Galicia: la noche neoliberal que no cesa, y algunas implicaciones (I)

“Un paso adiante i outro atrás, Galiza,

i a tea dos teus soños non se move.

A espranza nos teus ollos se esperguiza.

Aran os bois, e chove”

Penélope, Xosé María Díaz Castro, 1961

En plena Guerra Civil española (que en Galicia no fue tal, si no mera represión de todo aquello que olía a cultura y saber, a democracia, izquierda, republicanismo y galleguismo) se editaba desde Valencia una trilogía de álbumes en defensa de la II República concebidos como denuncia internacional del genocidio fascista. Su autor era el multifacético médico, dramaturgo, dibujante, ensayista y político exiliado Alfonso Daniel Rodríguez Castelao. El segundo de ellos se titulaba “Atila en Galicia”, y sus estampas eternas pasarán a la historia por recrear con concisión, y muy gráficamente, la tormenta de sangre que diezmó de manera casi terminal a las organizaciones políticas, sindicales y en última estancia al conjunto de las clases populares y gentes más humildes del país. La serie artística recrea fielmente las consecuencias sociales de aquella enorme traición y tragedia, y se hace pertinente volver a ella para comprender mejor muchas de las cuestiones de nuestro tiempo.

Quizás por ello Ortega-Smith y otros representantes de VOX aterrizaron en varias localidades de la nación atlántica durante la campaña para intentar vejar infructuosamente la figura del gigante y más insigne referente del republicanismo y galleguismo político, acusándolo de “racista” y “separatista” como hicieron en su día sus infaustos antecesores ideológicos. A los cuales Castelao tildaba de “separadores” y cosas peores, todas ellas ciertas y justas. Fue percibido en muchos sectores como una extemporánea, falsaria y desvirtuada ofensa tanto a la memoria democrática como al ser colectivo. Algún cargo del PPdeG, como el alcalde de Cotobade (Pontevedra), expresó públicamente su rechazo enérgico a semejante provocación. La obsesión de VOX en esta campaña con el nacionalismo gallego fue un gran regalo envuelto en papel de celofán para el BNG: “si los peores enemigos del fascismo son los del BNG, hay que votar BNG”. Se convirtió en el voto útil antifascista.

Esto podría parecer una anécdota, pero ayuda a hilvanar una explicación sobre algunas cosas ligadas a lo que aconteció el pasado 12 de Julio en las elecciones al Parlamento de Galicia. Una de ellas, nada desdeñable a estas alturas, es que nuestra “comunidad autónoma” continúa siendo la única en la que VOX no cuenta con ningún cargo público: ningún concejal, diputado provincial o parlamentario. Mientras, se oyen y leen voces en redes sociales, incluso desde el “progresismo”, aludiendo a que “los gallegos” siempre votamos “a narcos y a fachas”. Que no votamos bien, vamos. Como si en Madrid, Castilla o Andalucía no gobernase nunca la derecha…todos ellos ignoran por ejemplo (desconozco si intencionadamente o no) que este pueblo, junto a los de Euskal Herria y Catalunya, es el que peor valoración concede a la corrupta institución monárquica en toda la Pell de Brau. Estereotipos, los justos.

Otra, y algo que no suele comprenderse del todo bien en el resto del estado español, es que el PPdeG no se organiza ni representa exactamente lo mismo que el Partido Popular aun habiendo sido fundado por un ex ministro franquista como Manuel Fraga Iribarne. Incorporó e integró tradiciones centristas y otras apegadas territorial y culturalmente al “galleguismo” (en su más laxa interpretación, despojándolo de la práctica y objetivos políticos más allá de lo meramente instrumental o con fines electoralistas, no así en lo simbólico) en un lugar en donde un significativo porcentaje de votantes propios se declara “únicamente gallego”. Ese partido, muy inteligentemente y aún estando en un principio contra el “estado autonómico”, lideró la implantación y desarrollo de las actuales instituciones de autogobierno y sus principales herramientas.

