¿Ha terminado realmente por aceptar la clase obrera la austeridad? Réplica a David Graeber

David Graeber responde afirmativamente a esta breve y provocativa pregunta en la reciente edición de libre acceso de The Guardian. «Demasiada devoción al cuidado ajeno. Esta es la maldición de las clases trabajadoras» (26/3/2014). El resultado de este excesivo trabajo de cuidados es «que la lógica elemental de la austeridad ha sido aceptada por casi todos». Así, mientras otros consideran la solidaridad una virtud, Graeber cree, en cambio, que ésta es la soga que tiene amarrada ahora mismo a la clase trabjadora. Esto revela un cambio de posición sobre este asunto respecto de la expuesta en su obra magistral Deuda: los primeros 5.000 años.  Allí observaba que «los pobres no trabajadores gastan [tiempo] con amigos y familia, disfrutando y cuidando de aquéllos a quienes aman, [por lo que] probablemente mejoren el mundo más de lo que estamos dispuestos a aceptar».

Mientras el «cuidado» presagia una nueva sociedad en su obra Deuda, parece anclarnos en un presente austero en su artículo del Guardian. Si Deuda versaba sobre la extraña alquimia que transmutaba el amor en deuda, el nuevo trabajo es sobre cómo el cuidado se convierte en austeridad: ¡un nudo gordiano donde los haya! Afortunadamente, su afirmación sobre la austeridad es errónea en varios niveles; la reciente premisa de que la clase trabajadora acepta la austeridad es, por mucho, la más falsa. Además, aun si aceptamos que la clase trabajadora cuida, ello no quiere decir que el cuidado nos predisponga a la austeridad.

¿La clase obrera acepta la austeridad?

Es simple hacer de ésta un tipo de pregunta imprecisa. Después de todo, ¿qué es «aceptación» y cómo se mide? Sin embargo, información poco controvertida de sondeos de intención de voto muestra que la clase trabajadora está preocupada por el déficit presupuestario. Los mismos sondeos, por su parte, constantemente muestran también que esta clase apoya las políticas contrarias a la lógica de la austeridad; actualmente, alrededor del 73% de los estadounidenses apoyan el incremento del salario mínimo. Lo interesante es que esto ha sido bastante constante a través de décadas. En 1995, Bill Clinton tenía el 79% de apoyo para elevar el salario mínimo y para defender derechos adquiridos (medicare y seguridad social). Aun cuando la gente acepta la necesidad de los recortes presupuestarios, está cada vez más preocupada por la reducción del gasto que beneficia a los poderosos (rechazando los recortes impositivos para los ricos, gasto en armamento, etc.).

Datos sobre preferencias similares pueden obtenerse en otras partes del mundo. Los franceses, por ejemplo, inicialmente eligieron a François Hollande por su plataforma anti-austeridad. Tras abandonar esta propuesta, los mismos votantes se abstuvieron quedándose en sus casas o giraron hacia la derecha. Sin lugar a dudas, existe un buen número de críticas bien merecidas a los sondeos salidos de autores novicios de manuales de sociología. De todos modos, la consistencia de este tipo de resultados –a través de contextos políticos, países y generaciones diferentes- es difícil de refutar. Las opiniones subyacentes existen a pesar de las abrumadoras coberturas y propagandas mediáticas diseñadas para producir justamente el resultado opuesto. Esto habla de la resilencia de la solidaridad de la clase trabajadora y el rechazo a la austeridad –aun después de décadas de embates devastadores.

Tal vez Graeber tiene expectativas más elevadas sobre lo que constituye un rechazo. Se hace eco de la pregunta de los ricos: «lo que no puedo entender es ¿por qué la gente no está amotinándose en las calles? Si esta es la pregunta, la respuesta es directa: «ni por un momento confundas la actual ausencia de disturbios con aceptación de tu orden». La ausencia de revueltas abiertas no es lo mismo que aceptación. Quizás los trabajadores estén demandando algo más de sus intelectuales orgánicos, agitadores anarquistas, burócratas sindicales y aspirantes a vanguardia, de modo que ellos aún puedan actuar en rechazo a la austeridad. Ciertamente, el Graeber de Deuda parece pensar que se necesita cierto esfuerzo para imaginarse alternativas, «Nos aferramos a lo que existe porque ya no podemos imaginar una alternativa que no sea incluso peor» (Debt, pp. 382)

Clase y trabajo de cuidados

Pensemos en la afirmación de Graeber de que la gente de clase trabajadora está más cuidada porque la mayor parte de ellos realizan trabajo de cuidados. «Los seres humanos son proyectos de creación mutua», escribe Graeber. «La mayor parte del trabajo que hacemos es para otro». Como resultado, los trabajadores «cuidan más de sus amigos, familias y comunidades. En conjunto, al menos, ellos son fundamentalmente mejores». De acuerdo, esto es un poco condescendiente. ¿Pero es cierto que, porque trabajamos con/sobre otras personas, somos más cuidadores?

Esta es una hipótesis atractiva. Sin embargo, parece ignorar el actual proceso laboral y cómo la gente se encuentra una a otra en sus altamente restringidos lugares de trabajo capitalistas. A un nivel microsociológico, no está claro que la interacción entre un trabajador de servicios y su cliente sea una interacción humano-humano (implica dos formas de interacción altamente alienadas) i. e.  un trabajador de una cadena de comida rápida que procesa una cadena de pedidos de almuerzos. Aquí el cliente aparece frente al trabajador por unos segundos para confirmar una orden y realizar el pago –incluso esta interacción puede estar automatizada hasta reducir completamente cualquier interacción humana «mutuamente creada» entre ambos.

