Globalización y soberanía. Hacia políticas radicales

Zizek, Varoufakis y la izquierda paneuropea.

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Por Dío Espí

“¿Le conviene a mi país formar parte de la Unión Europea? ¿Compensa perder parte de soberanía para esto?”. Con el Brexit a la vuelta de la esquina, éstas son cuestiones que cada vez más ciudadanos europeos críticos, sean de izquierdas o de derechas, se plantean. La pregunta también es extrapolable más allá del viejo continente: ante la imparable globalización neoliberal, ¿puede el regreso del estado-nación como sujeto político preponderante –en declive a causa del globalismo trasnacional– aportar soluciones, o más bien agravará la situación? La cuestión es muy compleja, por lo que suscita opiniones muy distintas. Aquí analizaremos algunas de estas cuestiones desde una postura crítica tomando el caso de los PIGS[1] (acrónimo con el que en los países anglosajones se denomina peyorativamente al conjunto formado por Portugal, Italia, Grecia y España). Entonces, como países de la Europa del sur, ¿beneficia socioeconómicamente formar parte de la UE? O dicho de otro modo, ¿a quién beneficia la integración de los PIGS en la UE? En el caso español, en aras de recuperar soberanía perdida, ¿es viable plantear un spexit[2]? En definitiva, vuelve a brotar la gran pregunta leninista: ¿qué hacer?

Brecha norte-sur

 Es una realidad que dentro del territorio de la UE, infraestructuralmente, existen desigualdades económicas ligadas al territorio –más allá de la responsabilidad de la propia gestión gubernamental de los gobiernos de los Estados-. Dicha disparidad es muy patente entre los países del norte y del sur de Europa, y, a pesar de que ya existía previamente, la crisis financiera de 2008 terminó por agravarla. Los indicadores económicos así lo atestiguan. Por poner algunos ejemplos: entre 2008 y 2013 (años más difíciles de la crisis), en términos de PIB, economías como la alemana y luxemburguesa crecieron un 4,2% y 5% respectivamente; paralelamente, el PIB de España descendió un 7,9% y el de Italia un 8,7%. El crecimiento de la renta per cápita es también revelador: de 2003 a 2017 los países de Europa del Este (Rumania, Letonia, Bulgaria) han avanzado en el proceso de convergencia con las economías más ricas de la UE desarrollando un crecimiento anual de la renta per cápita de más del 4%. Paralelamente, países como Portugal o España no aumentan más de un 0,65%, llegando incluso al saldo negativo en los casos de Grecia e Italia (-0,74% y -0,24% respectivamente). El empleo es otro factor elemental a la hora de entender esta división. Mientras que en los países del sur la media de paro alcanza el 17%, en los países del Norte se sitúa en el 7%. En el paro juvenil la fractura se agudiza: el porcentaje de jóvenes de entre 15 y 29 años que ni estudia ni trabaja se duplica en el sur (un 22% frente a un 11%)[3].

Éstos son solo algunos de los muchos datos que corroboran que la fractura norte-sur es una realidad objetiva y científicamente constatable, y no una conspiración ruso-masónica para tratar de generar tensiones internas en la UE. Para no excedernos en extensión, no se añadirán más datos comparativos, pero (para los más escépticos) éstos están a la vista de todos en revistas de economía, repositorios como Eurostat.com, e incluso en medios de comunicación de gran difusión.

¿Euroescepticismo? Sí/No, gracias

 Durante la lucha antinuclear de los años 70, en España se popularizó el eslogan “¿Nucleares? No gracias” como consigna principal de las manifestaciones. Aquel lema se enmarcaba dentro de un logo circular en el que aparecía un sol sonriendo amistosamente. Hoy podríamos repensar ese logo adaptándolo a nuestra situación geopolítica en Europa. Por ejemplo, en el caso de los PIGS, en tanto que “perdedores” de la UE, y con la apatía acumulada que ello genera, una reacción natural sería imaginar el logo representado por el símbolo del Euro (€) acompañado por el lema “¿Euroescepticismo? Sí, gracias” –o incluso, directamente, “¿UE? No, gracias”–.

