Gobiernos sordos y pueblos afónicos

Si el XX fue un siglo donde la guadaña paseó sus banderas por todo el mundo y llenó fosas comunes en todas partes, sin apenas país que no las conociera, el XXI lleva el mismo camino. No sólo porque los Estados siguen manteniendo y atizando guerras que llegan hasta el medio centenar en todo el mundo, y que podrían ser llamadas “guerras oficiales”, sino porque existen otras no declaradas pero con los mismos objetivos. O sea: exterminar, enmudecer, engañar, manipular, empobrecer, someter y finalmente dominar. Estos ilegítimos ingredientes utilizados total o parcialmente por los gobiernos imperialistas o por los gobiernos locales de todo el mundo tienen tres dolorosas y constantes muestras en Tíbet, Palestina o Sahara Occidental.

Da la impresión de que los gobernantes falsamente comunistas chinos, los judíos falsamente democráticos de Israel y los realfascistas de la autotitulada “monarquía divina” –menudo atrevimiento- de Marruecos, han asistido juntos y revueltos a las mismas clases de la CIA. El bloqueo comercial contra el pueblo cubano, la persecución a Suu Kyi en Myanmar, el encarcelamiento del Nobel de la Paz en China y el acoso a su familia o la persecución a independentistas tibetanos, lo mismo que la persecución y linchamiento de periodistas en Rusia, la incesante hostilidad y exterminio del pueblo palestino, el genocidio que se lleva a cabo contra el pueblo saharaui, por citar ejemplos, ¿qué otras cosas tienen en común a más de doblegar voluntades, controlar mentes, dominar territorios, potenciar poderes y aprovechar recursos ajenos sin que nadie les interfiera? Y el lema común de todos estos poderes satánicos es el mismo en todas partes: Separa, ata, domina. Obsérvenlo.

Si el siglo XX fue un siglo donde los pueblos del mundo defendían principios que les empujaban a salir a las calles a defenderlos y obligaban a los gobiernos a escucharlos y adoptar medidas favorables a los pueblos y a sus organizaciones, en el presente siglo nada de esto parece preocupar a los gobernantes mundiales. Los principios se han ido diluyendo, vaciando de fuerza convincente, desengañando sus puestas en práctica y dividiendo a sus defensores en grupos cada uno con vocación de ser el que prevalezca. Y entre tanto, las organizaciones sindicales propias de los trabajadores carecen de la fuerza de antaño por diversas razones de todos conocidas. Nunca como hoy fue tan evidente que estas democracias son de papel y que una papeleta en una urna no es otra cosa que una abdicación del poder personal hasta las próximas elecciones.
Vivimos unas circunstancias sociales y económicas a nivel mundial peores que hace un siglo. En lugar del progreso y bienestar que se nos aseguraba de aquí a la eternidad, sólo tenemos estancamiento, recesión y desmoronamiento del llamado Estado del Bienestar en la tercera parte del mundo que lo disfrutamos. Qué decir del creciente número de parados y situaciones familiares y personales límites que llevan al suicidio a miles de personas al año y que en España constituye la primera causa de muerte violenta por encima de los accidentes de tráfico. Y esto en el primer mundo.
Qué decir de los segundos, terceros y más mundos sino hambre, enfermedades, guerras, abandono, desgobiernos, injusticias sangrantes, expulsiones de comunidades indígenas, envenenamiento medioambiental, crímenes sin investigar, machismo asesino impune, esclavitud laboral desde la niñez, cárceles secretas, desapariciones forzadas, torturas inimaginables, tráfico de órganos, tráfico de inmigrantes, exterminio de bosques, control del agua y los recursos naturales por grandes corporaciones, extracción de recursos naturales hasta el límite… ¿Qué decir de todo lo dicho sino que si el Infierno existiera estas serían algunas de sus salas desde el primer al último de los “mundos” de este mundo?
Pero los pueblos no callan. Se manifiestan, gritan, exhiben pancartas en Grecia, en Francia, en España, en Italia, en Alemania, en Portugal, en Inglaterra, en las reuniones de los “hombres G”, en Myanmar. Pancartas y gritos contra sus derechos pisoteados, sus trabajos perdidos, su pobreza progresiva, sus desahucios diarios, su falta de libertades reales y el abandono y desfachatez de sus supuestos representantes, de estos gobernantes que crean problemas nuevos en lugar de solucionar los que se tienen. Son casi uno mismo los gritos a lo largo y ancho del planeta: en América, en Asia, en Europa, en África. Gritan de dolor, de desesperación, de hambre, de desamparo social. Están afónicos los pueblos de tanto gritar contra las injusticias, pero frente a los edificios de los gobiernos sólo encuentran dos cosas: un muro de policías y tras ellos, muy bien protegidos, un muro de sordos.
¿Quiénes se ocultan tras ambos muros y los mantienen en pie para autoprotegerse? ¿Quinientas familias en todo el mundo? Qué ridículo número para tan gran calamidad.
Y ¿quiénes les alimentan, veneran, aplauden, agasajan, imitan a lo pobre? Espero que no estemos entre ellos, lector amigo.


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