Günter Grass, un incómodo testigo

Por  Helena Cosano

Dicen que hay que conocer la historia para no volver a repetir los mismos errores, que la historia nunca se repite de la misma manera, y que lo que ocurre en un lugar puede resultar incomprensible en otro. En todas partes, prácticamente desde siempre, los intelectuales han sido testigos de la historia e intérpretes morales de ésta. Sin embargo, el caso de Alemania es singular, y el escritor Günter Grass, Premio Nobel, cuya muerte ha conmocionado al mundo hace unos días, es un caso paradigmático de ello.

Ha fallecido en un hospital de Lübeck, a la edad de 87 años. Una de las grandes figuras de la literatura contemporánea y uno de los testigos más influyentes de la historia del siglo XX, autor de una obra imponente y brillante, lírica, intensa, ácida, implacable, con notas mágicas, picarescas, surrealistas, absurdas, grotescas, siempre lúcida, políticamente comprometida y profundamente crítica.

Aunque en España se le conoce sobre todo por sus novelas, en especial por su celebérrima El tambor de hojalata (1959), uno de los mayores éxitos de venta en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial, Günter Grass fue un artista versátil, y escribió también poesía, cuentos, relatos, obras de teatro y ensayos, y fue pintor, escultor, diseñador gráfico, dibujante o ilustrador, articulista, alternando y fusionando todos estos medios de expresión con su vocación política, sus polémicos juicios, su incómoda conciencia moral.

Sus orígenes ilustran gráficamente lo que era mosaico étnico y cultural de la Europa Central del siglo pasado: Günter Grass descendía de un padre protestante pomerano-alemán y de una madre católica casubo-polaca. Nació en la Ciudad Libre de Danzig, así llamada desde que el tratado de Versalles de 1919 la separara del Imperio Alemán y la convirtiera en un Estado independiente, que tuvo un papel crucial durante la Segunda Guerra Mundial y actualmente pertenece a Polonia. Ya desde su infancia, que inspiró gran parte de su obra, Grass se vio inmerso en la convulsa historia europea del siglo XX. Como él mismo decía, “escribía para no olvidar”, movido por el dolor de sus recuerdos.

Su obra es extensa y variada. Fue muy activo en el llamado “Grupo 47”. Ha sido galardonado con numerosos premios, incluidos el Premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras (1999). Entre sus novelas, destacó de inmediato la Trilogía de Danzig (compuesta por el El Tambor de Hojalata, El gato y el ratón y Años de perro), que le situó, a la edad de 31 años, entre los escritores más influyentes de su país. Otras son El rodaballo, La ratesa, Mi siglo o A paso de cangrejo, sin contar unos siete poemarios destacados y cinco obras de teatro, un libro de cuentos, ensayos, discursos, libretos de ballet, y sus memorias. Todas ellas contienen esa visión del intelectual políticamente comprometido con la sociedad de su tiempo y con la Historia, esencialmente crítico. Sus temas principales son la culpa y el olvido, referidos en particular a la Alemania del Nacionalsocialismo, el surgimiento de éste, la denuncia de sus crímenes. Durante décadas, Günter Grass se erigió en la conciencia moral del país; llegó a simbolizar el trabajo de asimilación y superación de la culpa que el pueblo alemán en su conjunto debía hacer tras descubrir los horrores de un régimen que en su mayoría, explícitamente o por su indiferencia, los alemanes apoyaron.

Precisamente, con la publicación de sus memorias Pelando la cebolla (2006) y la confesión de que el autor cuando tenía diecisiete años había pertenecido a las Waffen-SS, se desencadenó una extraña polémica, de enormes dimensiones en Alemania, aunque juzgada aquí en España como menos trascendente. ¿Cómo se había permitido juzgar Günter Grass a los demás, si él mismo había sido nazi? Se consideró insultante, cobarde, vergonzoso, hipócrita.

Como española, siempre me ha parecido a la vez sorprendente y admirable el “mea culpa” que entonan en general los alemanes cuando se menciona lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Me llamaba la atención la plena conciencia y aceptación de lo ocurrido, evitando incluso juzgar la actuación a menudo más que reprobable de los Aliados. Visitando ciudades como Dresden, en ruinas por los bombardeos, sentí tristeza, y una extraña incomprensión: los alemanes debían de odiar a los Aliados. Pero no, no parecía que fuera así. Aceptaban el castigo, no lo juzgaban, porque eran profundamente conscientes de su abismal culpa histórica. En España, esto es apenas concebible, puesto que aquí no se ha llevado acabo ese doloroso trabajo de asimilación: nuestra Transición fue incomparablemente más suave, la sociedad en su conjunto aceptó olvidar. Aquí se aceptó que un político o un intelectual que hubiera servido en el Régimen del General Franco pudiera de repente ser un demócrata convencido, había como un pacto implícito de no hurgar excesivamente en las heridas, de perdonar, al menos temporalmente, por el bien de un nuevo proyecto común. Pero no fue así en Alemania. La derrota fue dolorosísima, traumática, humillante hasta lo más profundo de la identidad alemana.

¿Cómo perdonar lo imperdonable? ¿Cómo integrar una culpa tan monstruosa? ¿Cuándo expiará Alemania su error? No lo hizo con la Reunificación; aún arrastra su culpa, a pesar de intentos cada vez más numerosos por sacudírsela. Es un proceso más lento, que se va dando naturalmente con la desaparición de la generación que vivió el horror, que fue testigo del horror y que, de forma activa o pasiva, colaboró con él. Günter Grass fue uno de estos testigos de la historia.

La noticia de su muerte ha conmocionado Alemania. Con la desaparición de este incómodo testigo termina también una etapa de la historia del país, la de la asimilación de su pasado. Tal vez, ahora, sea el momento de pasar página y de mirar hacia el futuro.

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