Como se ha repetido muchas veces, el PPdeG tiene algo de “PNV gallego”: dispone de una enorme y engrasada maquinaria electoral que tiene mucho de cath all party y también bastante de “movimiento social”. Si la ritualística de masas del Partido Nacionalista Vasco y su Alderdi Eguna se celebra tradicionalmente en las Campas de Foronda (Álava), las romerías multitudinarias de los populares gallegos se llevan al Monte do Gozo (Santiago de Compostela), en donde se reúnen más de 20.000 fieles que se reparten 30.000 raciones de empanada, pulpo en abundancia y melodías de gaita para escuchar con devoción las alocuciones de sus líderes locales y “nacionales”. Han entendido y llevado mucho mejor a la práctica que la izquierda, durante décadas, el concepto gramsciano de hegemonía. Y ello lo sabe mejor que nadie Feijóo y el equipo del que se rodea. Porque lo aprendieron de Fraga. Por eso esconde las siglas del PP en la cartelería electoral. Y les funciona. Aunque legislen contra el idioma gallego en los centros educativos, aunque la Radio Televisión Pública de Galicia no sólo esté absolutamente controlada y politizada si no que promueva también un modelo cultural de lo más insípido, impropio y chabacano. Aunque se descapitalice el país a conciencia y de manera servil. Y sin embargo su poder no es del todo omnímodo: el PPdeG gobierna actualmente tan sólo una de cuatro diputaciones y una de las siete ciudades importantes.

Otra de las explicaciones que arroja la anécdota es que “los paracaidistas” no suelen sumar mucho. E incluso, a veces, pueden restar. Por eso Pablo Casado, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias tuvieron poco protagonismo en una campaña como la pasada. No marcar un perfil discursivo y creíble auto-centrado en las problemáticas inmediatas y en la realidad del país puede ser penalizado. Y el BNG, por ejemplo, nunca en su historia precisó de ellos teniendo como rasgo definitorio en dónde asienta cabeza y corazón, mejor o peor. Es su razón de existir, como expresión política más longeva y constante de una larga lucha popular por la dignificación social y nacional.

Asumir la “transversalidad del galleguismo” se hace casi obligado para tener opciones de éxito en unas elecciones como estas. En el campo de la izquierda, experiencias de confluencia como fueron Alternativa Galega de Esquerdas y En Marea si lo tuvieron bien presente en su día. El descalabro de Galicia en Común certifica que, en la errática evolución de este espacio político, se había ido diluyendo ese norte hasta su práctica desaparición además de otras consideraciones que más adelante señalaremos (en la segunda entrega)

Los resultados electorales

Contundentes. Cuarta mayoría absoluta consecutiva desde la vuelta al poder de un PPdeG que lleva dominando la vida pública toda la etapa postfranquista, salvo efímeros periodos de tiempo. Feijóo, si completa esta legislatura, igualará la etapa fraguiana. Podríamos hablar ya de un régimen, aunque es difícil señalar cuáles han sido sus aportaciones notables más allá de guiar la nave como si fuese un contable de Inditex.

Con una participación del 59% y la abstención de casi un millón de electores el PPdeG alcanza un 48% de sufragios (625.182) y 41 (a muy pocos votos del 42) parlamentarios, incrementando su mayoría pero perdiendo apoyo popular. En el lado izquierdo del tablero salta a la segunda posición con unos resultados sin precedentes en cuanto a número de escaños (19) el Bloque Nacionalista Galego (BNG), con un 23,8% y 310.000 votos. Pasó de 6 a 19. Su techo había sido en el año 1997, contando con 18 asientos en la cámara y el 25,11% (395.435 votos) bajo el liderazgo de Xosé Manuel Beiras en oposición frontal a Fraga. Por su parte, el PSdeG-PSOE de Gonzalo Caballero sube un escaño respeto a 2016 (ahora 15), situándose por debajo del 20% (252.537 votos). Se da la casualidad de que su tío y actual regidor de Vigo, Abel Caballero, también había sido superado en 1997 por el BNG. Pero también fue superado en la anterior convocatoria de 2016 bajo el liderazgo de Xaquín Fernández Leiceaga (ex BNG), con el sorpasso de En Marea. Su “continuación” Galicia en Común (Podemos-Esquerda Unida-Anova/mareas) desaparece del hemiciclo, reteniendo tan sólo 51.223 votos de 271.00 de 2016 (llegó a atraer 408.370 en las Generales de 2015). La autodenominada “heredera” de los rescoldos de la implosión caótica de En Marea no alcanza 3.000. Entre VOX y Ciudadanos suman 35.000 votos, que no obtienen representación, como las dos formaciones anteriores.

