Hedor a misoginia

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La escritora belga, Marguerite Yourcenar, en su libro El tiempo, gran escultor, habla de Buda, Durero, Miguel Ángel, Andalucía, así como de las Hespérides, el tantrismo e incluso de Mishima, entre otros múltiples entrecruzamientos de máximo interés, todos escritos con notabilísima lucidez.

En otro de sus libros, A beneficio de inventario, menciona a Thomas Mann y Kavafis, explicándonos parte de sus obras, con acentos personales de ambos. Narra la historia del castillo francés Chenonceaux, en tanto nos descubre trozos de la Historia (Diana de Poitiers, Enrique II, Catalina de Médicis…). Es un contar profundo, además de ameno. Por algún lado, aparece el grabador italiano Piranesi el de las prisiones imaginarias, admirado por Víctor Hugo, Coleridge, de Quincey, Goethe, Keats, Byron, por citar unos pocos.

Yourcenar pone su mano de terciopelo para describir el genio de la escritora sueca Selma Lagerlöf, adentrándose en su obra como nadie lo había hecho hasta entonces.

A no olvidar el ensayo corto, pero intenso, sobre los biógrafos de veintiocho retratos de emperadores romanos. A la cabeza de todos, Adriano (imprescindible para ella, al punto de escribir su monumental obra titulada Memorias de Adriano). Formidable el remate sobre el poeta francés, Agrippa d’Aubigné –“uno de los poetas más grandes, pero también uno de los menos leídos entre los poetas franceses del Renacimiento”–, donde Yourcenar despliega su capacidad analítica, con seductora prosa.

[Marguerite Yourcenar, nació en 1903 y murió en 1987. Si fuera por ellos, la mayoría de los escritores de los años cincuenta a los ochenta, hubieran pedido para la escritora belga la concesión del Premio Nobel. La incompetencia de los miembros de la Academia sueca ni siquiera se excusó. Con ser esto grave, más me lo parece que Jorge Luis Borges nunca hiciera mención alguna sobre la talla literaria de Marguerite Yourcenar. Es extraño su olvido, porque los ensayos y cuentos orientales de esta talentosa mujer tienden a la suma y lacónica brevedad, tan del preferencial gusto estético del bonaerense.

No llega a la página el nombre de Borges en vano. El escritor argentino ha sido, a lo largo del tiempo que nos mira, un estimulante hacedor de buenos lectores. Dijo cómo había que leer a escritores consagrados, tales como Stevenson-Whitman-Hawthorne-Melville-Kipling-Blake-Coleridge-Poe-Conrad-Henry James-Chesterton-Kafka y un largo etcétera. Igual de larga es la enumeración de otros autores menos afamados: León Bloy-Graves-Schwob-Wilkie Collins-Michaux-Walpole-Beckford…

Las listas borgianas están avaladas por uno de los mejores escritores en lengua española, de Quevedo a nuestros días. Con todo ese deslumbramiento que produce Borges, y él lo sabe, no debemos dejarnos obnubilar, al punto de no percibir que lleva implícito un reprobable hedor a misoginia. Imperdonable, señor de la unánime noche y el alba sin pájaros.

Dejo para el final una cita del propio Borges, que vuelve contra él. Decía el argentino: “De las listas, lo que más se nota son las omisiones”. Cierto. En su caso, una de las omisiones se llama Marguerite Yourcenar]

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