Bajo la denominación de “Armas Eusko Label para la Guerra” se celebran jornadas y actos en Gasteiz, para denunciar a quienes, con la complicidad de la administración vasca, se están lucrando con el negocio de las guerras mediante la fabricación de armas y su venta a países ricos genocidas y dictatoriales como Israel o Arabia Saudi. Las consecuencias últimas de su fabricación son cuerpos desmembrados, criaturas mutiladas y muertos desparramados que no se muestran por la Euskal Telebista como víctimas de las armas producidas aquí. Tampoco se realizan reportajes de investigación para constatar la evidente relación que tiene la fabricación y venta de armas aquí, con la violación de los derechos humanos allí. Al contrario, se oculta la identidad de los mercaderes de la muerte, se les financia con nuestros impuestos, y se les condecora. De otra parte, las víctimas de los asesinatos, de los genocidios masivos que provoca el complejo militar-industrial vasco, no son homenajeadas, ni siquiera son identificadas y, mucho menos, reconocidas. Son vidas sin valor, despreciadas, inexistentes. Son muertos enterrados en fosas comunes, desplazados deambulando desorientados y muchos de ellos ahogados en el océano.

Una de las consignas de las luchas antimilitaristas que desde finales de los 70 coreábamos era: “las guerras las organizan los ricos y las pierden los pobres”. Y organizarlas, no nos olvidemos, es también provocarlas, crear condiciones materiales de miseria y alimentar los conflictos para crisparlas o justificarlas, con el fin de apropiarse de recursos materiales y fuentes de energía, para impulsar la carrera de armamentos como supuesta necesidad en aras de “la paz mundial”. El objetivo es convertir la historia de la humanidad, en la historia de la guerra contra todo aquello que cuestione los valores supremos del capitalismo, es decir, el sometimiento de toda relación social a la lógica de la acumulación, a la sacralización y defensa a ultranza de la propiedad privada. Para instaurar el mercantilismo de la guerra y las políticas del terror, convirtieron las ideas anticapitalistas y la insurrección armada, en la representación del diablo, cuando no, en símbolos de rebeldía comercializables, para consagrar el atroz imperialismo, desarmar a los pueblos y lucrarse con la industria militar que sin duda mueve la economía mundial y gobierna nuestras cabezas.