Hacer frente a la crisis y a los peligros de guerra

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Hasta ahora, se han derribado drones, se han atacado o interceptado petroleros y se han hecho declaraciones amenazadoras. Quizá la cosa no vaya más allá y, a posteriori, estos acontecimientos se presenten como uno de los muchos períodos de tensión que finalmente han disminuido. Pero no hay garantías.

Trump anunció en junio que había cancelado un bombardeo aéreo contra Irán diez minutos antes de que sus aviones despegaran. Se ha atrevido a otorgarse el papel del pacifista, él, que desde que fue elegido presidente de los Estados Unidos, ha estado en guerra en todos los rincones del planeta. Pero detrás de la comedia está la realidad de las armas. Los bombarderos B-52 están listos para despegar. Los portaaviones y sus flotas se cruzan en el mar de Arabia y en el Mediterráneo, al alcance de una intervención en Irán. Y 35.000 soldados están estacionados en las bases americanas de los países del Golfo.

Irán está acorralado. Como gendarme del mundo capitalista, los Estados Unidos quieren someter al poder iraní que les ha desafiado durante cuarenta años. Y las declaraciones de los líderes iraníes o sus acciones militares, como la inspección de un petrolero británico con el pretexto de que había chocado con un barco pesquero, ilustran sobre todo su impotencia ante lo que este país y su población sufren, desde que los Estados Unidos impusieron un bloqueo económico.

¿Hasta dónde llegará Trump? Más de quince años después de la invasión de Irak, ¿está planeando otra guerra del Golfo, esta vez contra Irán? La escalada actual es impredecible y podría llevar a ella, incluso más allá de los planes de la diplomacia estadounidense. Esa guerra podría tener consecuencias planetarias.

El pulso entre Estados Unidos e Irán ya ha provocado el posicionamiento de todas las grandes potencias, de los imperialismos europeos en Japón y Rusia, así como de todas las potencias regionales, de Arabia Saudita a Israel a través de Turquía.

El mundo está inmerso en una crisis económica, en la competencia comercial, en la excitación nacionalista y en una carrera armamentista, en la que una chispa guerrera en un lugar podría convertirse en un incendio. Oriente Próximo, que ya ha sido devastado por la guerra durante años en Irak, Siria o Yemen, está lejos de ser el único lugar de tensión en el mundo. Desde Asia hasta África, pasando por Europa, toda la situación internacional es un gigantesco polvorín. Esos fueron los períodos de tensión que en el pasado llevaron a los dos conflictos mundiales.

«El capitalismo lleva en sí la guerra como la nube lleva la tormenta», dijo el socialista Juan Jaurès mucho antes de 1914. Mientras los grandes grupos industriales y financieros dominen la economía, sus guerras económicas seguirán conduciendo a guerras militares. Mientras estos grandes grupos no sean expropiados, colectivamente y controlados por el conjunto de la sociedad, mientras sigan siendo propiedad privada de un puñado de accionistas, el mundo estará guiado por la única regla que la burguesía reconoce en su búsqueda del beneficio máximo: «Después de mí, el diluvio. »

La clase obrera es la única clase social capaz de ofrecer otro futuro a la humanidad porque, en la lucha contra el capitalismo, no tiene nada más que perder que sus cadenas y sólo ella puede proponer una organización económica basada en la propiedad colectiva de los medios de producción y en la planificación de esta producción en función de las necesidades del conjunto de la humanidad y sus posibilidades reales.

La cuestión del futuro de la sociedad humana está en manos de los trabajadores. Deben reencontrar el camino de la lucha de clases y de la organización colectiva para defender sus intereses materiales y su derecho a una vida digna para todos. Pero, más allá, deben dotarse de los medios para derrocar este orden social capitalista que lleva a toda la sociedad a la barbarie. No se trata sólo de defenderse, de imponer aumentos salariales o pensiones adecuadas. El futuro que la sociedad capitalista les prepara a ellos y a sus hijos puede ser ir al campo de batalla o ser aplastados bajo las bombas, en un planeta cada vez más inhóspito por las consecuencias de la carrera por el beneficio.

El futuro depende de la clase obrera, de su capacidad para tomar conciencia de su papel histórico, que es cambiar esta sociedad para convertirla en una sociedad humana. Depende de la capacidad de las mujeres y de los hombres que la componen para reconstruir, aquí como en otros países, los partidos comunistas revolucionarios capaces de concretar esta perspectiva.

Editorial de Lutte Ouvrière

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