Hacia la transformación por la lucha consciente

“Del mismo modo que no es posible gobernar en contra del sistema económico-capitalista, tampoco ningún político podrá actuar de espaldas a los intereses de aquellos que lo sustentan. Será desestimado”.

Interés general y bien común devienen motivos (hipócritas) del capitalismo universal: el hombre como herramienta de producción y consumo en continuo crecimiento que genera progreso y modernidad. Su felicidad y plenitud será en función del capital y bienes materiales adquiridos en esta vida de competición. Todo es objeto de negocio y gira en torno al beneficio económico. Se monetiza todo ámbito.

La privatización de bienes y servicios públicos y el control económico y financiero en manos de instituciones que representan la globalización y el libre mercado, provocan precariedad y degradación en los puestos de trabajo, homicidios laborales, paro, desigualdad, exclusión social, pobreza, injusticia, contaminación, explotación, violación y depredación de los recursos naturales, exterminio de pueblos y especies, etc.

En los últimos 20 años, el aumento espectacular de la pobreza y el paro en Europa pone de manifiesto el tipo de “dádivas” que ofrece el actual sistema político-económico.

En estas circunstancias, el paulatino hundimiento de los derechos sociales conseguidos por la lucha obrera después de la 2ª guerra mundial, indicia el ahílo sistemático de ideologías y sentencias hasta hace poco tiempo fundamento de políticas calificadas de “izquierda”.

Los equilibrios socioeconómicos de los territorios se desacralizan y quiebran en nombre del capitalismo global a través de transnacionales con la ayuda y protección de la OMC, el FMI y el BM.

Los derechos humanos no existen para aquellos que son obligados a abandonar sus tierras ni para los que, en su resistencia y lucha por sus territorios y culturas milenarias, son asesinados vilmente por sicarios contratados o por ejércitos de estados “soberanos” en tanto que los grandes mandatarios y sus “mass media” nos amenizan con discursos repletos de ornamentadas alusiones semánticas&nbsp a la libertad, la paz, la justicia y el derecho de los pueblos al tiempo que nos alertan sobre el peligro del terrorismo internacional que las amenaza. Paradójico.

La tecnocracia simboliza el modelo político del capitalismo y la globalización, la industria armamentísticay los ejércitos financian sus campañas en busca de la victoria “eleccional” que somete y sojuzga los pueblos en nombre de la deuda externa, el progreso, uniformidad, unicidad, homogeneidad burocrática… en base a una lengua, una cultura, un mercado mundial, una moneda única… y una vía pecuaria para el gobierno de las masas impulsivas. El imperio es el “sistema” capitalista. Sus armas: dinero, poder y ejército. Su axioma: “todo ente es objeto de explotación y negocio”.

La sociedad bienpensante advierte de la estupidez y el absurdo que significan las ideologías políticas tradicionales en boca de sus autorizados, el desencanto de la sociedad respecto a este modelo de democracia crece día a día: especulación, tratos de favor, prevaricación, transgresión de derechos humanos, corrupción, mociones de censura, injusticia de la justicia…son indicadores de una democracia prostituida, el “pueblo” ha perdido el poder y no sabe cómo rescatarlo, pues la lucha entre partidos ya no es ideológica, sino se convierte en pugna para decidir cuál de ellos servirá con más “eficacia” los intereses del “sistema”, alejados, por lo tanto, de la condición ética que representa los programas electorales en los cuales confía la ciudadanía para autorizar el ejercicio del gobierno y de la dimensión humana que define al político.

Ante semejante situación, observamos las causalidades sociopolíticas y medioambientalesque padece el planeta y concluimos que la humanidad ha de plantearse la necesidad de abandonar este tren temerario de la competitividad, el consumismo, el crecimiento continuo, la expansión, la explotación… Hemos de unirnos en la lucha por la salvación del planeta, no podemos traicionar la sociedad ni a nosotros mismos, colaborando, promocionando o alimentando el “sistema”.

Redes sociales, medios de comunicación libres e independientes, asociaciones, encuentros internacionales… hemos de conseguir crear conciencia global de la realidad que nos conlleve a conocer la urgente necesidad de transformar el actual sistema de usos.

Los equilibrios socioeconómicos de los territorios han de ser restaurados a través de la agricultura ecológica, el desarrollo rural y sostenible y la soberanía alimentaria, prescindiendo de las grandes superficies comerciales que arruinan el pequeño comercio. Necesitamos restablecer una industria de producción ética que elimine las deslocalizaciones. Dotar de sentido y dignidad nuestro trabajo diario.

Hay que rechazar el militarismo y la industria armamentística del mundo, respetar la diversidad y la diferencia en nombre de las culturas, la convivencia, la paz y los derechos humanos. Hay que emprender imperiosamente una política de sobriedad, destinada a vivir con las necesidades reales evitando ser víctimas dinámicas del consumismo salvaje.

Partiendo desde la actual situación, hemos de intentar restaurar la armonía entre ser humano, naturaleza y economía, aunque para ello sea inevitable “tener conciencia” de un decrecimiento que conllevaría, sin duda, nuestro compromiso de renuncia a ciertas “comodidades”o “placeres”.

Abnegación, sacrificio… difícil, duro, pero no existe otra alternativa si queremos salvar el planeta y el espíritu humano, si queremos “transformar” la sociedad.

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