Durante décadas, un buen número de trabajos sociológicos ha sugerido que el trabajar con/sobre la gente podía ser tan alienante como trabajar con objetos –cuestionando la hipótesis de Graeber sobre el trabajo de cuidados-. Arlie Hochschild (The Managed Heart: The Commercialisation of Human Feeling [2012, 1983]) retoma la idea de White Collar, de C. Wright Mills, de que la gente que trabaja en ventas vende su personalidad. Hochschild toma esta idea para examinar el «activamente emocional trabajo implicado en la venta». Sus análisis incluyen la observación de que el trabajo emocional implica esconder y suprimir emociones «inapropiadas». Como resultado,  Hochschild viene a reconocer que, «detrás de la diferencia entre trabajo físico y emocional descansa una similitud en el posible costo de realizar el trabajo: el trabajador puede volverse alienado de un aspecto de sí mismo –sea el cuerpo o los márgenes del alma- que es utilizado para realizar el trabajo.»

En este sentido, es difícil ver por qué el trabajo debería hacernos más solidarios. De hecho, lo opuesto podría ser verdad en tanto que el trabajador emocional podría experimentar disonancias entre las demandas laborales y sus propias reacciones o sentimientos subyacentes. Al final de su libro, nos damos cuenta que el trabajo emocional tiene sus costos, incluyendo insensibilización, empatía decreciente y su propio sentido de la queja.  Investigaciones pertinentes han revelado que el trabajo es complejo y sus operaciones a través de diferentes situaciones laborales y sistemas administrativos sugieren diferentes tipos de resultados. Así como el trabajo físico intenso puede fortalecer los músculos, también puede ser debilitante. Ese también puede ser el caso del trabajo emocional.

Una tesis doctoral reciente sugiere que el trabajo emocional puede ofrecer sus propias recompenses en ciertas circunstancias. En otro trabajo, Emotional Work: Putting the Service in Public Service, los autores Mary E. Guy, Meredith A. Newman y Sharon H. Mastracci, señalan que un trabajador, «muchas veces siente que podrías querer explotar… pero luego lo que viene a la mente es que eres un profesional…» ¿Conduce este control a la aceptación de la austeridad? Quizás, pero la aseveración de Graeber no encuentra apoyo en los trabajos especializados.

Por supuesto, Hochschild (en otro ensayo) también profundizó nuestra comprensión del trabajo emocional y también de las dimensiones trasnacionales y de género que tiene este proceso de trabajo: «Así como el mercado de valores de la producción primaria mantiene a los países del Tercer Mundo en posiciones deprimidas dentro de la comunidad de naciones, el devaluado mercado del cuidado mantiene igualmente bajo el estatus de las mujeres que lo hacen –en definitiva, a todas las mujeres». Ella analizó la importación de amor «pre-capitalista» (desde el Sur Global) hacia las situaciones de cuidado posmodernas en los Estados Unidos.

Todo esto sugiere el carácter complejo del trabajo emocional… y también promueve el planteo de otras cuestiones: por ejemplo, los inmigrantes y los trabajadores de color en las industrias del cuidado y de la hospitalidad, incluyendo a los cuidadores que trabajan en el ámbito doméstico, se encontraban entre los más militantes de los trabajadores y aumentan las filas de los sindicatos de trabajadores de servicios en los Estados Unidos (ver, por ejemplo, las acciones de los trabajadores del ámbito doméstico). Igualmente, enfermeras y maestros cuyo trabajo es, más que nada, trabajo emocional, han sido particularmente sobresalientes desafiando la austeridad y los recortes en todo el país.

Graeber extrae más inferencias a partir de sus hipótesis sobre el cuidado. En el modesto espacio ofrecido por la edición de libre acceso, sugiere que podemos entender el nacionalismo y las políticas anti-inmigrante («abstracciones fabricadas») como una redirección de este impulso de cuidados. Esto también puede ser un tema para la investigación sociológica y los resultados serán, como mucho, ambiguos. Por ejemplo, como Davis Roediger observó tiempo atrás en Wages of Whiteness, las identidades políticas hegemónicas, germano-americanas en su caso- son definidas menos como el cariño por una imaginada herencia germana que por los sentimientos anti-negro. Más que cuidado, ¡estas identidades parecen expresar agresión!!

A pesar de que hemos mostrado (1) que los datos sobre el apoyo de los trabajadores a las medidas de austeridad son dudosos y (2) que el trabajo emocional no necesariamente conduce a un mejor cuidado, hay un problema más importante con las inferencias que Graeber hace del trabajo emocional. Como un intelectual serio, él reconoce esto. Si, como dice Graeber, el trabajo de cuidados siempre ha existido, ¿por qué no ha producido la misma desmovilización resultante en el pasado? Al final del ensayo, Graeber nos ofrece una respuesta, al introducir otro argumento. Aquí él reconoce que «estamos viendo los efectos de una implacable guerra contra la misma idea de política de la clase obrera o comunidad de clase trabajadora…» Esto es muy cierto. Pero entonces esta observación es bastante diferente de su tesis de que cuidamos demasiado; su materia de análisis se encuentra en las instituciones políticas mientras su tesis sobre el trabajo de cuidados emerge desde una psicología industrial. ¿La lección? Ir más allá de atribuir resultados políticos (consentimiento a la austeridad) para alegar predisposiciones psicológicas (cuidados) y comenzar el duro trabajo de experimentar con y formas organizacionales en desarrollo a la altura de las tareas de la vida cotidiana.

Suren Moodliar es director de Global Policy Programs en el Departamento de Democracia del Gobierno en la sombre del partido Verde norteamericano.  

Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider

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