El sistema político gallego regresa así al tripartidismo estable que dominó la escena política en todas las instituciones a lo largo de más de 20 años, y que había sido truncado y vivificado con la irrupción de Alternativa Galega de Esquerda desde el año 2012, en un revulsivo que conmocionó la cómoda estabilidad de los demás actores y revitalizó a las izquierdas (nacionalistas gallegas o no) llegando a nuevos caladeros de votantes y abstencionistas. Siendo, además, ejemplo y preludio de lo que luego Podemos construyó a nivel estatal y se dio en llamar “nueva izquierda” o “nueva política”.

Fraga había diseñado en los 90´s un sistema electoral a medida de sus intereses, introduciendo barreras como el 5% provincial (que privó en esta ocasión a GenC de escaños en A Coruña y Pontevedra) y naturalizando otras realidades no del todo regulares y siempre polémicas como el conflictivo sistema de voto de los residentes ausentes, más allá del diseño de un sistema mediático a medida o del aprovechamiento de las redes clientelares propias del caciquismo que son fuente inagotable de corruptelas y prácticas políticas antidemocráticas. Lo cierto es que el PPdeG, con un 48% obtiene 41 (o 42, a falta del recuento final) escaños mientras el conjunto de la oposición llega tan sólo a 33 obteniendo casi un 47% de apoyos.

Son pues, demasiadas, las condiciones objetivas que tienen que producirse para poder desalojar de la Xunta al Partido Popular de Galicia. Y ello, junto a la imagen de invencibilidad que proyecta elección tras elección y que llega a asumir la oposición antes de salir al terreno de juego, hacen de este no sólo el “PNV gallego” en su proyección social si no el “PRI gallego” (Partido Revolucionario Institucional, México, con más de 70 años consecutivos en el poder) en su proyección en las instituciones públicas y en una administración copada por cargos intermedios y cuerpo funcionaral afecto. El imaginario, casi imposible de romper en estas condiciones, es “PPdeG=Xunta, Xunta=PPdeG”. Esto podría explicar también la alta abstención, que no se da en Elecciones Generales cuando lo habitual es que la participación ronde el 65% (6% o 7% más que en autonómicas).

A mayor abundancia, se da un acelerado proceso de desconexión con la “cosa autonómica” desde la llegada al poder del presidente actual: invariablemente, elección tras elección, ha descendido la implicación de la ciudadanía en la participación democrática. La década de Feijóo tiene también un alto componente desgalleguizador y de minusvalorización de las instituciones de autogobierno. Cada vez interesa menos, por los motivos que sean, a más ciudadanos. Los regímenes se imponen, las más de las veces, por asentimiento de mayorías silenciosas que consienten. Quizás tampoco nadie les ofrezca credibilidad suficiente y motivos para ir a votar confiando en horizontes alternativos. Quizás piensan que es imposible que estos existan. Puede también ser que los medios se ocupen cada vez menos, o lo hagan superficialmente, de los asuntos que conciernen a la política autonómica y esta quede diluida en el permanente marasmo informativo. Como si ello no influyese en sus vidas. Y vaya si lo hace.

Feijóo y la continuación de su proyecto de expolio neoliberal y colonial.

Estas elecciones no se celebraron en situación de normalidad. Son, junto a las vascas, las primeras que se convocan bajo la “nueva normalidad” (!). Se habrían de celebrar en abril, pero fueron desconvocadas por los hechos sobrevenidos que convulsionaron al mundo con la declaración de la pandemia del COVID-19. Cinco meses con la actividad parlamentaria paralizada y manteniendo conflictos sociales abiertos en canal, como la lucha de los trabajadores de Alcoa o las promovidas por las plataformas en defensa de la Sanidad Pública. En alguna de estas últimas, por cierto, Feijóo viajaba a Madrid para manifestarse en la Plaza de Colón de la mano de Ciudadanos, VOX y Falange.

