Hay una especie de deber de confiar

No hemos tocado fondo. Es un sentimiento general, basta asomarse a los miles de millones de la deuda o de los déficits, o de la energía cuando se tiene en cuenta el fin de los recursos baratos para darse cuenta. Bien, y cuando lo toquemos ¿qué? Pues si se trata de seguir bajando seguramente tocará escarbar, es decir, hozar en la mierda. Ir tirando o aguantar, que así contestamos cuando nos preguntan por cómo nos va, como cuando el régimen comunista agonizaba y se veía que las cosas no podían seguir así: Entonces soltar la famosa oración, y repetirla cinco veces en silencio: ”Dios mío, dadme la fuerza de llegar al final de esta jodida cola, de esta jodida situación“. Dicen que eso ayudaba.

   Dicen que contra la tontería sólo queda el humor. Y contra el horror, ¿qué queda? Por lo visto la religión. Es decir, hacer el tonto de otra manera, porque las religiones al igual que las ideologías de las que han heredado sus vicios, no son en el fondo más que cruzadas contra el humor. Puede que no hayamos tocado fondo, pero vivimos muy cerca de él. Las razones de nuestra trágica situación (ruina económica, injusticia social, descuido ecológico, transgénicos…) no son coyunturales, ni meramente técnicas, sino de fondo: tienen que ver con el tipo de orden social en que vivimos, cuya tendencia a la socialización de los costes y a la privatización de los beneficios no lleva camino de corregirse.

  Queramos o no actuamos y, por ello mismo, reivindicamos nuestra libertad arriesgada. Y al actuar, apenas podemos renunciar a la confianza. En situaciones precarias, señaló Kant en una ocasión, hay una especie de deber de confiar. Este deber es la pequeña esfera de luz en medio de las tinieblas, en medio de un fondo de oscuridad que es el horizonte de donde procedemos y al que nos dirigimos. Sin borrar de nuestra memoria las huellas del mal- del que hacemos y del que nos hacen -está en nuestras manos actuar como si un daimon o nuestra propia naturaleza tuviera buenas intenciones para con nosotros.

   ¿Que hipervaloramos el presente?, qué remedio, eso nos permite sentirnos más en relación con lo concreto real, a la vez que nos devuelve razones para preferir la intensidad a la duración y la cualidad a la cantidad. ¿Dónde si no encontrar razones para recuperar el pasado, en forma de recuerdo agradecido, y el futuro, en forma de esperanza? La eudamonia, el sentirse habitado por el buen demonio, el ángel de la tranquilidad interior, pretende un estado continuo, aquel que permitía a viejos canallas como Epicuro enriquecer el concepto de placer con el concepto de felicidad, entendida como la suma de placeres o suma de las buenas cosas de la vida.

  La verdadera materia fundamental de toda vida y existencia es lo terrible, que como el ángel, rehusa devorarnos. ¿Para qué queremos si no nuestros media, aquellas extensiones a las que está pegado el ser humano que nos está sucediendo? La comunidad global de información significa que el conjunto de estímulos e informaciones sobrepasa de forma terrible el posible círculo de acción. Hemos ampliado artificialmente el círculo de los sentidos mediante prótesis mediáticas. En lugar de reaccionar mediante la acción incrementamos la llegada de estímulos. ¡Impulsos motores sobre terminales sensitivos!

  Hemos consumado un proceso que comenzó con formas técnicamente más robustas para superar el espacio. Algunos observadores sensibles lo barruntaron ya a principios del siglo XIX. “El tren” escribía Heinrich Heine “mata el espacio, y sólo queda el tiempo… Me parece como si las montañas y los bosques de todos los países llegaran a París. Huelo ya el aroma de los tilos alemanes; ante mi puerta rompe el mar del Norte”.

   Llegados al fondo de la cuestión se trataría de comprender el mismo “pensamiento y el habla humanos como la erección de una envoltura de metáforas protectora, que ha de quitar de vista de los sujetos culturales las condiciones terribles y sin fondo de la existencia…  luego, cuando el pensamiento se toma completamente en serio la posibilidad de seguir su propia lógica, se puede incluso emancipar de sus funciones inmumológicas para la vida y tomar partido en contra de los intereses vitales de sus propios portadores”. Con nuestros dispositivos ya ni siquiera tenemos que pensar. Con reaccionar basta si todo lo que se puede hacer es seguir escarbando. Y mejor no pensar dónde.

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