Hablemos de soberanía y federalismo

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Por Prudenci Vidal

El concepto de soberanía popular nace como respuesta al absolutismo. En 1576, Jean Bolin daba una definición del concepto “soberanía”. Para el autor, se trataba del «poder absoluto y perpetuo de una República». Por su parte, soberano era quien tenía el poder de decisión, de promulgar leyes sin recibirlas de nadie y sin estar sujeto a las decisiones ajenas, excepto a la ley divina o natural. Casi un siglo después Thomas Hobbes eliminó toda referencia a la ley natural dejando al soberano absoluto como única fuente de poder. En 1762 Rousseau cambió radicalmente la orientación del concepto afirmando que la soberanía de la que emana el poder proviene del pueblo porque no es necesario un líder para poder vivir y sobrevivir con garantías: “el poder que rige a la sociedad es la voluntad general que mira por el bien común de todos los ciudadanos…”. En esta concepción se incluye una gran novedad política: es el concepto de igualdad. El pueblo como titular de la soberanía debía estar formado por cada ciudadano en un plano de igualdad. Sus decisiones tenían que ser cuidadosamente pensadas, ya que no debían acordar nada que perjudicara a los legítimos intereses de cada individuo.

Para Jean Jacques Rousseau el soberano es el pueblo, que emerge del pacto social, y como cuerpo decreta la voluntad general manifestada en la ley. La soberanía se ejerce en una organización, el Estado que permite que el poder se asiente sobre el consentimiento popular. El pueblo se convierte, así, en el elemento que determina las acciones del propio Estado. Modernamente el sufragio universal y el sistema de partidos ha configurado y determinado la forma de ejercicio de esta soberanía. La soberanía, pues, se conforma sobre la voluntad de llegar a acuerdos y funcionar mediante la cooperación entre iguales.

Pero esta ecuación estado=nación tan debatida durante el siglo XVIII y en el XIX con la aplicación de la idea romántica de nación (Johann Gottlieb Fichte) ya no es lo que fue. Hoy las naciones se constituyen en identidades plurales y compartidas  dentro de una unidad en la diversidad. Pero las naciones no son una construcción acabada, las naciones se constituyen permanentemente en un proceso abierto y plural. Hay nuevos espacios  construidos sobre el compromiso de acordar un destino común en un proceso cooperativo donde todos los actores deben ganar. Y esa idea de convivencia en lo común respetando la diversidad tiene una expresión política de organización del estado: es el federalismo. Más de la mitad de la población mundial desarrollada convive con algún sistema federal. Aquí en España siempre se ha visto como una forma de división y de conflicto, no como de acuerdo y de cooperación [ recodemos la última frase de Estanislau Figueres, presidente de la primera República: “ Estoy hasta los cojones de nosotros” por la incapacidad de acordar ni el primer párrafo de una constitución] ¿Y por qué sucede esto? Porque aún permanece en el ADN de la derecha conservadora y en la izquierda timorata el centralismo administrador. La solución federal se ha caricaturizado por la derecha española, mal defendida por la izquierda a pesar de que sus estructuras de partidos seas federadas, e inaceptables por los nacionalistas como una salida a sus aspiraciones por una falsa puerta.

Pero el federalismo representa algo más que  un entramado de instituciones para organizar un modelo de descentralización. Un estado federal no sólo es leyes e instituciones. Requiere la voluntad de manejarlas y respetarlas como algo común y propio. Aquí y ahora no nos gusta hablar de federalismo porque esto supondría abrir un proceso constituyente en el que la idea de soberanía basada en acuerdo entre naciones y las ciudadanías federadas, “un pacto entre iguales que dé al sistema instrumentos e instituciones  que aseguren la conformación de esa voluntad común de construir el Estado del Bienestar como ideal de convivencia.”[Antón Losada].

Ahora vemos como desde el poder central o desde las pretensiones de poder se erosiona el poder de las autonomías desarrollando estrategias obstruccionistas, oportunistas y absolutamente desleales. Otro elemento fundamental por el que se no se habla de Federalismo es que una nueva constitución con una voluntad federal debería asumir una nueva definición y concepto del estado y vincularlo a un proyecto de bienestar común y de convivencia desde la cooperación y respeto a la diferencia. El estado federal no se cierra con una nueva constitución, permanece abierto en la construcción de instituciones, reglas, intereses y una cultura federal que se renueva permanentemente porque el mundo actual no para de moverse y hay que adaptarse a él para proporcionar a la población esos elementos básicos de derechos recogidos en la constitución no como proclamas sino como derechos de ejercicio.

Las actuales autonomías no son constituyentes, no se definieron en el pacto constitucional, como tampoco lo fue la monarquía, anterior al proceso constitucional ni en la laicidad, también anterior al proceso constitucional por el Concordato con la Santa Sede del Vaticano.

Hay que decidir y aceptar que el estado español es un estado plurinacional; aceptar que en seno de este estado coexisten varias naciones que deciden ponerse de acuerdo para convivir y construir un proyecto común al que llamaremos Estado Español, y entonces ya se tratará de discutir dónde reside la soberanía popular como ciudadanos, sino también que la construcción de lo que llamamos España dependerá del acuerdo entre los diferentes pueblos y las diferentes naciones que conformarán este estado plurinacional al que debe tender la construcción política de la España del siglo XXI. Esta forma de entender lo político hoy es poner una propuesta de solución  a eso que se ha llamado “el problema territorial”, que no es un problema solo organizativo, sino de mutuo reconocimiento, de aceptar que si el Estado Español quiere ser algo hoy debe ser un pacto entre iguales, entre naciones y pueblos iguales con el objetivo de crear y mantener un estado del bienestar para los ciudadanos.

Para ir socavando las antiguas ideas del inmovilismo político actual cabe manifestar, una vez más, que la convivencia  ordenada y pacífica  se debe manifestar a través de la política y no sobre el uso exclusivo de la fuerza a los problemas que se plantean en la convivencia. Este es el camino que debería tomar, en mi humilde pensamiento, tanto la Unión Europea como el Estado Español. En el objetivo común del estado del bienestar, las colaboración de los movimientos sociales deben ser reconocidos como sujetos políticos y sus propuestas deben ser primeramente aceptadas y posteriormente debatidas para lograr el consenso entre los gobernantes y los gobernados.

Prudenci Vidal Marcos

Miembro de La Marea Pensionista

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