Giocondo italiano

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Por José Luis Merino

El actor italiano Ugo Tognazzi (1922-1990) vino a Bilbao, invitado a un simposio sobre gastronomía. Un miembro de la organización llevó al galán hasta la librería donde yo trabajaba. Mantuve con él un lúdico cruce de palabras. Estos son parte del ovillo parlante: “Para mí el único refugio para salir de un fracaso amoroso es meterme en la cocina, y cocinar”. “Vivo con mi familia en el campo”. Poseía 120 cabras, cultivaba legumbres y hasta fabricaba su propio vino. Hacía la comida según las estaciones.

La conversación derivó hacia el cine. Del mundo de los cómicos, prefería a Chaplin, si se mira su obra completa; aunque como cómico creía que el mejor era Buster Keaton. Sobre sus compatriotas Totó, Aldo Fabrizzi y Vittorio de Sica, los veía como tres tipos completamente distintos. “Totó, como mimo, es insuperable, como máscara es diferente a todos. Fabrizzi, físico aparte, está más cerca de mí (yo de él); es un actor que podía hacer películas cómicas y dramáticas; y él es también un gastrónomo. Sobre de Sica, lo considero un gran director y un buen actor”.

Le pedí que se juzgara a sí mismo: “El público de Italia más que como actor me ve como uno de ellos. Es un proceso de identificación. Para mí es más difícil ser natural en la vida que en el cine. En el cine no actúo, y en la vida en cualquier instante y situación estoy actuando”.

Al despedirnos, el actor se puso unas gafas oscuras. Con ellas ocultaba su irónica-sugerente-ausente-misteriosa mirada de Gioconda masculino, al tiempo de hacerse invisible para los demás.

Lo atisbado en los ojos de Tognazzi explica por qué la mirada de la Gioconda es la madre de todas las miradas.

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