«Gomorra»

Después de El Padrino, ¿queda algo que contar sobre la mafia? Matteo Garrone, el director de Gomorra, prueba que sí. Que se puede olvidar el glamour de los Corleone y contar la vida de los que nunca serán jefes ni huéspedes del Vaticano o del Senado norteamericano. Poner el foco en los miserables del sur de Italia, sometidos al imperio de la Camorra. Donde miles trabajan para los negocios -legales e ilegales-del «Sistema», y dependen de éste para sobrevivir. Trabajan, trafican, matan y mueren a sus órdenes, sabiendo que cualquier indisciplina los condenará a muerte. Cuando el Estado irrumpe, lo hace en uniforme policial, para retirar, sin preguntas, los cadáveres.

Garrone cuenta la vida de los que se apretujan en departamentos minúsculos, húmedos y oscuros en los siniestros barrios dormitorio, todos iguales a sí mismos, no importa en qué suburbio estén. Edificios unidos por kilómetros de pasillos sin luz en los que una persona muere cada tres días. No hay trabajo fuera del «sistema». Ni comercios, ni escuelas, ni hospitales. Nada que permita pensar que existe algo más allá de esos pasillos.

Detrás de las mirillas, mujeres y viejos esperan la llegada del «contador» que paga mensualmente los servicios prestados alguna vez por el hombre de la casa -preso, muerto o envejecido-: nunca alcanza. La televisión se escucha sin volumen, porque siempre acecha el peligro y los barrios son territorio de guerras -guerritas- donde las bandas parecen actuar sin orden pero son todas manipuladas por una organización tan invisible como omnipresente.

En este mundo, el bien más valorado es un arma y lo que más se comercia son drogas ilegales. Sólo el barrio de Secondigliano -uno de los mayores mercados mundiales de droga al aire libre del planeta- le reporta a la Camorra medio millón de euros diarios. Lavados en el circuito financiero legal, le permitieron al Sistema, por ejemplo, ser uno de los financistas de la reconstrucción las Torres Gemelas.

Los niños son reclutados desde los 10 años a una membresía que no tiene retorno, aunque haya que matar al mejor amigo. Porque en el mundo de la Camorra no hay lugar para arrepentimientos. Tampoco para la libre concurrencia. En la película, uno de los pocos actos de rebeldía lo encarnan dos personajes, dos jóvenes linderos con la idiotez, pero entrañables, que no quieren someterse a las bandas territoriales sino delinquir por su cuenta. Serán aniquilados sin piedad.

El otro desobediente es un eximio oficial costurero que, a escondidas, comienza a enseñar el oficio en los talleres de la mafia china. En Tersigno trabajan miles de esclavos italianos en los talleres textiles de la Camorra. Por 500 euros al mes, producen vestidos para las marcas de lujo italianas que cuestan 20 veces su sueldo. Los chinos quieren morder en el negocio y han traído sus máquinas, más modernas, y sus propios esclavos. Necesitan quién los capacite. Engañar al patrón puede ser mortal, pero el costurero no tiene ni una cama para su hija, y se atreve. Un atentado termina con los chinos. El sastre, trizado de cicatrices, maneja ahora un camión. Llora, cuando en la tele reconoce sus vestidos, lucidos en un festival de cine.&nbsp

Ni los humanos ni la naturaleza tienen escapatoria. Un personaje admira unos duraznos magníficos. Un minuto después, su patrón le ordena tirarlos. Están envenenados. Hace tres décadas que la Camorra traslada desde el rico Norte italiano los residuos tóxicos industriales. Los entierra en las zonas de Casertano y la Campania: han logrado envenenar los duraznos, también que el 20% de la población tenga cáncer.&nbsp «Ofrecieron un servicio criminal que relanzó la economía y la hizo competitiva», escribe Roberto Saviano, autor del best seller en el que se basa la película. Después de publicarlo, Saviano, un periodista que creció en las ciudades dormitorio napolitanas, tuvo que exiliarse y vive amenazado.&nbsp

El gran ausente en la película es el socio mayor de los mafiosos. El que permite el trabajo esclavo, el tráfico de inmigrantes, de drogas, de desechos tóxicos, de armas. Nada de lo que ocurre podría ocurrir sin la asociación con el poder político. Pero es una conclusión a la que el espectador deberá arribar solo. Tal vez el director haya pensado que ya tenía suficientes enemigos. La cara ilegal del capitalismo reproduce y amplía la inmensa crueldad de la explotación legal. Señalada la omisión, la mayor virtud de Gomorra es destruir cualquier romantización del mundo de la mafia, cualquier mito de «protección» o cuidado de sus «empleados». No es poco.

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