Gustave Flaubert, antropólogo de la estupidez ( I )

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Por Iñaki Urdanibia

Gustave Flaubert , el afán de estilo

No cabe duda de que el autor de la inacabada Bouvard et Pécuchet es uno de los escritores más destacados de las letras francesas y considerado por algunos como el fundador de la novela moderna, balanceándose entre el naturalismo/realismo y el romanticismo, mas escapando de cualquier forma de ismo ( que son como los istmos de la estupidez); su vida la convirtió en una vida para la escritura y dentro de esta la pasión por el estilo fue el centro de gravedad que dirigió siempre su quehacer. Tal pasión dejó huella en la posteridad de no pocos escritores que le tomaron sino como maestro sí como escritor a leer una y otra vez ( Franz Kafka, Guy de Maupassant, Gertrude Stein, Pierre Michon, Jean Echenoz, Claude Simon, los miembros del nouveau roman, Milan Kundera…).

Pueden señalarse como rasgos distintivos de la escritura de Flaubert: su voluntad de realizar una literatura que se adecue a la realidad, ateniéndose al criterio de verdad; la pasión del estilo en todos sus niveles ( buscando siempre la palabra justa, la sintaxis y la musicalidad de las frases y la estructuración del conjunto narrativo), y la columna vertebral que recorre toda su obra: la lucha impenitente contra la estupidez humana, reflejada en los modos de vida y las creencias de la sociedad francesa de su tiempo.

En lo referente a la primera característica señalada, la voluntad de verdad, se ha solido hablar de la objetividad absoluta de su escritura, habiendo algunos que han buscado en la profesión paterna (cirujano) su precisión a la hora de viviseccionar las realidades visitadas, del mismo modo que se ha buscado en su supuesta crudeza, que según algunos roza el sadismo, el haber pasado mucho tiempo de su niñez viviendo en aquel ambiente hospitalario, con cadáveres, sangre, etc. Lo que sí que es cierto , y el mismo escritor ponía énfasis en tal aspecto, es que no debe dejarse ver, ni oír, su voz, la voz del escritor, ya que éste ha de comportarse como Dios – son sus palabras – que estando siempre presente no deja notar su presencia; Flaubert trataba de no predicar, de no convertirse en ninguna forma de moralista ya que esas valoraciones son cosas del lector: yo entrego este texto y cada cual habrá de añadir su interpretación moral o del tipo que sea ( « si alguna vez he de ejercer una actividad en el mundo, será como pensador y no como moralizador. No haré sino decir la más cruel, horrible y desnuda de las verdades») . Esto ha de ser completado, no obstante, con la enormidad de fuentes documentales a las que el escritor recurría ( se llega a afirmar que una de las causas de su ruina, además de su incapacidad de administrar sus bienes, y el volcarse en la ayuda de los negocios de su sobrina y su marido, fue la cantidad de libros que compraba con el fin de documentarse para sus obras). En unas ocasiones, documentándose sobre las noticias de época ( Madame Bovary), de cuestiones geográficas y culturales ( Salambo), religiosa y míticas en otras, llegando tal afán hasta los límites del paroxismo en el caso de Bouvard et Pécuchet para cuya elaboración dice que recurrió a consultar nada menos que mil quinientos volúmenes, de los más variados temas y disciplinas; ello le hacía pisar fuerte en los terrenos en los que se adentraba. Si este afán por documentarse y documentar a los lectores era proverbial, sería un error incluirle entre los escritores realistas ya que era tan alocada su pasión por el rigor que debía ir acompañado por las preocupaciones de estilo lo que le convierte en único y diferente con respecto a los demás escritores ; igualmente sería una equivocación , al poner énfasis en la atención mentada al estilo, que nos hallemos ante un escritor lírico o que preste atención especial a los tonos líricos; no le falta razón a Milan Kundera cuando afirma que « los más grandes entre los “ novelistas devenidos poetas” son violentamente antilíricos: Flaubert, Joyce, Kafka, Gombrowicz. Novela = poesía antilírica» ( Art du roman, pp. 178-179) .