El presidente se apresuró a convocarlas de nuevo dado el escaso impacto de la primera ola epidémica en Galicia, aunque muriesen más de 600 personas en esos meses. Fue de las voces más beligerantes reclamando el levantamiento del estado de alarma siendo Galicia la primera “comunidad autónoma” en dar comienzo a “la desescalada”, abriendo cuanto antes las puertas al turismo y permitiendo rápidamente otro tipo de actividades de ocio ligadas al tercer sector. Lo usó impúdicamente de manera propagandística para erigirse en una especie de protector, aunque muchas de las dantescas situaciones que se produjeron en las residencias de mayores o en los hospitales hayan tenido que ver con la ineficaz y temeraria gestión de la Sanidad Pública y los servicios sociales mediante privatizaciones o falta de recursos debido a políticas neoliberales que pusieron durante años en pié de guerra a los profesionales de la salud. Quiso aprovecharse del shock, y finalmente le salieron las cuentas.

Pero durante la campaña electoral tuvo un imprevisto (del cual habíamos alertado aquí en un artículo publicado el 16 de mayo bajo el título “La larga noche neoliberal en Galicia”): con la aparición de un rebrote en la comarca de A Mariña (Lugo) salieron a relucir con toda crudeza sus dotes maquiavélicas y de experimentado prestidigitador. Incremento exponencial del número de casos a medida que trascurrían los días, ocultación y manipulación de datos oficiales como denunciaron colectivos médicos y ahora se demuestra (gracias al trabajo del periodismo digno que aún se mantiene) “confinamiento” de ¡5 días! y toda una operación de propaganda en medios públicos y privados subvencionados que recordaba a otros episodios análogos como el naufragio del Prestige y su gestión comunicativa. A pocos días de las elecciones diez alcaldes de la comarca solicitaban la suspensión de las elecciones allí, así como también los partidos de la oposición, en un proceso electoral en el que arbitrariamente se hurtó del ejercicio de un derecho fundamental a más de trescientos ciudadanos. Todo estaba oficialmente “bajo control” pero los días pasaban y los casos crecían, y la tensión política iba también in crescendo en un clima cada vez más enrarecido a pocos días del domingo electoral en el que vimos a usuarios de residencias de ancianos acudir a votar sin mascarilla, en la ya tradicional e inaudita práctica del “carretaxe”, mientras sanitarios alertaban del riesgo de que la jornada favoreciese los contagios como había ocurrido semanas atrás en las elecciones municipales francesas. Los intereses del poder primando sobre los riesgos para la salud pública y la vida, como si de un Bolsonaro galaico y a pequeña escala se tratase. Cuatro días después del 12X no dejan de incrementarse los casos detectados y acaba de aparecer al menos otro foco en la comarca de Betanzos (A Coruña) al cierre de estas líneas, con unas perspectivas inquietantes para el mes de agosto.

La que en su día fue tildada como “auténtica brigada de demolición, lingüicidio, ecocidio y socialicidio” por Beiras coge oxígeno y revalida al frente del ejecutivo gallego refrendado por mandato popular, aún con las reservas y condicionantes que vimos en el primer punto.

Pues bien, como declaración de intenciones el gobierno gallego todavía en funciones ha decidido retirar el servicio de ambulancias medicalizadas en la comarca del Salnés, y cerrar una planta pediátrica en Vigo. No es más que la demostración de que continuará el desmantelamiento del carácter público del Servicio Galego de Saúde (SERGAS), dentro del modelo de expolio neoliberal y colonial que lleva desenvolviendo el PPdeG en los ámbitos económico-financiero, sanitario, educativo, energético, de infraestructuras, etc…al menos otros cuatro años más. Por donde pasa, tampoco crece la hierba.

El techo histórico del nacionalismo. Laclau en Galicia.

La historia del nacionalismo gallego de base popular es una larga historia de luchas y batallas contra el maltrato del poder, en donde generaciones y generaciones de activistas y militantes llevaron a cabo la tarea titánica de combatir la asimilación nacional de nuestro pueblo en prácticamente todos los ámbitos de la vida civil. Resumiendo mucho, y sin remontarse a otras épocas, es en el siglo XIX cuando empieza a coger forma y será en el siglo XX cuando se organiza con objetivos políticos más definidos y concretos. Primero en las luchas agraristas o contra el caciquismo y más tarde en la pelea por la consecución del primer Estatuto de Autonomía bajo el régimen republicano y democrático truncado por el levantamiento fascista de 1936. Durante la longa noite de pedra franquista se va reorganizando en la clandestinidad y comienza a operar una labor culturalista, junto al combate social y político e incluso armado en el marco de la oposición antifranquista.

