Grecia: Escapar de un laberinto

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Escapar de un laberinto no es imposible, pero cuesta. Esto lo sabe, mejor que nadie, Grecia, el único país desarrollado del mundo que descendió a la categoría de emergente luego de que su índice bursátil local se derrumbara un 87 %, en el 2007, como castillo de naipes al viento.

La base de la crisis griega fue una gran deuda que el país simplemente no está en condiciones de pagar. Algunos dan una explicación muy simple: que durante muchos años la nación helena estuvo gastando más dinero del que producía y financiando ese gasto mediante préstamos.

No obstante, Grecia ya hacía eso antes de adoptar el euro. La llegada de la moneda común en el 2001 no modificó las cosas, como debía suceder, al menos en teoría.

El gasto público, por ejemplo, aumentó un 50 % entre 1999 y el 2007, mucho más que en otros países de la eurozona. Y sumado a problemas de corrupción y evasión fiscal, reconocidos por el propio Gobierno griego, esto terminó provocando un déficit muy superior al 3 % del PIB.

Por su parte, los préstamos no declarados a la UE también llevaron a que la deuda excediera el 60 % acordado como límite por los países del bloque comunitario.

Sin embargo, dichos problemas solo se volvieron urgentes cuando la crisis financiera global limitó el acceso griego al crédito, lo que motivó la intervención de los otros países de la Unión, temerosos del impacto de una cesación de pagos.

PARA NO QUEDARSE EN EL FONDO

El primer paquete de ayuda financiera a Grecia fue aprobado por la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) en mayo del 2010.

Entonces se pusieron a disposición del Gobierno griego 110 000 millones de euros para que liquidara sus compromisos con sus acreedores, en ese momento en su mayoría bancos privados del Viejo Continente.

Pero pronto se hizo evidente que ese monto no sería suficiente, por lo que fue necesario un segundo rescate, y hasta un tercero, elevando la cifra total a 322 568 millones de euros, según Expansión, Datosmacro.com.

En todos los casos, como condición para facilitar el dinero se identificaron una serie de medidas. Estas incluían drásticos recortes del gasto público, mayores impuestos y reformas al sistema de pensiones y el mercado laboral.

IMPACTO DE LAS MEDIDAS «ANTICRISIS»

Para saber si las medidas asociadas al rescate financiero han funcionado, primero hay que ponerse de acuerdo sobre el principal objetivo del mismo. Porque si lo que se buscaba era proteger el euro, entonces las mismas parecen funcionar.

No obstante, los economistas ganadores del premio Nobel, Paul Krugman y Joseph Stiglitz, consideran que las medidas han hecho poco por mejorar las perspectivas de Grecia.

De hecho, se estima que la economía griega se ha reducido en un 25 % desde el inicio de los programas de austeridad, lo que ha acentuado su dependencia a créditos externos. Eso sin atender al impacto de las medidas sobre el pueblo griego, el cual ha sido brutal: su tasa de desempleo es del 20 %, la más alta de la UE, y entre los jóvenes supera el 60 %. Igualmente, como era de esperarse, ya son millones los ciudadanos griegos que viven en la pobreza.

POR ESTOS DÍAS…

El escenario más temido al inicio de la crisis –un default, es decir, cuando un Gobierno adopta la decisión de no pagar su deuda externa– empezó a hacerse realidad cuando Grecia no hizo efectivos 1 500 millones de euros adeudados al FMI.

Entre el pueblo no existe la percepción de que la crisis esté llegando a su fin. La falta de trabajo sigue siendo un problema y unos 300 000 griegos han emigrado en busca de empleos desde que empezó la crisis.

El primer ministro griego, Alexis Tsipras, ha asegurado en repetidas ocasiones que su país está recuperándose (en el 2017 el PIB creció un 1,4 % y se estima que ascienda a 1,9 este año), aunque eso no significa que Grecia volverá a la época de la opulencia, el derroche, ni a esos tiempos en los que tenía la libertad para administrar sus propios asuntos económicos.

Pero al margen de este viacrucis de más de diez años, la crisis helena ilustra el fracaso de la aplicación de políticas neoliberales. Ni las propias estructuras que crean estos problemas son capaces de resolverlas, porque están diseñadas para servirse de ellas, lo cual incluye el sufrimiento de los pueblos involucrados en estos aprietos.

Por eso ni la Unión Europea, ni el Fondo Monetario Internacional, ni el Banco Central Europeo (BCE), ni la aplicación de nueve planes de austeridad extrema  con alza masiva de los impuestos, de los precios, reducción de los salarios (¡hasta un 32 % sobre el salario mínimo!) y de las pensiones de retiro, retraso de la edad legal de la jubilación, destrucción de los servicios públicos de primera necesidad como la educación y la salud, supresión de las ayudas sociales y privatizaciones de los sectores estratégicos de la economía nacional, podían arreglar el entuerto del que hoy dice salir Grecia, pero que llevará mayor vigilancia de esos tres organismos.

Habría bastado con que el Banco Central Europeo prestara directamente a Atenas las sumas necesarias, con la misma tasa de interés que aplica a los bancos privados, es decir, entre el 0 % y el 1 %, lo que hubiese impedido toda especulación sobre la deuda por parte del mundo financiero, pero no, le está prohibido por el Tratado de Lisboa, que pone a esta entidad de espaldas a los pueblos, como el griego. El BCE llegó a venderle a Grecia títulos de su propia deuda a precio de oro, es decir al 100 % de su valor, mientras que los adquirió a un 50 %, y especuló así sobre el drama de una nación a la que hundió y aún no sale a flote.

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