Gamoneda y el manifiesto ´savaterino´

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Malestar infinito me producen las cazas de brujas, que en este país tienen solera legendaria, pues no han perdido su ensamblaje con el espíritu inquisitorial. Es ese dedo que acusa y delata, esa bocaza que denuncia, ese ruin y cobarde chivatazo que se susurra con apestoso aliento. Es una actuación que fermenta en basureros donde florece la escoria humana. Gamoneda podrá parecernos un poeta más o menos excelso, resulta claro y hasta perogrullesco. Pero es de una mezquindad nauseabunda que se le reproche la supuesta admiración que Zapatero tiene por su obra. A Suso del Toro podremos considerarlo mejor o peor novelista, igual de claro y perogrullesco que lo anterior. Pero no hay derecho a restregarle su simpatía, mucho más explícita que la del poeta, hacia el presidente del Gobierno. Bien es verdad en este último caso que su última hagiografía en torno a la vida y milagros del actual jefe del Ejecutivo español produce cierto sonrojo. Pero, aun así, es muy libre el escritor gallego de proclamar todo lo alto y claro que quiera sus filias y fobias en lo político.

Me duele que Gamoneda tenga que explicarse públicamente acerca del manifiesto «savaterino» del que al final decidió desmarcarse. Me ofende en grado sumo que se le reconvenga, por parte de muchos que son incapaces de leer con mínima sensibilidad un poema, la supuesta vinculación que hay entre él y el presidente de Gobierno, vinculación que algunos llegaron a insinuar como causa principal de su obtención del premio «Cervantes». Y, aún así, resulta que querían exhibirlo. Resulta que hasta «el poeta de Zapatero» dispuesto estaba a firmar el manifiesto «savaterino». Es esa eterna debilidad que siente nuestro reaccionarismo por los conversos y renegados, siempre que el último bandazo se incline del lado de ellos, claro. Con la mayor generosidad del mundo, llenan de elogios a gentes que pertenecieron a grupos terroristas y a otros que militaron en la extrema izquierda y, sin embargo, reprochan a un conocido cantautor asturiano, que lleva muchos años siendo progre, que en su juventud le dedicase una canción al dictador. Moraleja: los bandazos son buenos o malos dependiendo de por dónde vaya su deriva. ¡Hay que ver, hay que ver!

Resulta pavoroso que alguien tenga que dar públicas explicaciones de por qué firma o no un manifiesto, pues se diría que tal conducta es consecuencia de ese espíritu inquisitorial del que venimos hablando. El no estar de acuerdo con los bien pensantes no puede obedecer a convicciones íntimas, por muy discutibles que sean, siempre ha de responder a motivos arteros, a clientelismos, a intereses bastardos.

Y, de otro lado, me asombra que Savater actúe ahora de esta guisa. ¿Acaso en la época felipista no existía este problema lingüístico que ahora denuncia en Cataluña? ¿Acaso en el momento en que apoyó al PSE en el País Vasco las cosas marchaban mejor para la lengua castellana que ahora? ¿Se estará haciendo mayor don Fernando y lo que ahora hace obedece en no pequeña parte a que es otra generación, más joven que la suya, la que ahora gobierna este país? ¿Así de orteguiana podrá ser parte de la explicación del asunto? ¿Quién sabe?

Coincido al cien por cien con algo que escribió Gamoneda sobre este asunto. Reivindicar el derecho de los padres a que sus hijos reciban enseñanzas en castellano en cualquier parte del territorio español es total y absolutamente razonable y legítimo. Ahora bien, hacer de este manifiesto una especie de caza de brujas contra aquellos que no han querido suscribirlo resulta inaceptable. Es muy llamativo que la máxima autoridad de la Real Academia Española haya decidido dar explicaciones en la prensa por no haber firmado el manifiesto de marras.

Y en no pequeña parte de la opinión publicada se relaciona este manifiesto con los postulados políticos del partido que preside doña Rosa Díez. ¿Habrá que concluir que la otrora dirigente socialista y candidata a la secretaría del PSOE no haya considerado hasta el momento la existencia de ese problema lingüístico? ¿Es que no lo hubo hasta ahora?

Hay un libro que publicó hace muchos años don Federico Jiménez Losantos, que se ha vuelto a editar en más de una ocasión: «Lo que queda de España». En él, se habla de este problema lingüístico que ahora aborda el manifiesto «savaterino». ¿Es de recibo que un pensador que se considera de gran talla haya tardado tantos años en percatarse de un conflicto como el que ahora se denuncia?

¿Qué queda de aquel Savater que admiraba a García Calvo y a Cioran? ¿Qué fue de aquel «intelectual» rompedor que, como dije hace poco, no encontró grandes motivos para criticar lo mucho que tuvo de nefasto el felipismo? Lo tengo escrito hace mucho tiempo: este señor viene a ser el Ramoncín de las letras hispánicas. De lo más heterodoxo pasó a formar parte de aquella intelectualidad que estaba encantada con el felipismo y, de un tiempo a esta parte, no sabemos a dónde llevará su deriva. Todo lo cual no es óbice para recordar, también una vez más, lo admirable que resulta su valentía ante el terrorismo vasco.

Gamoneda y el manifiesto savaterino. El poeta asturleonés se ve en la necesidad de dar explicaciones de su desmarque del famoso manifiesto. Se diría que, para algunos, la calidad de su obra puede verse en entredicho por ello. Y, sin embargo, parece que no toca preguntarse acerca de la categoría del señor Savater como ensayista y como pensador. ¿Es ello justo?

¿Dónde está, entre sus numerosísimos títulos, un ensayo de Savater sobre España y sus lenguas que nos arroje al respecto tanta luz como la que en su momento aportaron, por ejemplo, Unamuno y Américo Castro?

¡Ése sí que sería un gran manifiesto!