Diferentes tradiciones políticas e ideológicas dan forma a herramientas partidarias, culturales, sindicales o ecologistas y es en 1982 cuando finalmente se funda el Bloque Nacionalista Galego después de un proceso de confluencia, síntesis y cristalización entre diferentes tendencias que originan el diseño del frente que tiene por objetivo estratégico la liberación social y nacional. En su seno conviven comunistas patrióticos, independentistas, socialistas-marxistas, socialdemócratas, libertarios, altermundistas, u otras tradiciones provenientes del galleguismo histórico. La suya es una historia de lento y trabajoso crecimiento e implantación en cada pueblo o ciudad del país hasta los años 90 del pasado siglo, que es cuando despega como organización política de masas. Es también, por supuesto, una historia de encuentros y desencuentros entre familias políticas y referentes públicos, discrepancias tácticas y estratégicas, expulsiones y escisiones, luchas intestinas…pero también una historia de éxitos y de consecución de objetivos políticos durante el desarrollo del autogobierno, contando con presencia institucional en la mayoría de concellos, diputaciones y el parlamento gallego, con múltiples alcaldías e incluso con la llegada al gobierno de la Xunta de Galicia de la mano del PSdeG-PSOE en el bipartito de Emilio Pérez Touriño (ya en el siglo XXI) después de la derrota de un Manuel Fraga que contaba con 83 años por aquel momento. Su presencia es incontestable en ámbitos como el de la educación pública, y hegemónico en las plataformas culturales, artísticas o de defensa del idioma. En todas las reivindicaciones y movimientos sociales que van desde la defensa del medio ambiente o la dignificación de la clase trabajadora agraria, marinera o industrial hasta el feminismo activo tiene fuerte presencia. La Confederación Intersindical Galega (CIG, una convergencia de sindicatos nacionalistas) es la central sindical de clase más fuerte del país. No pueden considerarse una grandísima sorpresa, por tanto, sus resultados obtenidos el domingo pasado.

Siempre ha habido independentismo y nacionalismo organizado fuera del BNG, y lo seguirá habiendo después de estas elecciones, aunque puede considerarse a grandes trazos su “casa común”, al menos en su constante y sostenida expresión electoral. Casi siempre mayoritaria, a excepción de la experiencia de AGE y las mareas en esta década hasta la fecha en donde estuvo en cuestión e incluso comprometida su viabilidad.

Este nuevo BNG logró sacarse de encima tanto el estigma de su paso un tanto improductivo por el gobierno autonómico como de su más sonada fractura interna a raíz de la histórica asamblea celebrada en Amio (Santiago de Compostela) cuando un considerable número de contingentes organizados abandonaron la formación en un traumático divorcio. Las causas, múltiples. Unos, quintanistas (Anxo Quintana fue vicepresidente con Touriño) y herederos de la experiencia gestora en el gobierno, lo hicieron por un lado buscando la creación de un partido galleguista más moderado que acabó siendo aliado del PNV (fundaron Compromiso por Galicia, hoy irrelevante). Otros, bajo el liderazgo de Xosé Manuel Beiras, decidieron “navegar en mar aberto” buscando fórmulas de participación política más asamblearia y “mestiza” (ante los síntomas de estancamiento que demostraba el BNG para llegar a nuevos sectores que habían vivido la experiencia del 15-M y no estaban tan politizados ni eran sensibles con la realidad nacional gallega) en clave de “unidad popular” y de oposición frontal y radical al neoliberalismo ante la grave crisis social de aquel momento, y la de Régimen del 78 que se advertía. De ahí surgió Anova-Irmandade Nacionalista, como partido de cuadros y una tropa de menos de un millar de “irmandiños” (apelación simbólica a las revueltas revolucionarias que se produjeron en la Galicia del siglo XV, de las más potentes de Europa) para la refundación estratégica del nacionalismo y con un proyecto de alianzas de igual a igual con aquella izquierda federal que asumiese el derecho de autodeterminación del pueblo gallego buscando, además, una re-conexión con los elementos más activos de la ciudadanía. A raíz de ello se organiza Alternativa Galega de Esquerda (Anova-EU-Espazo Ecosocialista-Equo), que irrumpe en el parlamento gallego, superando al propio BNG. De esa experiencia beben posteriormente las mareas municipalistas que, en clave republicana, incorporan a Podemos-Galicia y otros sectores ciudadanos sin adscripción partidaria. Lo que luego evoluciona a En Marea y ya, de manera muy descafeinada y luego de perder las alcaldías “del cambio” (Ferrol, A Coruña, Compostela), a Galicia en Común, en una alianza en la que predominaba ahora la presencia de Unidas Podemos.