Así pues, ni realista, ni seguidor del arte por el arte, Flaubert practicó todos los géneros de ficción, como quien experimenta para saber cómo se hace o cómo se ha de hacer, convirtiendo la prosa en la única herramienta, la única materia, sin buscar otro fin ( poético, moral o político) que el propio estilo , buscando el modo en que la literatura permaneciese realmente libre y sin corsés de ningún tipo. Hasta pueden hallarse en su correspondencia, muy en especial en la amplia que mantuvo con Louise Colet, que le encantaría no ya una escritura sobre nada, sino que se comportase como la pintura independientemente de los objetos, afirmando su carácter absoluto e independencia , que supusiese, por otra parte, el rechazo del siglo, erigiendo al primer lugar de sus pretensiones literarias la negatividad, la abierta hostilidad a los valores erigidos en dominantes por la sociedad bien pensante; por los bordes cercanos al nihilismo, por las sendas de la ironía lúcida y creativa. Flaubert en su soledad, el eremita de Croisset le llamaban, convierte su silencio en grito, refiriendo aquello que el siglo no es a pesar de lo que proclama y programa, tratando de demostrar la mentira, « la larga mentira en la que hemos vivido», en el imperio de lo falso. Buscando « alguna cosa en blanco» de la que hablase en su L´Education…haciendo entrar las cosas en literatura, dándoles forma, presencia, estatus y función. En alguna carta llega a comentar a algún amigo que seníía envidia al pensar lo maravilloso que sería publicar de golpe toda la obra que uno ha ido elaborando a lo largo de su vida, mas estando seguro de que se daban las máximas garantías de éxito a la hora de ser recibida, la obra que sería la expresión de la verdad del tiempo vivido.

Cierta frialdad narrativa puede observarse en algunos pasajes de sus obras, sensación que corresponde, o ha de hacerlo según su visión, a la que se da por parte de la propia naturaleza que no nos habla, ni se pronuncia, del mismo modo que los hechos no nos hablan…así, su corrección formal responde a la necesidad de que lo reflejado quede reflejado comme il faut. Ahí están las puntillosas, y en apariencia insignificantes, descripciones de diferentes objetos o prendas de los personajes de sus obras; detalladas descripciones que dejan ver características esenciales de los personajes presentados. Es como si tratara de dar capacidad de expresión propia a los propios objetos , y él – como antes ha quedado nombrado en la metáfora divina: presente e invisible al tiempo- funcionando como un mero director de orquesta; el novelista,según él, debe desaparecer detrás de su obra. El narrador se va transformando en diferentes personas gramaticales que implican a grupos, o como voz de la memoria, recogida en los discursos de los textos que cobran presencia en la mentalidad de la sociedad en una momento determinado. De este modo lo que alcanza real importancia en sus obras es la forma en que se narra , y aun dándose ciertos rasgos que podrían emparentar al escritor con el romanticismo – lo literario como lo único esencial- , el resto de rasgos de su escritura le convierte en un autor abiertamente antiromántico ( pueden verse en lo referente a lo propiamente temático su Madame Bovary o L´Education sentimentale, y también en los males que pueden suponer las lecturas románticas…y la pobre Emma, cual Quijote obnubilado por los libros de caballería, encandilada por los libros románticos). Afirma Kundera hablando de la novela que « ésta con Flaubert, explora la terra hasta entonces incognita de lo cotidiano», haciéndole bajar del campo de la aventura, de la interioridad psicológica , de la inscripción de los humanos en la Historia, etc., etc., etc.

Lucha contra la estupidez

« El siglo XIX ha inventado la locomotora, y Hegel estaba seguro de haber aprehendido el espíritu mismo de la Historia universal. Flaubert ha descubierto la estupidez. Me atrevo a decir que es el descubrimiento más grande de un siglo tan orgulloso de su razón científica»

                                    ( Milan Kundera )

« Se difundió el término bovarysme, con el que se acostumbraba caracterizar a aquellas dos personas, osan traspasar los confines inexorablemente trazados por la fatalité y que obviamente se pierden en zonas que para ellos – para ellos– son impracticables»

                                    ( Jean Améry )