Sin embargo, esta no es ninguna solución Real[4]. Es totalmente comprensible –y lícito- que el euroescepticismo aumente en países UE cuyas condiciones no solo es que no hayan mejorado en comparación con otros, es que han empeorado sustancialmente, debido en gran parte a los paquetazos de austeridad impuestos por Bruselas -los cuales se han traducido materialmente en recortes, precariedad y pobreza para las mayorías sociales-. Entonces, ¿se le antoja a España la salida de la UE como solución? Difícilmente. De aquí precisamente el juego de palabras del título del capítulo. En un símil de la negación de la negación hegeliana, podemos sostener que <<porque somos europeístas, somos euroescépticos>>. Euroescépticos porque como europeístas hay que dudar sin contemplaciones (paradójica expresión) del modelo vigente de la Unión Europea. Un proyecto europeo como el que actualmente configura la UE no se adecúa a una idea europea, entendiendo la idea europea como hija y heredera de la Ilustración, del Siglo de las Luces y del progreso. Ulrich Beck lo sintetizó así:

“¿Qué ocurriría si la UE cursara una petición de ingreso en la UE? La respuesta es clara: sería rechazada. En efecto, la propia UE no cumple las exigencias de democracia  que impone para conseguir el ingreso.”[5]

Podríamos dedicarle un libro entero a analizar por qué la UE no accedería a una hipotética UE europeísta. Hay razones políticas, sociales y éticas que lo justificarían; en este texto nos centraremos en las razones económicas y estratégicas, ambas estrechamente ligadas.

Varoufakis cogió su fusil

 Si se habla de izquierda, de Europa y de soberanía, es ineludible tratar el caso de Grecia. Recordemos brevemente: Año 2015. La Coalición de la Izquierda Radical (SYRIZA), con Alexis Tsipras a la cabeza y Yanis Varoufakis como ministro de finanzas, gobierna el país prácticamente con la mayoría absoluta. La principal misión de Varoufakis consistirá en llegar a un acuerdo con la Troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo y la Comisión Europea) para reestructurar la deuda griega y cambiar el encaje económico de su país en la UE. Tras cinco meses de tensas negociaciones la Troika no cedió, y planteó una última oferta a Grecia a modo de ultimátum: o Grecia aceptaba las condiciones ofrecias por la UE o Grecia sería expulsada del euro. El gobierno de Syriza estaba entre la espada y la pared: por un lado tenía el compromiso democrático para con su pueblo, y, por otro, la presión de la Troika y el establishment europeo amenazando con expulsar al país de la eurozona. SYRIZA decidió someter a referéndum la decisión sobre qué hacer: NAI u OXI. Sí o no. Aceptamos sus condiciones o no. La participación fue del 62,5%, y el OXI (no en griego) ganó con el 61,31% de los votos. El pueblo griego se negaba a aceptar las condiciones que le ofrecía la UE. Debían negociarse otras. En este punto, en aras facilitar las negociaciones, Varoufakis dimitió como ministro de finanzas. Su presencia incomodaba mucho al establishment europeo[6]. Sin embargo, en lugar de facilitar las negociaciones, este gesto altruista facilitó la claudicación de Tsipras. Una semana después, tras la victoria del OXI, ya sin el combativo Varoufakis al frente, Tsipras aceptó las condiciones de la UE. Esto produjo división de opiniones en la sociedad griega: traidor para unos; pragmático para otros. Pero lo interesante para nuestro ejercicio no es la percepción que el pueblo griego tenga de Tsipras, interesa comprender el hecho que supuso el desafío griego. En palabras de Slavoj Žižek:

“Lo que demostró claramente el <<no>> griego en el referéndum y el acuerdo posterior es que en la Unión Europea no hay ninguna fantasía de cooperación democrática y solidaridad: cualquier análisis serio quedó bloqueado, Grecia fue sometida a un chantaje brutal hasta que cedió, y fue un acto heroico por su parte reconocerlo en público. Lo realmente catastrófico de la crisis de Grecia es que en el momento en que las únicas opciones eran el Grexit o la capitulación ante Bruselas, la batalla ya estaba perdida.”[7]