Este nuevo BNG hizo su “travesía por el desierto” cerrando la puerta desde el primer momento a cualquier tipo de entendimiento con el otro espacio, esperando pacientemente a que este se diluyese en el recital de luchas fratricidas (ideológicas y por el poder interno) de los últimos años. Lo hizo fortaleciéndose y cohesionándose internamente y favoreciendo las contradicciones en la otra orilla, a la que nunca concedió el beneficio de la duda como si hicieron otras fuerzas soberanistas del estado (incluida EH Bildu en su día o, por ejemplo, el Compromís valencià, estando abiertas a entendimientos, si bien no orgánicos, si de colaboración. Incluso electoral en el segundo caso). Pero aprendió de todo ello, y lo demostró en esta campaña pasada. Lo que sirvió para reflotar el barco. Pero no para expulsar del poder a Núñez Feijóo.

Su principal líder actual, Ana Pontón, es una joven mujer curtida en la militancia y fiel al partido desde la adolescencia. Su paso por la universidad (es licenciada en Ciencias Políticas) y el activismo estudiantil y juvenil forjaron su carácter coherente y dialogante. Posee una larga experiencia parlamentaria, es buena comunicadora y transmite una imagen cuidada redoblada por su condición feminista en este tiempo, que es el de las mujeres. Ofrece amabilidad y solvencia, así como también firmeza en los principios. La campaña comunicativa personalista dotó a su figura de un discurso marcadamente presidencialista y alejado de temas más espinosos, bien centrado en las problemáticas sociales y haciendo uso de una retórica que buscó elementos de márketing político y herramientas audiovisuales rompedoras con las tradicionales campañas del BNG. Se produjo una “modernización” y “profesionalización” del branding y de conceptos que se venían manejando en convocatorias pasadas en lo estético y en cuanto a contenido, sin abandonar la esencia.

Ana Pontón “cae bien”. Su conocimiento entre la población era ya bastante alto y no genera grandes rechazos entre votantes de otros partidos. Nacida en el rural de Lugo podría ser la “filliña” o “netiña” perfecta. Y aunque tiene estudios universitarios, no sostiene su perfil en un aire profesoral o ilustrado como otros líderes del BNG anteriormente (como, por ejemplo, el economista Xavier Vence), lo que hace de ella un “producto” más “cercano”, “natural”, “entendible” y “accesible”.

Buena parte del éxito, más allá de haber logrado fagocitar casi por completo el espacio de las mareas, ha sido llegar a los nuevos votantes y sectores más jóvenes en donde el BNG consiguió colocarse como primera fuerza, como había logrado en los años 90 y fue perdiendo en las dos décadas siguientes. Fue segunda fuerza y primera de la oposición en cientos de concellos en un contexto en donde Unidas Podemos gobierna en Madrid y ya habiendo sido amortizado el auge y caída de las mareas municipales. Supo ser, también, el partido protesta en tiempos de liquidez, volatilidades demoscópicas y crisis (y la que vivimos es de las más profundas que se recuerdan porque afecta a muchísimos órdenes de la vida social, económica, política y hasta civilizatoria y antropológica, en plena pandemia). Tiempos que requieren de seguridad y certezas. Hubo sólo dos partidos (PPdeG y BNG) que en estas elecciones supieron ofrecerlas entre los demás. Y ello se debe, en buena medida, a que tanto Feijóo como Ana Pontón no tenían rival creíble. Demos las gracias, por tanto, a que el pueblo gallego no las busque en opciones abierta y directamente parafascistas como ocurre en otros lugares de Europa o del mundo.

