Hay que trabajar y comer menos

Hay que trabajar y comer menos. Y “beber” lo que se pueda. Ergo bibamus es una conclusión que sirve para cualquier grupo de premisas. La mejor manera de independizar al consumidor de energía de las compañías de monopolio, de las redes de comercialización, de los recursos de la tierra, e incluso del caprichoso curso del sol y del viento es la vuelta a los orígenes de la electricidad, al condensador, a la pila de Volta. Para redefinir el almacenaje y el transporte, con mejores pilas y condensadores. Más capaces, con rendimientos superiores y mayor versatilidad. En sentido propio, y en sentido figurado.

  Electricidad deriva de elektron, voz griega que significa “ámbar”. De la época de Tales de Mileto, al ver cómo se erizaban los pelos al acercarlos al ámbar frotado. Acariciamos el móvil para cargarnos de electricidad en forma de noticias, de juegos, de contactos. Hace poco un primo me ha dado un gran abrazo para celebrar el que existo también en este plano, no sólo eléctrico, no sólo virtual. La simple necesidad que tenemos de permanecer encendidos es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira alrededor de sus prótesis y de esta forma va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan esas antenas que llevamos en el bolsillo es al cabello erizado. Constituyen una invitación a establecer contacto con demonios.

  El psicólogo George Ainsle ofrece una ingeniosa explicación alternativa de nuestro interés por establecer contacto con la realidad. Según Ainsle, para evitar la saciedad (y por ende una disminución del placer) mediante satisfacciones imaginarias, necesitamos un límite claro para restringir los placeres a los menos fáciles de alcanzar, y la realidad ofrece ese límite; los placeres en la realidad son más escasos y esporádicos. Los organismos que no se sacian en una actividad (como en los experimentos donde ciertos aparatos permiten a las ratas estimular los centros del placer del cerebro) se apegan a ella con exclusión de todo lo demás, y así mueren de hambre o al menos no engendran ni crían una prole.

  Mantenerse cargado para poder seguir en contacto, de acuerdo, pero con qué… seguramente con aquellos restos de antiquísima humanidad iguales en todos los hombres, aquel patrimonio común legado con anterioridad a toda diferenciación y desarrollo ulteriores que les fue dado a todos los hombres como la luz del sol o el aire. Ahora bien; al amar ese patrimonio hereditario aman un bien común; vuelven así a la madre de los hombres, a la psique que existía antes de que tuviera conciencia, recuperando de esta suerte algo de esa solidaridad y fuerza secreta e irresistible que el sentimiento de comunidad con el todo suele inspirar. Es el problema de Anteo que solo mediante el contacto con la madre tierra conserva su fuerza de gigante.

  Al menos una vez en la vida tiene uno que haber estado a punto de morirse; dicen que al sol ni a la muerte podemos mirarlos a la cara. Pero del mismo modo que tomar el sol es algo que nos devuelve al origen de la vida, alguna vez hay que estar en silencio, en oscuridad, pero con gran lucidez acerca de lo que uno es en realidad. Es como subirse a un avión, como hacerse a la mar. Antes todo barco en alta mar ponía a los viajeros en contacto constante con lo que aquí con más derecho que en ninguna otra parte pueden llamarse postrimerías. La alternativa “o puerto o muerte” era la fórmula válida para meditar en el mar la finitud y precaria finalidad de los anhelos humanos.

  El symposium – ese rito colectivo en el que los convidados beben vino y que, en el mundo griego sigue al banquete del que, sin embargo está rigurosamente separado… los romanos desacralizaron el vino a nivel de simple bebida, mientras que etruscos y griegos lo consideraban en mucho porque facilitaba el contacto con “lo divino”. Dios es algo que se escapa de la comprensión del cerebro del hombre, un problema del cerebro, de la insuficiencia de la química exterior al cerebro que nos vuelva capaces de creer cosas que sólo con las drogas que el cerebro produce en general o no alcanzamos a imaginar o imaginamos mal. La cuestión es ¿puedo aceptar que la píldora fabricada industrialmente que tengo en mi mano me ponga en contacto con Dios? ¿Puedo aceptar que deje de estar metafísico cuando se me alimenta bien? Lo dicho, hay que trabajar y comer menos.

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