¿Qué habría ocurrido si Tsipras no hubiese aceptado las condiciones de la UE, y –aunque no era algo que el gobierno griego plantease– Grecia hubiera salido del euro? No lo sabemos con certeza. Paul Krugman, premio Nobel de economía en 2008, lo explicaba así:

“todos los sabios que dicen que el Grexit es imposible, que conduciría a una completa implosión, no saben de qué hablan. Cuando digo tal cosa, no me refiero a que estén equivocados. Creo que lo están, pero en este caso cualquiera que esté seguro de sí mismo en cualquier aspecto, se engaña. Lo que quiero decir es que nadie tiene ninguna experiencia con lo que estamos observando.”[8]

Lo que plantea Krugman es sencillo: no podemos conjeturar con certeza escenarios de los cuales no tenemos precedente. Sin embargo, a pesar de Krugman pueda estar en lo cierto en muchos aspectos, sí que hay indicios de experiencias pasadas similares que sugieren que, de que de haberse producido el ‘Grexit’, las consecuencias sociales y económicas a corto plazo habrían sido fatales: reducción drástica del PIB, caída de los mercados financieros, depreciación de la dracma con la correspondiente pérdida de poder adquisitivo etc…

En el momento en que se desarrolló, el ‘desafío’ de Grecia a la Troika constituyó un acto de dignidad y soberanía sin precedentes. En su carta de dimisión, Varoufakis señalaba que el referéndum “permanecerá como un momento único en el que una pequeña nación europea se levantó contra la servidumbre por las deudas.” [9] No obstante, si bien el hecho como tal dio motivos para el optimismo y la esperanza, el resultado del mismo genera todo lo contrario. Citando nuevamente a Žižek:

“el auténtico coraje no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar el hecho de que no existe ninguna alternativa clara: el sueño de una alternativa no es más que un fetiche que nos impide analizar debidamente el punto muerto en el que nos encontramos.”[10]

Una vez despojados del fetiche teleológico del cambio a gran escala, que en cierto modo nos lastra, es necesaria una buena dosis de imaginación y brillantez política para superar dicho punto muerto. Ser leninistas en su pura expresión, esto es, ser capaces de, en nuestras condiciones actuales, construir una alternativa Real posible. Crear, y dejar de resistir, despojándonos de ese gusto por la retórica de la resistencia y del costumbrismo a romantizar la derrota (terrenos a menudo frecuentados por sectores izquierdistas).

En defensa del populismo (lean siempre a Carlos Fernández Liria)

“Populismo es el término de las élites cuando no entienden lo que está pasando, todo lo que no entienden y escapa de sus esquemas es populista.” Así respondió Rafael Correa a Jordi Évole cuando éste preguntó al expresidente ecuatoriano sobre las acusaciones de populistas vertidas contra él y su gobierno. Este gobierno de “populistas”, entre 2007 y 2015, redujo la pobreza del 36,7% al 23,3%, sacando a más de un millón de ecuatorianos de esta situación. La desigualdad se redujo 6 puntos en el índice Gini, 4 puntos más que en la media de Latinoamérica, y la diferencia promedio entre el 10% más rico y el 10% más pobre se redujo 17 veces (42-25)[11]. Las mejoras en educación, sanidad, empleo y vivienda también están a la vista de todos.

¿Por qué se menciona esto? La razón no se otra sino que señalar que debemos volver a dudar férreamente cuando desde los medios de comunicación y la ideología dominante se le acusa a alguien de populista. La RAE define populismo como la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Sin ser una definición incorrecta, su interpretación “a la ligera” puede llevar a derroteros tremendamente erróneos. Hay partidos políticos que pretenden atraer a las clases populares porque precisamente aspiran a defender sus intereses, sus intereses de clase. Es su naturaleza orgánica. Habitualmente son partidos dirigidos por personas provenientes de las propias clases trabajadoras cuyo hacer se guía por ideas y convicciones. Y sí, aún existen de esas personas. Agrupar bajo el mismo concepto a la izquierda transformadora y al populismo discursivo de derechas, más que un error, es pura ideología dominante, pura ideología neoliberal.

