G. Munis, una memoria perdida

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Munis, soñar la revolución no es hacerla. A pesar de diversos esfuerzos de recuperación, el caso de G Munis alias de (Manuel Fernández Grandizo (Torreón, México, 1912 – París, 4 de febrero de 1989), aparece más bien olvidado para las nuevas generaciones para las que el paradigma de “trotskismo” más asequible es la de Ken Loach o la que representó la LCR hasta los noventa.

El historial de Munis estuvo inicialmente  muy ligado al grupo trotskista creado durante la República en  Llerena, Extremadura; que fue totalmente destruido en julio del 36, quedando únicamente unos pocos supervivientes. Fue uno de los primeros adheren­tes a la Oposición de izquierda en la región y participa en las últimas luchas habidas contra la dictadura de Primo de Rivera. Exiliado en México, contribu­ye a la creación de Ia Oposición de izquierda mexicana, hasta que es expulsado de esta. De nuevo en España se convierte en uno de los principales animadores del grupo trotskista español y escribe en sus diversos órganos de expresión. En los años 32-33, formó parte de la tendencia de Henri Lacroix (Francisco García Lavid). Milita en Madrid, donde representa a la IC en la Alianza Obrera, escribe en aquella época los folletos, El movimiento insurreccional y ¿Qué son las Alianzas Obreras?  En la crisis de la IC, Munis apoya la posición entrista para favorecer la radicalización de la izquierda del PSOE,  en una situación en la que las juventudes socialistas hablaba incluso de una IV Interbnacional, aunque cuando la amenaza nazi-fascista se hizo presente, la izquierda socialista entendió que la URSS (aunque fuese la de Stalin) les parecía mayor garantía..

Desde fuera del POUM apareció como uno de los animadores de la Sección Española pro-IV Internacional, que publica La Voz Leninista y juega un cierto rol en loa acontecimientos de mayo de I937, cuando las cartas ya estaban jugada en lo primordial desde la revolución a media de julio del 36.  Munis fue acusado en 1938 de haber asesinado al provocador León Narvicth, pieza clave en la trama del asesinato de Nin. Munis es arrestado y se evade antes de ca­er en las manos de las tropas de Franco. En México es también uno de los animadores de la sección trotskista mexicana y tiene amistad con Trotsky y Natalia Sedova, interviniendo en el proceso incoado contra Ramón Mercader. Ligado a Natalia (que siempre se mantuvo distanciada de la acción política) y al poeta surrealista francés Benjamín Peret, Munis se opone a la teoría que conside­ra a la URSS como un «estado obrero burocráticamente degenerado», combatiendo las decisiones de la mayoría de la IV a la que trata como “la verdadera socialdemocracia”. En estos debates,a la impresión es que se barajan conceptos como “partido” o “revolución” como sí el estalinismo no hubiera arrasado con todo el legado de Octubre, como sí levantar de nuevo la piedra de Sísifo fuese un mero produto de un debate intelectual en grupos hipertolizados pero sin incidencia real.

Vuelve a Francia en la postguerra, trabaja en la reconstrucción del grupo trotskista español e incide clandestinamente en España, participando en las huelgas de Barcelona de 1951. Arrestado en Madrid con varios militantes más, fue condenado a una larga condena de prisión. Una vez liberado, vuelve a Francia, de donde sería expulsado por sus actividades. Apartado del trotskismo y de la internacional, al que caracteriza como la verdadera socialdemocracia y orea un reducido grupo afín a sus planteamientos de ultraizquierda definidos por su antisindicalismo y su antiparlamentarismo, por la caracterización de la. URSS como un sistema de «capitalismo de Estado».

