Gaspar Llamazares sube a los altares en la plaza de toros de las Ventas

Enamorado de la tauromaquia, ayer, Gaspar Llamazares (Gasparzuelo de la escabechina) rondó lo sublime de la fiesta nacional. Una, dos y hasta seis veces, tantas como los farrucos astados de lidia, enamorados de la luna pero de indiscutible casta, se fueron muriendo por la enfermedad natural del estoque de un diestro de izquierda, unida, para más inri. Mató de lo lindo, sin despeinarse y sin despeinar a las reses, con “profunda raigambre cultural”. Merecida ovación y puerta grande abierta de par en par.


En riguroso secreto, en una corrida invernal con tendidos navideños sedientos de sangre (con abundancia de parlamentarios cabales que detestan las ideas esperpénticas de la ministra Narbona), en el coso de las Ventas, Madrid capital; quiso el Gaspar médico caminar por la gloria y evidenciar que el juramento hipocrático sólo es válido para personitas llamadas humanas. Así lo hizo, amén,con los toros de digno trapío que le concedió la fortuna, nobles, armados, con querencia por la acometida y ganas de hacer pupa. A todos ellos, animales, los doctoró en la alta escuela del toreo: naturales, molinetes, pases de pecho, serpentinas, estatuarios, revoleras y pases del desprecio, sobre todo esto último. No dejó a ninguno vivo tras la graduación, para no andar con “prejuicios anglosajones” y él mismo, omnipresente, que lo hizo todo por acudir  con cuadrilla timorata (no necesitó subalternos), puso las banderillas y realizó el castigo de varas sin que apareciera caballo alguno por el ruedo. No lo necesitó, se bastó de su arte el espada… y de su lealtad a la fiesta. Respetó el canon y las suertes clásicas en su diálogo con la muerte, mas también innovó: puso sal en las múltiples heridas de los cornúpetas, con el jolgorio y la celebración general en los asientos de mantilla, rosario y bota de vino. Los animales sufrieron sin motivo, que es lo que mola, y humillaron la testuz en la arena. Además, los muy tontorrones, se murieron cuando el matarife los mató por el buen nombre de la cultura latina (española): los toros son unos desconsiderados.


En definitiva, triunfo sin paliativos de Gasparzuelo de la escabechina ayer en las Ventas. Rubalcaba, Zaplana, Rajoy y Pepiño Blanco disfrutaron del irrepetible evento disfrazados de monosabios. Olé, vuelta al ruedo, orejas y rabos (todos) y salida en hombros por la grande de Madrid: la fiesta no necesita burladeros.

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