Volviendo a la incógnita inicial, qué hacer es la gran pregunta que debe plantearse la izquierda europea ante el actual escenario de globalización. Estratégicamente es fundamental plantear soluciones en este área de la política, sin embargo, este área, el de la política <<internacional>>, el de proponer alternativas al globalismo neoliberal, parece ser una parcela alquilada exclusivamente por la derecha –la cual se ayuda de una estrategia populista, o nacionalpopulista, para atraer al mayor número posible de gente–. ¿Qué soluciones plantea el nacionalpopulismo? Si se habla de soluciones emancipadoras o radicales, ninguna. Reforzar las fronteras y defender la idiosincrasia nacional frente a la inmigración masiva o el multiculturalismo suele ser el denominador común en los nacionalpopulismos, y es precisamente por eso por lo que carecen de cualquier radicalidad o carácter emancipador. Cierto es también que los inmigrantes no son el único Otro lacaniano contra el que los populistas de derechas articulan su ira discursiva. En algunos populistas más que en otros, las élites y el establishment, presentados como algo opaco y antidemocrático (lo cual es completamente cierto), también se emplean como dianas retóricas. Sin embargo, en el caso europeo, a pesar de que los nacionalpopulistas vuelquen parte de su ira discursiva contra los burócratas de Bruselas, ésta no deja ser algo espurio y/o poco relevante. En lo programático no plantean la salida de su país de la UE, su disolución o su reestructuración; por el contrario, suelen reclamar reformas parciales mediante las cuales su país adquiera más peso en la UE o mejoras en las condiciones de pertenencia. Marine Le Pen del Frente Popular (ahora rebautizado como Agrupación Nacional) o Matteo Salvini de la Liga Norte son el ejemplo paradigmático de ello: el problema ya no es tanto la UE, sino cómo se configura, su falta de transparencia, su opacidad, su secretismo, etc… De este cóctel surgen los monstruos gramscianos: ni llega una solución Real, ni lo viejo termina de morir. A este respecto es muy interesante el siguiente párrafo de Nacionalpopulismo. Por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia de Roger Eatwell y Matthew Goodwin:

“En medio de una hegemonía liberal occidental que hace hincapié en los derechos individuales por encima de las obligaciones comunes y la solidaridad, que está conforme con un creciente cambio étnico y que apoya la globalización económica y política, quienes votan a los nacionalpopulistas quieren empujar el carro en la dirección opuesta. No son votantes transaccionales que sopesan los costes y los beneficios de las políticas como si fueran contables y se fijan en el detalle de la política para ver quién ofrece qué, cómo y cuándo. Más bien se guían por un anhelo más profundo de incorporar de nuevo al programa un conjunto de valores más generales y recobrar su opinión: reafirmar la primacía del país por encima de las identidades transnacionales desarraigadas y difusas; reafirmar la importancia de la estabilidad y la conformidad por encima de la inestabilidad sin fin y negativa derivada de la globalización y del rápido cambio étnico, y reafirmar la voluntad del pueblo por encima de la de los demócratas liberales elitistas, que se alejan cada vez más de las experiencias vitales y las perspectivas del ciudadano medio.”[12]

De este texto se perciben valores que perfectamente podrían asociarse a la izquierda. ¿Desde cuando la búsqueda de estabilidad o “reafirmar la voluntad del pueblo por encima de los demócratas liberales elitistas” fue algo (exclusivamente) de derechas? Es en este punto donde sin duda la izquierda debe recordar la vieja frase de Walter Benjamin para evitar repetir errores: “cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida.” Hay un potencial pre-revolucionario, porque hay rabia e indignación, es tarea de la izquierda canalizarlo y no dejar que el nacionalpopulismo –traducible en fascismo, dadas su raíces autoritarias y protorracistas– acapare ese enfado en forma de rédito electoral.