«…Antes de palmarla deseo vaciar la hiel de la que estoy lleno. Yo preparo, pues, mi vómito, Será abundante y amargo…»

                                      ( Flaubert , carta a Feydeau)

Señalaba líneas más arriba que el centro de gravedad sobre la que se alza toda su obra es el combate contra la estupidez de su tiempo. Si Nietzsche señalaba como tarea de la filosofía dañar la estupidez, la posición de Flaubert parece asumir dicha función para la literatura, su propósito confesado es mostrar su abominación hacia el siglo que le tocó vivir, convirtiendo toda su escritura, además de en una lucha por el estilo y la exactitud descriptiva, en un tenaz combate contra diferentes vicios o males de su época: el romanticismo ( Madame Bovary), la candidez a la hora de formar a la juventud ( La Educación sentimental) y el desmedido afán de estar al día en el terreno del todo-saber era la moneda corriente( se ha de tener en cuenta que por aquellos tiempos las publicaciones de diccionarios, manuales, libros de divulgación, enciclopedias acerca de lo divino y lo humano, abundaban). Saber o mantener ciertas posturas para resultar chic y ser aceptado entre los iguales . « Siento contra la estupidez de mi época olas de odio que me ahogan. Quiero hacer una pasta con la que rociaré todo el siglo XIX, como se embadurna con boñigas de vaca las pagodas indias. ¿ Quién sabe si esto durará tal vez?…».

Esta propósito parece que hundía sus raíces en los mismos años de niñez, como se puede ver en la propuesta que con nueve años hacía a su compañero de colegio, Chevalier: «si quieres que nos asociemos para escribir, yo escribiré comedias y tú escribirás tus sueños, y como hay una señora que viene a ver a papá y que siempre nos cuenta tonterías las escribiré»( cerca de cincuenta años más tarde decía a otro amigo: « me habláis de estupidez general, mi querido amigo, ¡ah! Yo la conozco, yo la estudio. Es el enemigo, e incluso diré que no hay otro enemigo»). Ya en algunos textos de su juventud muestra su afilado espíritu crítico y más en concreto retrató a diferentes personajes con los rasgos que él pretendía denigrar ( Garçon – modelo de burgués estúpido y limitado- , una historia de commis / empleados y también salpica dichas características en algunos personajes de sus obras más sonadas: así en el farmacéutico, Homail que aparece en Madame Bovary, un ser gris con pretensiones de saberlo todo o casi, hasta el límite de hacerse pasar por lo que no era.

No fue el único, ni el primero, Flaubert en ver en la estupidez un universal en los humanos, ya Montaigne había subrayado la importancia de ciertas creencias y rituales como formas de cemento social, coincidiendo en algunos aspectos relacionados con la religión-como mentira necesaria- con el empirista David Hume, más tarde han sido legión quienes han tratado el tema ( Musil, Gombrowicz, …). La concepción de la bêtise por parte de Flaubert podría asociarse al dictum atribuido a Sócrates ( yo sólo sé que no sé nada) que se considera como muestra de sabiduría, pues así mismo podría subrayarse que la admisión de la propia estupidez, o su contagio, es un paso con respecto a quienes no tienen conciencia de tal estado, y es que Flaubert no pensaba estar exento de la estupidez que dominaba la sociedad, mas trataba de alejarse de ella incidiendo que el quid de la cuestión ( y más en aquella época, reitero, en la que los diccionarios, manuales y textos de divulgación estaban al orden del día, con lo que se creaba la sensación de que todo dios podía conocer todo, o al menos tener un aparente barniz que diese a entender tal dominio); para Flaubert la estupidez no residía tanto en la voluntad de saber sino en la voluntad de concluir (o de creer que se ha concluido), y él no se cansaba de repetir que ningún gran hombre había concluido sino que siempre había dejado las cosas sin cerrar, abiertas a posteriores averiguaciones; nunca los grandes inventores han dado por cerrados definitivamente sus descubrimientos o invenciones. El problema esencial, según su modo de interpretar las cosas, residía en lo no-pensado de las ideas recibidas, dándolas como acabadas, como oro de ley y aceptadas tal cual.

