin causar daño a quien te lo hace.

Sin embargo, en la actualidad, hemos desterrado estos dos modelos de conducta de éxito social, para implantar un modelo completamente contrario, cuyo mayor logro es tener un aspecto físico deseable, salir en programas de televisión de dudosa calidad, ser bien parecido… o bien ser hijo de…, o amante de…, su popularidad no reside en sus acciones sino en su capacidad para permanecer en pantalla. Este modelo es efímero y sus protagonistas no permanecen en el tiempo, cuando estas figuras se agotan como referentes se construyen otras de las mismas características y de similar duración.

Si estos son los modelos de éxito que estamos generando, deberíamos preguntarnos si nuestra sociedad lleva el camino adecuado.

“La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir” Zygmunt Bauman

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