En la postrimería del franquismo publicó profusamente en la revista  Alerta e intenta vanamente de crear un partido propio del que fue animador hasta febrero de 1981, Antoni Fernández Teixidó, ulteriormente neoliberal y opuesto al nacionalismo catalán. Su obra más conocida Jalones de derrota, promesas de victoria. Crítica y teoría de la revolución española, 1930.1939 aparece en  Zero-ZYX, Madrid 1977), en cuyo portada afirma que «la contrarrevolución no fue sólo obra del fascismo sino también de la llamada `república democrática popular´, que impidió llevar a cabo la revolución social». Una último información nos habla de su ruptura con Jaime Fernández,  el que había sido su compañero durante décadas, aunque antes lo había hecho con los que habían sido sus amigos en el exilio. Que yo sepa se han publicado 4 volúmenes de sus Obras completas (Ed. Extremeños, Llerena)

Quien quiera conocer la opinión de “la escuela de Munis” tiene a su alcance Munis, la voz de la memoria (Juan Manuel Díaz Lima, 2011), un documental que a la vez que se explica a grandes trazos de Munis y su participación en los hechos de mayo del 37, reconstruye un encuentro con el pasado en el que algunos de sus seguidores se interrogan sobre el porqué de su particular historia –que había que tomar donde se quedó o sea desde el mayo del 37-, porque nunca logró concretarse en movimiento. Al final se cuenta que Munis acabó rompiendo con su lugarteniente, el incondicional Jaime Fernández. Quizás este detalle explique cómo fue que el “munismo” se perdió como una de las ramas más peregrinas del árbol genealógico trotskiano, hasta el extremo de no conseguir audiencia ni tan siquiera en los años setenta, en una coyuntura de extrema proliferación crepuscular en la que proliferaron decenas de grupos maoístas y trotskistas que nunca salieron del grupo de colegas. Cuando la Liga Comunista llegó al final, Munis tuvo una entrevista con Juan Colomar alias “Carapalo”, con el que habría tenido un choque de egos. Ulteriormente el grupo fue animado por Joan Fernández Teixidó alias “Demian” (en homenaje a Hermann Hesse), quien en 1981 inició su peregrinación hacia Mont Pelerin mientras que Colomar creó un Partido Nacional Republicano que desapareció con su fallecimiento. El caso de líder munista norteamericano Stephan Schwartz no resulta menos derechista ni particular.

Personalmente no conocí directamente a Munis, aunque sí a su compañero extremeños Eduardo Mauricio, al que le dedicó uno de los «Retratos poumistas» y que fue una suerte de «secretario español» del SU. Recuerdo que el personal exiliado del POUM consideraban a Mauricio poco menos que intratable, pero este aplicaba el mismo rasero a Munis; alguien con el que no se podía hablar si no era para darle la razón. Quim Cirera, responsable de la magnífica editorial Octaedro, evocaba una reunión del grupo y cuando se planteó el asunto del líder, Munis se sintió ofendido por la duda. Los del POUM le acusaban de ser un «liberado» gracias a su compañera, proba y honesta señora de la faena. En sus escritos, Munis no analiza los datos, no contrasta información ni fuentes,  sino que compone su propia trama argumental de manera que cada pieza encaja con su universo personal. El libro como todos los suyos, responde a la necesidad de «una teoría revolucionaria» de una verdad revelada desde algún Sinaí. A diferencia del ínfimo grupo que lideró tratando de realizar una enmienda a la totalidad en base al “programa” (Cómo sí este existiese al margen de los movimientos y de tu propia realidad), los poumistas venían de un movimiento que llegó a contar con 20.000 militantes que estaban insertos en la CNT o la UGT, pero Munis aterrorizó en pleno mayo del 37, cuando julio del 36 se había quedado a medio camino. Entonces clamó en el desierto por un «verdadero POUM”, por una nueva línea correcta que creaba las “promesas de victoria”. Su vida entregada es evocada sin el menor análisis crítico, aunque todo su legado quedara finalmente en el nadir, desde una suerte de tribunal de la historia desde la que ofrecía sentencias sobre lo correcto y lo incorrecto.

Personaje absolutamente entregado a la causa, tuvo mucho más de Alonso Quijano que de marxista.

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