En este orden de cosas el proyecto de Flaubert era elaborar una enciclopedia de la estupidez, realizada desde la farsa y desde lo grotesco, para lo que pensaba que la historia de los dos personajes le sirviese de introducción para el posterior Diccionario de estupideces, que sería, al final, la recopilación de los textos reunidos por los dos copistas ( en la que visitando todos los campos del saber, se mantiene el principio de vacilón frente al de principio de identidad: baste con tomar el ejemplo referido a la mujer: rubias / morenas / negras/rosáceas…de las que se dice lo mismo y lo contrario; una obra que deviene un lugar de memoria privada, memoria de los gustos, de las lecturas, de los sueños y ensoñaciones…). En cierto sentido el escritor consideraba tal obra proyectada como culminación de todo su quehacer y así ésta podría ser considerada como el resumen o la guía para penetrar en el sentido de todos sus otros libros. Dentro de este intento deberían quedar reflejados los avatares políticos e ideológicos que imperaban en la sociedad hexagonal de su tiempo: el creciente desarrollo capitalista, la poderosa fuerza en aumento del Estado y la burocracia, y la ideología dominante de la burguesía urbana ( él hablaba de “mitología cultural”). En cierta medida lo que pretendía es entregar a sus contemporáneos un manual de todo aquello que debían saber acerca de las diferentes cosas , y la manera de quedar bien en sociedad…sin salirse de los valores heredados. Esa recopilación de saberes debería ser mostrado en los diferentes discursos que pululaban por la sociedad, convirtiéndose en una crítica potente contra los valores dominantes de la clase burguesa ( la idea de progreso como motor ), y para ello enviaba a sus personajes a hurgar en diferentes saberes: agricultura, destilación, química, higiene, geología, arqueología, coleccionismo, historia, literatura, ciencias políticas, gimnasia, espiritismo, filosofía, religiones, pedagogía o urbanismo por no continuar. Este brutal dardo que trataba de lanzar el escritor incidía a la vez en la conciencia alienada en la que sumía a la naciente masa la difusión de ciertos estándares psicológicos y antropológicos.

Flaubert se alzaba contra el consagrado sentido común, que servía de aglutinante para el colectivo social como ya lo hacían otros contemporáneos como Baudelaire o Edgar Allan Poe, pero él lo hacía con una amplitud y una profundidad que mostraba el férreo empeño de alcanzar la línea de flotación de la armonía burguesa.

El proyecto venía, como queda señalado, de tiempo atrás pero el inicio de la elaboración atravesó serias dificultades , convirtiéndose en una tarea ardua y dolorosa como lo dejaba ver en su abundante correspondencia. A varios amigos a los que planteó su propósito los dejó atónitos; entre ellos puede traer a colación el caso de Ivan Turgueniev que propuso a Flaubert que tratase el asunto con brevedad y ligereza, « a la manera de Swift o Voltaire…pues el argumento me resulta encantador y divertido, Si lo densifica usted demasiado, si es erudito con exceso…»- a lo que añadía hablando con un amigo-: « es una pena que ninguno de sus amigos se atreva a disuadirlo del libro que piensa escribir. Tengo miedo de que se esté preparando con él grandes disgustos »; a pesar de estos consejos de su amigo ruso, Flaubert se mantuvo firme, erre que erre: « si trato este tema con brevedad, de una manera concisa y ligera, será una fantasía con más o menos esprit, pero sin alcance ni verosimilitud, mientras que, si la detallo y la desarrollo, parecerá que creo en mi historia, y pude ser algo serio e incluso pavoroso».

La denuncia que guiaba su obra trataba igualmente de enfrentar al lector con su propia manera de pensar poniéndole a prueba con respecto a los contenidos que leía que, en cierto sentido, le podían servir como una especie de test que midiese su conformidad o disconformidad con los valores dominantes. El espíritu grotesco y humorístico, humor muy serio por cierto, invadía la prosa y la intención era envolver al lector de tal modo que éste no supiese que si lo que leía iba en serio o era pura broma, e igualmente la pretensión era empujar al lector a un estado en el que avanzase hacia la locura o al menos rozase los bordes de ésta.