¿Son viables un spexit, un italexit, un grexit o un portexit? En estas condiciones, y tomados de forma aislada, no. ¿Posibles de otra manera? Quizá, pero leamos a Varoufakis (2016) sintetizando lo que suponía el voto del al Brexit (para después extrapolar dicha lógica economista a nuestro país):

“votar a favor de la salida no te colocará “fuera”. Más que escapar de la UE, el Brexit te mantendrá atado a una Europa más desagradable, triste y crecientemente peligrosa para sí misma, para ti y para el resto del mundo”.[13]

El capitalismo global acumula semejante inercia acumulativa que uno ya es incapaz de bajarse de su nave y lograr salir indemne. Citando una vez más a Žižek:

“nuestra única esperanza es actuar de forma transnacional, sólo así tendremos una oportunidad de contener al capitalismo global. El estado-nación no es el instrumento correcto para afrontar la crisis de los refugiados, el calentamiento global y otros temas realmente acuciantes. Así que, en vez de oponernos a los ‘eurócratas’ en nombre de los intereses nacionales, intentemos formar una izquierda paneuropea. Y es por este margen de esperanza por lo que estoy tentado a decir: vota contra el Brexit, pero hazlo como un devoto cristiano, que consuela al pecador pero lo maldice secretamente. No compitáis con los populistas de derechas, no les permitáis definir los términos de la lucha. El socialismo nacionalista no es la manera correcta de luchar contra el nacionalsocialismo.”[14]

Apoyando la tesis de Žižek concluiremos este ejercicio. En un último juego de palabras, es fundamental defender una especie de Eurexit conjunto, y, una vez desintegrado este modelo de UE (que, como sostenía Ulrick Beck, no cumple con los requisitos europeístas exigibles) construir una <<verdadera>> Unión Europea, subrayando la idea de unión y resaltando el adjetivo “europea”.

Obviamente, la UE no se desintegrará de manera súbita. La estrategia pasará por cambiarla gradualmente desde dentro. Un gobierno aquí, otro allá, y cada vez más gobiernos europeos aquí y allá que se planten y exijan la refundación infraestructural la UE. Se trata de actuar internacionalistamente para conseguir una UE verdaderamente democrática, de abajo a arriba. Una UE en la que las desigualdades territoriales como las que se dan hoy no tengan cabida. Sin opacidades antidemocráticas. Solidaria. Que respete la soberanía de los pueblos que la integren. En definitiva, que no deje atrás a nadie y esté a la altura del legado europeo que por herencia ha de representar.


Referencias

[1] pigs significa ‘cerdos’ en inglés

[2] Anglicismo derivado del juego de palabras entre ‘Spain’ y ‘exit’ (España y salida), emulando a Brexit.

[3] Fuente: Eurostat.

[4] Real en mayúsculas hace referencia al concepto psicoanalítico desarrollado por Jacques Lacan

[5] Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, Paidós Ibérica, Barcelona, 2000, p. 186.

[6] Véase la relación que sostuvo con Wolfgang Schäuble, ministro de finanzas alemán.

[7] Slavoj Žižek, El coraje de la desesperanza, Editorial Anagrama, Barcelona, p. 93.

[8] Krugman, P. (2015). Disaster in Europe. https://krugman.blogs.nytimes.com/2015/07/12/disaster-in-europe/

[9] Yanis Varoufakis, Minister No More! https://www.yanisvaroufakis.eu/2015/07/06/minister-no-more/

[10] Slavoj Žižek, El coraje de la desesperanza, Editorial Anagrama, Barcelona

[11] “¿Cuánto ha cambiado Ecuador con la revolución ciudadana?”. https://www.telesurtv.net/news/Cuanto-ha-cambiado-Ecuador-con-la-Revolucion-Ciudadana–20150115-0097.html (consultado el 15 de octubre de 2019).

[12] Eatwell, R. y Goodwin, M., Nacionalpopulismo. Por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia, Península, Barcelona, 2019, p. 35.

[13] “Querida Gran Bretaña”, las cartas de Zizek y Varoufakis en la línea de DiEM25: https://diem25.org/querida-gran-bretana-las-cartas-de-zizek-y-varoufakis-en-la-linea-de-diem25/

[14] “Querida Gran Bretaña”, las cartas de Zizek y Varoufakis en la línea de DiEM25: https://diem25.org/querida-gran-bretana-las-cartas-de-zizek-y-varoufakis-en-la-linea-de-diem25/

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