Hacia un programa que nos construya como pueblo

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Estas últimas semanas los manifiestos, comunicados, decálogos, informes y peticiones se han multiplicado como hacía años que no veíamos, se nos viene encima algo que todavía no podemos calibrar. Sabemos que cualquier alteración, en especial, los retrasos en la realización del valor durante los ciclos de reproducción y acumulación capitalista son nocivas para el sistema, bueno no al sistema en su conjunto, pero sí para sectores enteros, con las consecuencias negativas sobre el empleo. No obstante, suelen ser funcionales para otros sectores y desde luego, estas alteraciones suelen llevar a la concentración acelerada de capital y riqueza durante y después de las mismas y, en algunos casos, pueden llevarnos a un nuevo estadio sistémico.

Es por ello por lo que las instituciones financieras se han puesto las pilas en garantizar la liquidez, para los pequeños, repartiendo créditos avalados por los Estados que no están llegando a todos y que la banca privada está utilizando para reestructurar préstamos y disminuir riesgos. A los grandes, prometiendo inyecciones de capital, repitiendo aquello de los bancos demasiado grandes para caer en la versión 2020 de empresas demasiado grandes para quebrar. Con garantías de retirarse una vez garantizada la solvencia y sin reclamar nada por los servicios.

Las cifras macroeconómicas son ya terroríficas, las realidades micro ya nos alcanzan, sea por el propio confinamiento, sea por los recursos todavía disponibles, todavía pueden ser mucho peores. Es además el caso español especialmente peligroso por la realidad del tejido empresarial. La inmensa mayoría de los empresarios lo son de las llamadas microempresas, esto son empresas de entre 2 y 10 trabajadores. Sólo estas empresas ya representan más del 94% del total. Mientras, las empresas de más de 50 trabajadores representan menos del 2% del total. Esta nueva crisis puede resultar un recordatorio doloroso de aquello que se decía hace 10 años, las diferencias son tan abismales que el diferencial entre lo que representa el 99% de la población son más cortas que de ese 99 marginal con el 1% restante. Sintetizado en: somos el 99%.

Está claro que existe un 1% y obviamente un porcentaje más alto de acólitos que viven cada vez más emancipados de la sociedad. Se aíslan en sus barrios o urbanizaciones, tienen sus propios circuitos de enseñanza, de salud, laborales. Incluso llegan al extremo, en el caso de los acólitos, de manifestarse de manera totalmente insolidaria y mostrando su falta de empatía con la sociedad a la que ya no pertenecen, como hemos visto en Madrid. Es por ello que quizás tampoco escuchan demasiado las alertas sobre el daño que nos estamos ocasionando a nosotros mismos con el modelo productivo depredador que venimos desarrollando. Seguramente no escuchan porque están convencidos de que las consecuencias del cambio climático no las sufrirán igual y que quizás puede llegar a ser una oportunidad para nuevas vías de negocio. Obviamente ellos no serán los que más sufrirán, hasta que les llegue el agua a sus pies mucha gente se habrá ahogado.

El 1% y sus acólitos se muestran y se saben comunidad, promulgan la idea de competencia y de solvencia, y en cambio se sitúan de manera mayoritaria por lazos de parentesco o de círculos sociales afines. No sólo es que el capitalismo no se basa en la libre competencia, Paul Sweezy nos descubrió una verdad que ya hoy es innegable, la tendencia a la quiebra de los mecanismos de competencia y la concentración de capital mediante mercados oligopólicos. Hoy esa tendencia nos la detallan también otros economistas como Guy Standing, y se suma la tendencia al rentismo. El trabajo no sale a cuenta, es la titularidad de la propiedad generadora de rentas lo que determina cada vez más el acceso a la riqueza.

Es decir, el 1% y sus acólitos tienden no sólo a acumular más riqueza, funcionan cada vez más en lógica parasitaria, extrayendo sus rentas de la posesión de capital no producido por ellos y sin ser elementos siquiera emprendedores. No olvidemos además la propia dinámica de expolio de lo público. El principal negocio de buena parte de las grandes empresas españolas consiste en la contratación pública, asumiendo un papel pasivo frente al Estado y dejando las tareas de emprendeduría y riesgo empresarial a la microempresa. Esta falta de empatía con sus ya no conciudadanos y esta falta de aportación real a la sociedad, no es sin embargo una barrera para apropiarse de lo “nacional”. La lógica es, si la gente trabaja para mí, si el Estado trabaja para mí, el país de facto me pertenece y de paso sus símbolos y la aproximación histórica que me convenga para reificar la propia nación.

Mientras, el 99%, un porcentaje menor si restamos los necesarios acólitos, nos movemos en la dispersión más profunda, en el no reconocimiento del de al lado. En el caso de quién escribe estas líneas la división es más profunda al coincidir con el elemento nacional. El elemento nacional adquiere la fuerza para marcar la agenda política catalana y española por una crisis económica. Sin esa crisis, la deslegitimación no habría acelerado la lógica de confrontación nacional. Es la ruptura con las expectativas de vida o la angustia de que éstas se vean trastocadas lo que hace a la gente se replantea su sistema de fidelidades o de aceptación. Y en este caso, puede que incluso acólitos del 1%, que no el 1% en sí, pueden alterar su sistema de preferencias.
Llegados a este momento y engarzando con el inicio de este artículo, la dispersión de la mayoría de la gente no se da sólo por su identidad nacional y por los roles que adopte en la distribución de poder, prestigio y riqueza en la sociedad (el 99% no emancipado). Se da también en una pléyade de organizaciones y sindicatos que buscan defender los intereses materiales de esa mayoría y que acostumbran a tener, estos sí, dinámicas de competición e incluso de confrontación, más que de colaboración, aunque esta también se da.

En esta dinámica de multiplicidad de actores participamos la mayoría de los politizados, por ejemplo, yo mismo estoy participando en la redacción de un programa económico de reconstrucción y transición ecológica desde Més País Catalunya. Algo que no es negativo, cada organización desde su prisma estratégico ahondará en unas cosas u otras, aportando ideas distintas. Este elemento positivo de análisis y propuesta desde la cara de la realidad poliédrica que nos es más cercana debe tender a una nueva fase de construcción de un todo coherente. De unión de las distintas caras. Ahora es el momento de colaborar, se suele decir que la organización revolucionaria ha de estar un paso por delante del resto, pero sólo un paso. Es el momento de hablar, de trabajar, de escuchar, de pensar y de actuar de la manera más coordinada posible. Buscando escenarios de cooperación y tejiendo redes más fuertes que nunca para evitar la caída. Porque entre todos, basándonos en la inteligencia colectiva, hemos de estar listos con un programa unitario que sea aceptado y defendido por las mayorías y que sea percibido como realista, factible y necesario. Sólo un paso por delante. De esta manera, en base a un programa, en base a un proyecto, es la manera posible de aglutinarnos, sólo así podemos hacer partícipe al 99%, superar distanciamientos abstractos y luchar por objetivos concretos generadores de nuevas complicidades. Trabajemos pues, fraternalmente desde nuestros espacios por una sociedad ecológicamente sostenible, socialmente justa y de personas libres e iguales. La tarea no es sencilla.

 

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