La elaboración costosa , e inacabada, de la obra iría acompañada de las copias que realizarían los dos imbéciles reconvertidos en copistas; se ha hablado, en este terreno, de la circularidad de la obra que hace que dos copistas en origen acaben volviendo tras su infructuosa exploración por distintos pagos del saber al punto de partida, del mismo modo que algunos han criticado la ocurrencia de Flaubert de mandar a dos idiotas a detectar la estupidez y a tratar de ponerle cierta solución. Con respecto a lo primero es preciso puntualizar que la conversión en copistas al final no retoma el estado inicial de copistas, sino que es otro nivel de copistas que tras haber atravesado la estupidez en diferentes lares, copian ya con diferente visión de las cosas, con un bagaje realmente ampliado. Cuestión que va ligada a la presunta imbecilidad de los dos caballeros, pues la estupidez de ellos pasa a ser reflejo de la estupidez ambiente, la de los otros, y en este sentido su imbecilidad reside más en su megalomanía a la hora de hallar los debidos apoyos ( véase la etimología de la palabra = persona incapaz de caminar sin el baculum, el bastón) . El propio autor admite sentirse contagiado por la estupidez ambiente y más en concreto por la de sus propios personajes: « ¡ Bouvard y Pécuchet me invaden hasta tal punto que me convertido en ellos! Su estupidez es la mía y me siento enfermar». Así pues, la posición del autor se mueve entre la asimilación y el rechazo, pues viviendo en sociedad no hay manera de escapar de manera absoluta del reino de la estupidez, más el paso que supone cierta defensa frente a esta inclusión reside en rechazar el canon impuesto, ser consciente del contagio y tratar de desmarcarse. La relación que mantienen ambos personajes, extensivo a su propio creador, es la de amor-odio , la misma relación que mantiene el escultor con la piedra contra la que pelea en su labor de transformación al tiempo que disfruta de su logro creativo. Se puede leer en Différence et répétition de Gilles Deleuze: « la estupidez ( no el error) constituye la impotencia más grande del pensamiento, pero también la fuente de su poder más alto en lo que le fuerza a pensar. Tal es la prodigiosa aventura de Bouvard y Pécuchet, o el juego del sentido o no-sentido[…] no hay por qué preguntar si Bouvard y Pécuchet son estúpidos o no. El proyecto de Flaubert es enciclopédico y “crítico”, no psicológico. El problema de la estupidez es planteado de manera filosófica, como problema trascendental de las relaciones de la estupidez y del pensamiento. En el mismo ser pensante desdoblado, o más bien repetido, se trata a la vez como facultad, y de la facultad de no soportar la estupidez ».

Opta Flaubert por recurrir a una pareja de seres complementarios que en sus coincidencias también tienen sus momentos de fuertes diferencias y discrepancias( lo que hace que al abaio se amplíe a las diferentes posturas que pululan y chocan en la sociedad), siguiendo el modelo de los Quijote y Sancho, Gargantua y Pantagruel, los volterianos Cándido y Martín, Lauren y Hardy , o el maestro y Jacques el fatalista diderotianos, y hasta de los dos personajes beckettianos , Vladimir y Estragón, que esperan a Godot.

No detallaré la exploración de esos dos personajes que coinciden en un parque parisino y que en seguida congenian al tener la misma profesión y los mismos intereses de marchar de la gran ciudad al campo para cambiar de vida llevando una vida más sana(I). Ya en el lugar elegido, Chavignolles en Normandía, les convencen para practicar la agricultura a la que seguirán la horticultura, la agronomía, la arboricultura, el paisajismo para finalizar dedicándose a la fabricación de conservas ( II). Luego llegan las ciencia: la química, la anatomía, la psicología, la medicina, la higiene , la astronomía, la biología y la geología (III). A continuación se convierten en arqueólogos, varían hacia el celtismo y la historia ( IV). Leen novelas históricas pero frustrados – como les había sucedido con todo lo anterior en una travesía de fracaso en fracaso – por la inexactitudes halladas, se pasan al teatro y a la escritura de obras de tal genero ( V ). La Historia les atrapa en la zona rural de Calvados, al ser proclamada la república en 1848, y ven algunos personajes que trepan en política y respiran ya los aires de la oleada reaccionaria (VI). Llegan a un punto hondo de aburrimiento y prueban con los amores, aunque al final acaban por agarrarse a la amistad ( VII). Pretenden mejorar su forma física, pasando a la práctica de la gimnasia, a la que siguen el magnetismo, la práctica de la medicina, el espiritismo, la magia, a filosofía que les arrastra al escepticismo y les empuja al borde del suicidio, lo que les lleva a agarrarse a una posible tabla de salvación religiosa ( VIII). Las lecturas piadosas y hasta alguna peregrinación con sus más y sus menos entre ellos dos ( IX), concluyen su periplo interesándose por la educación , tanto teórica como práctica…Ya viviendo el fracaso en toda regla en todos los terrenos, una nueva pasión les asalta: el copiar ( X).

