¡Hay tantas auroras por lucir todavía!

La basura y los mendigos de Madrid han salido a la vez a la calle. A ratos parece un ambiente de ciencia-ficción. El final de la huelga y la llegada del frío acabarán con el pestazo a Apocalipsis, pero muchos hemos visto una vez más la patita al lobo. Consumir lo que no necesitamos y apartar la vista de los más desfavorecidos, ¿tendrán algo que ver? Si el descuido de la vida y la desgracia de los pobres estuviera causada no por las leyes de la naturaleza, sino por nuestras decisiones como consumidores y ciudadanos, grande sería nuestro pecado.

La catástrofe tiene el dedo en el gatillo de la pistola que debe sacarnos de nuestra posición de salida hacia otro orden de cosas. Pero la verdad es que está tardando mucho en apretarlo. Demasiado tarde, piensan algunos. Mejor que todavía no, piensan otros. Pero para casi todos sin un acontecimiento precipicio, sin una explosión de acontecimientos significativos a la vez, no va a haber manera de salir del conformismo que nos caracteriza como consumidores y ciudadanos. ¿Qué más tiene que pasar? Es un misterio.

Si el humanismo es un optimismo, el catastrofismo es miseria puñetera. Ese progresismo vergonzante que es el catastrofismo por una parte dice conocer lo bueno de la austeridad y por otra acepta como una obviedad que hay que reforzar las coerciones que se imponen a los individuos. Las representaciones catastrofistas transmiten, junto con sus esquemas explicativos, consignas positivas: dictan las nuevas reglas de comportamiento y difunden el pensamiento correcto. Pues los temores que pregonan los expertos (“Si no cambiamos radicalmente nuestro modo de vida…etc.) no son en realidad sino órdenes.

¡Ay cuando los radicales estén en el poder! Entonces es que las cosas se habrán puesto en verdad mal, es que las cosas estarán verdaderamente acelerando a peor. Como decían los oficiales nazis cuando su guerra se terminaba, ¡disfruta de la guerra, la paz será terrible! Obtener por futurología científica y por la meditación de los fines del hombre una imagen del  porvenir lo suficientemente catastrofista como para ser tranquilizante y lo suficientemente creíble como para desencadenar acciones que impedirán que llegue a acercarse a un accidente de distancia. Por mucho que donde crece el peligro crezca también lo salvador. Wo aber Gefahr ist, wäscht das Rettende auch, que diría Hölderlin.

Se ha acusado a los científicos incluso a los que pretendemos un abordaje científico a los problemas sociales de catastrofistas. Es cierto, nos sentimos excusados por exagerar, en cierto modo obligados a ello. Es una pena tener que asustar al paciente, pero sabemos que si no lo hacemos no se va a tomar con cuidado lo de la dieta y el ejercicio, puede que incluso deje de tomarse la medicación, que pase de su salud. Sabemos que en ecología, como en medicina, un diagnóstico positivo falso es una inconveniencia, pero un diagnóstico negativo falso puede ser catastrófico. Esperamos que algo así pase también en sociología. Lo de cuanto peor mejor no se nos pasa por la cabeza más que cuando el día se acaba. Pero: ¡hay tantas auroras por lucir todavía!

Cuando en un trayecto tan corto por la calle Orense de Madrid ha rechazado uno a no sé cuántos mendigos y ha visto tanta mierda en la calle como para tener que andar mirando al suelo, a los de la fracción dominada de la clase dominante nos da por pensar que nada admite explicación, que nuestra vida se limita a la espera sorda de un catástrofe. Por pensar que a medida que la sombra de lo irreversible va cerrando los caminos en las sociedades democráticas el difundir esperanzas debe ser sustituido por el establecimiento de protocolos en urgencias.

Decía Benjamin que “Es preciso basar el concepto de progreso sobre la idea de catástrofe. Cuando “las cosas siguen como antes”, he aquí la catástrofe. No reside en que algo vaya a suceder, sino de que algo ya está dado en cada situación. ¿Acaso no escribe Strindberg en  El camino de Damasco que el infierno no es algo que nos espera más allá, sino la vida que soportamos aquí?”

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