Guatemala. País de experimentos

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Solo algunos medios, entre ellos Prensa Libre, han dado espacio a un drama que ocurrió hace varias décadas en Guatemala, en donde se han realizado varios experimentos, sociales y biológicos, seguramente porque nuestra institucionalidad lo ha permitido, los gobernantes lo han aprobado y se han podido realizar sin ningún costo para quienes nos han visto como objetos de estudio.

La historia ha dejado documentada la vergüenza nacional de haber utilizado nuestro territorio para una frustrada invasión a Cuba, un país que supo defender su dignidad y que ahora está siendo desmitificado, después de años de ser vilipendiado por sus enemigos y desafectos. Hoy, otra Latinoamérica, distinta de la que le dio la espalda, con la honrosa salvedad de México, apoya la reanudación de relaciones con su vecino, ubicado a 30 millas, que lo atacó e intentó derrocar al régimen de manera sistemática. Eso también ha sido revelado.

Otro experimento inhumano fue la inoculación de unos cinco mil guatemaltecos (as) que se hizo en 1946, cuando el Buró Panamericano de la Salud, que luego se convirtió en la Organización Mundial de la Salud, esa entidad internacional que durante mucho tiempo mantuvo a la homosexualidad como una enfermedad, comenzó a experimentar en Guatemala.

Como en muchos de los dramas del mundo, médicos, esos profesionales llamados a salvar vidas, se convirtieron en verdugos de la humanidad. Los hubo en Alemania durante el genocidio y aquí durante el conflicto armado, encargados de reanimar a los torturados. John Charles Cutler, llamado el Doctor de la Muerte, llegó a Guatemala como responsable de los experimentos, según publica este medio.

El objetivo era básicamente mercantilista, a través del descubrimiento de medicamentos para el combate de enfermedades venéreas, para lo cual, sin ningún principio humanitario, ni escrúpulo alguno, seleccionaron a los marginados de nuestra sociedad para inocularles virus y contagiarlos de gonorrea, sífilis y chancros.

Como tenía conocimiento que aquí los soldados, los enfermos mentales, los privados de libertad, las trabajadoras del sexo y los niñitos huérfanos eran hasta despreciados por la sociedad, allí fincaron sus despreciables métodos, por supuesto sin su conocimiento, mucho menos su consentimiento. ¡En pleno siglo XX se atrevieron a cometer esas terribles violaciones a derechos humanos!

El colmo de su inhumanidad fue que no se dignaron aplicar los descubrimientos de los medicamentos a sus víctimas, los dejaron con todas las secuelas y sufrimientos que tuvieron que padecer en soledad y para siempre, heredando a su descendencia graves problemas de salud.

Tres entidades norteamericanas están ahora demandadas por haber participado en tan deleznables hechos criminales que afectaron a esos cinco mil guatemaltecos, entre ellas la Corporación Johns Hopkins Hospital System y dos más que contaron con fondos del gobierno norteamericano, que por lógica debería haber tenido conocimiento de esos aberrantes experimentos. Siempre que se otorgan fondos, hay una supervisión directa del uso de los mismos y una exigencia de rendición de cuentas y de los resultados. Este caso ameritaba esa vigilancia.

Un bufete venezolano “invirtió” en el proyecto de una demanda por más de US$1 mil millones para resarcir a unas 700 familiares de las víctimas.

El Estado guatemalteco debería interesarse por este deleznable caso que amerita no solo una disculpa, sino un resarcimiento. Todas las víctimas de violaciones a derechos humanos tienen derechos.

País de experimentos

 

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