Concluiré con estas atinadas palabras de Michel Foucault : « Bouvard y Pecuchet ligan la santidad a la estupidez bajo el modo de querer-hacer: ellos que se han soñado ricos, libres, rentistas, propietarios, y lo han conseguido, no son capaces de serlo pura y simplemente sin entrar en el ciclo de la infinita tarea: los libros que deben aproximarles a lo que ellos han de ser, les alejan de ello prescribiendo lo que ellos han de hacer – estupidez y virtud, santidad y estupidez de los que emprenden con celo la tarea de hacer lo que ya son, de transformar en actos las ideas que han recibido y que se esfuerzan silenciosamente, a lo largo de toda su existencia, por recuperar su naturaleza con un encarnizamiento ciego».

Adjunto un artículo – que es un refrito del artículo del primer enlace- , y tres enlaces: el primero es uno que dediqué en una aniversario al escritor; los otros dos tratan de la estupidez, idiocia…resultando así complementarios.

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La estupidez, instrucciones de uso

(Leyendo a Gustave Flaubert)

Recomendar la lectura de un clásico es algo que se puede hacer en cualquier momento. Puestos, no obstante a buscar coincidencias, guiados por cierta manía “aniversarista”, señalaré que se cumplen ahora –el 12 de diciembre- ciento noventa años del nacimiento, en Rouen, del genio de las letras, y ciento treinta de la publicación de su novela, incompleta, <<Buvard et Pécuchet.>> …publicación parcial, ya que cuando falleció , un año antes, todavía andaba volcado en su finalización.

Si el libro es recomendable en la medida en que es una de las obras más brillantes de un autor clásico lo que ya le concede el beneficio de resultarlo, en la presente ocasión la recomendación se ha de dar por partida doble, ya que a la razón ya aludida se ha de añadir la de su rabiosa actualidad, ya que si entonces imperaba la estupidez, no corren años deficitarios en lo que hace a ella, aunque quizá sea que no existe humanidad sin estupidez, y hasta quizá esta última sea condición sine qua non para la existencia de la sociedad humana. Parece a la vez una magnífica ocasión de descubrir o redescubrir esta obra que quedó en segunda fila tras el acaparador brillo de <<Madame Bovary>>, de << La tentación de san Antonio>>, de la <<Educación sentimental>> , o de la guerrera <<Salambó>>.

El reino de la estupidez

Arduo fue el trabajo que se tomó el autor de <<Madame Bovary>> para documentarse con el fin de escribir el libro del que hablo, y no porque se dieran pocas muestras de tales palabras y comportamientos estultos sino porque su afán de exhaustividad le condujo a trillar todos los campos del saber, las noticias de los periódicos y revistas y prestar oído atento a las declaraciones de celebridades de la época; tales pesquisas son las que le condujeron a elaborar unos textos complementarios que luego han sido publicados- por acá- con distintos títulos, me refiero al << Estupidario>> y al <<Diccionario de lugares comunes>> (también presentado bajo el nombre de << Diccionario de prejuicios>>, <<de ideas recibidas>>, <<de convencionalismos>>, <<de tópicos>>). Tales textos pretendía que se incluyeran, junto a otros, en su <<Buvard et Pécuchet>>; la megalomanía del autor le impulsaban a coronar con este libro su vida como escritor a la vez que convertirlo en una verdadera enciclopedia del estado de la necedad, del grado de asnería, los niveles que alcanzaba la sandez ..en aquellos tiempos movidos.