El BNG logró de nuevo llevar a la práctica algunos planteamientos del filósofo post-marxista Ernesto Laclau (autor de La razón populista) en el campo de la izquierda gallega. Aquel teórico que solía exhibir tanto Íñigo Errejón. En estos días post-electorales casi todo el mundo del activismo político reclama a Ana Pontón como suya: logró convencer a buena parte de las “extremas izquierdas” más independentistas y extraparlamentarias (que sostienen que este es el BNG más radical de la historia) como también a los sectores más “aburguesados”, moderados y “centrados” del espectro nacionalista gallego (que imputan su éxito a que, por fin, se haya hecho del BNG “una alternativa seria de gobierno” bajo formas “razonables” y propuestas “realizables”).

Lo cierto es que ha conseguido 19 escaños, techo electoral del nacionalismo gallego en toda su historia, y Ana Pontón empieza a escribir con letras de oro su lugar en el “Olimpo nacionalista” en el cual se encuentran figuras casi míticas que van de Alexandre Bóveda a Castelao, pasando por Moncho Reboiras, Francisco Rodríguez y Bautista Álvarez, Xosé Luis Méndez Ferrín, Xosé Manuel Beiras o Camilo Nogueira, entre muchísimos otros nombres de mujeres y hombres que dedicaron su vida a la causa de la liberación nacional y social de Galicia a lo largo de los tiempos. Algunos, se la dejaron literalmente. Otros, pisando cárceles o exilio. Otras y otros, combatiendo desde el interior al franquismo y al postfranquismo. Algunos de ellos y ellas, con aportaciones teóricas y organizativas que dieron forma a décadas. Todas y todos, con el esfuerzo incansable del trabajo y sacrificio diario. Como el pueblo trabajador gallego a lo largo de toda su historia.

Sin el combate antifranquista no habrían surgido las herramientas que dieron lugar al BNG pujante de los 90s que más tarde llegó al gobierno, y sin este no se habrían alumbrado las mareas victoriosas que gobernaron algunas de las principales ciudades del país o alcanzaron cotas electorales nunca superadas por nadie a la izquierda del PSOE (En Marea llegó a alcanzar, por ejemplo, 6 diputados y 2 senadores en el Congreso). Así mismo, sin lo que estas últimas representaron y experimentaron en la última década, el BNG difícilmente hubiese llegado a esta marca hoy. De todas formas, el “éxito” de este nuevo BNG no ha sido útil para los intereses de las clases populares que ven como las políticas públicas del PPdeG precarizan la calidad de vida, la educación, la salud o la tierra, que continuarán diezmándonos colectivamente cuatro años más. En estos momentos desconocemos si, algún día, seremos capaces de construir colectivamente herramientas políticas más amplias (bajo cualquier fórmula jurídica y organizativa) que de verdad ambicionen retar con opciones reales a las pertinaces mayorías conservadoras, y no se conformen con resistir.

Muchas veces se recuerda aquello de “Venceredes Vós, pero nosoutros temos da nosa parte os carballos de abril, as espadanas, a ouricela, o pan de sapo, as beloritas, a ra de San Antón, o vagalume, a troita, a vacaloura, o xabaril e o corzo, o mascato e a rula…” (traducción, metáfora: Venceréis Vosotros, pero nosotros tenemos de nuestra parte los robles de abril…y toda una retahíla de flora y fauna salvaje…extracto inicial de un poema de Darío Xohán Cabana, “Venceredes Vós”. Cabalgada na Brétema). Y es que, puede que la derecha propia y foránea se imponga elección tras elección o puede que sean décadas gobernando esta tierra bajo régimen colonial y contra los intereses materiales de la mayoría ciudadana. Incluso siglos. Pero seguimos siendo, al menos todavía, una nación. Y eso es ya bastante en tiempos tan confusos. Estas elecciones, así lo atestiguan. Pero, sería mucho mejor que algún día podamos por fin certificar lo opuesto: “Venceremos Nós!”

En la segunda entrega del presente artículo, se tratará:

  1. El acordeón opositor y sus límites. Izquierdas y nacionalismo emancipador.

  2. ¿Se cierra el círculo que se abrió en Galicia por Galicia? Unidas Podemos, ante un precipicio.

  3. Alternativas republicanas y plurinacionalidad

Fuente: Sin Permiso

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