El centro de interés reside en una toma de pulso, establecido por los curiosos personajes que dan título a la obra, del estado del saber de aquellos años, del diletantismo, de quienes pretenden estar al loro, in, de todo lo que se sabe en un momento determinado de la historia. Es como quienes se nutren de los suplementos de los periódicos, y tras bañarse en una capita de barniz cultural, van por ahí campaneándose de sus conocimientos y de su sabiduría en lo que hace al dernier cri del saber. Esa especie de prêt-à-porter , más bien à penser, cultural es lucido por sus poseedores; si tal era así como pretende dejarnos ver el libro del que hablamos, qué decir de nuestros tiempos en los que los medios de comunicación imparten saberes en pequeñas dosis y en los que por medio de un par de tecleados uno puede estar al corriente, al menos para quedar a la debida altura, de los más intrincados problemas (¡wikipedia impera!).

Juega un papel esencial en todo esto el uso del lenguaje y el contenido y sentido semántico de las palabras que va siendo acomodado a los intereses dominantes de la sociedad, o de los sectores que imponen su pensar como el pensar común. Sin llegar a afirmar como lo hiciese Roland Barthes aquello de que el lenguaje es fascista (no hablo sino que soy hablado por el lenguaje), sí que es cierto que éste al menos se ha puesto al servicio del poder dictatorial como mostraron con agudeza Jean-Pierre Faye (<<Los lenguajes totalitarios>>) o Victor Klemperer (<<LT. El lenguaje del Tercer Reich>>), o todavía Adan Kovacsics, analizando las relaciones del lenguaje con la guerra, o a otros dominios posteriores, más tolerantes y aceptables, como dejasen ver los Domenico Losurdo, con respecto a los tiempos de globalización o Eric Hazan hurgando en la République del marido de Carla Bruni; en la senda de la diferencia establecida por Jacques Rancière entre police y politique, siendo lo primero lo compatible, lo decible, lo visible, etc… Obviamente nadie puede ser tan ingenuo a estas alturas de la peli como para confiar en la neutralidad y/o la inocencia del lenguaje, y los saberes, que juega sin lugar a dudas un papel esencial en lo que hace a discriminar o a asentar ciertas concepciones

No se han de olvidar dos fenómenos que conservan una apabullante actualidad, y que ya están presente en la novela de Flaubert: por un lado, y completando las afirmaciones anteriores, ha de tenerse en cuenta la verdad de lo que afirmase John Langshaw Austin acerca de los enunciados performativos, <<hacer cosas con palabras>>( How to Do Things with Words); por otro, se ha de tener en cuenta aquella pretensión de los sofistas de <<convertir en más fuerte el argumento más débil>>, como lo subrayaba con tino Jean-François Lyotard … derivando todo ello, mutatis mutandis , en la conformación de una domesticadora neolengua plasmada por George Orwell en su <<1984>>.

El tono desenfadado e insolente / indolente del escritor francés se deja ver en este libro que no deja títere con cabeza, y que para las mentes biempensantes es una irresponsable actitud de meterse con lo más sagrado, con aquello que supone el cemento social que cohesiona a la sociedad, que sin tales conectores podría caminar en tromba hacia la disolución del lazo social. El desenfado nihilista de Gustave Flaubert que tanto revuelo armó en su tiempo, sigue conservando un mordiente crítico a estas alturas de la historia; y su embestida contra la estupidez pretendía servir a sus conciudadanos para que se lo pensasen dos veces antes de utilizar algún término, dejando a los lectores en un estado de confusión y duda provocada por la premeditada ambigüedad que les llevaba a no ser capaces de discernir, en cantidad de ocasiones, si lo que el escritor ridiculizaba era serio o lo hacía en broma.

2014.kaosenlared.net/secciones/1443-flaubert-la-voluntad-de-saber

https://kaosenlared.net/maurizio-ferraris-explorando-lo-humano/

https://kaosenlared.net/elogio-de-la-idiocia/

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