Futuro primitivo

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Por Rafael Cid

Aunque hasta el rabo todo es toro, los últimos acontecimientos en el Parlament recuerdan a los primeros y chuscos acordes de la transición. Cuando por arte de magia las cúpulas de la izquierda antifranquista cambiaron la partitura en medio del baile. De un acorde que decía “ruptura” y “república” se pasó a otro rubricado con “monarquía” y “consenso”. Lo simbolizó Santiago Carrillo, secretario general del PCE y portavoz de la Junta Democrática. “Juanito el breve” fue su mordaz calificativo para poner fecha de caducidad al rey designado por Franco. Aunque luego, precisamente un 14 de abril, como en los chistes de Gila, anunciaba junto a su plana mayor y una bandera nacional que se pasaba al enemigo. Manuel Fraga agradecería la deferencia presentándole en sociedad en el encopetado Club Siglo XXI de la capital.

No sabemos qué ha pasado en el intramundo político catalanista ni cómo han manejado los tiempos del armisticio en ERC. Tampoco si Junqueras está al mundo. Pero una vez más los estragos proceden del flanco de la izquierda nominal. Se sigue aquella tradición del espionaje de altura que reclutaba los agentes más limpios para los trabajos más sucios, porque no hay mejor cuña que la de la misma madera. Carambolas que descolocan al observador bienintencionado por no venir de los tahúres habituales. En esta ocasión, es posible que no se recurra al truco de la “peluca” que victimizó a Carrillo antes de su definitvo “sí quiero”. Pero el hermetismo carcelario representa una estupenda plataforma para pactos y conciliábulos entre propios y extraños. Casi con la misma discreción y eficacia que en un vis a vis.

Y puestos a elucubrar existe otra coincidencia potencial entre aquella transición y este abordaje al procés desde sus adentros. Ambos casos parecen haberse cocinado al fuego lento de aquello que el escritor Manuel Vázquez Montalbán llamó “una concurrencia de debilidades”. Que era una lectura cursi del “si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”. De esta guisa, el recurso a la judicialización que tanto ha criticado el PSOE en el poder, habría aportado el desgate oportuno para poner orden en el despelote que amparaba el derecho a decidir en un Estado unitario donde lo esencial viene atado y bien atado de fábrica. De esta manera, Pedro Sánchez ha hecho virtud de la tan denostada herencia recibida de los peperos. Aunque, cuando ni soñaba con una moción de censura ganadora, el secretario general de los socialistas sacó bíceps facha. El 16 de mayo, en los Desayunos de TVE, propuso que el delito de rebelión se modificara para que su tipificación no necesitara el concurso de la violencia. Como en el código penal del franquismo.

Existe, para terminar el capítulo de afinidades, otro nexo de parentesco. Es el que opone a los de dentro con los de fuera. Los del interior con los del exterior. En el caso de aquella transición que nunca acaba de madurar lo suficiente para comerse el turrón, la barricada fratricida estaba del lado del socialismo. El PSOE histórico de toda la vida y el PSOE renovado de Isidoro. Triunfo la partida los jóvenes con menos pasado que futuro. Aunque para dar empaque a su puesta en escena reunieran en Suresnes, Francia, país donde se concentraba buena parte del exilio republicano que los renovadores menospreciaron patrióticamente. La última vez que entreviste a Rodolfo Llopis en Albi, pocos meses antes de fallecer solo y frustrado, el hombre que retenía la legitimidad del socialismo hispano se extrañaba del despliegue de medios que disfrutaban sus oponentes en comparación con sus magros recursos.

Ahora ya solo queda ver si el sainete culmina igual que hace cuarenta y tres años. Con una calle amortajada en la obediencia debida a las consignas de los partidos de la sedicente izquierda. Una amorfomidad que solo se ha quebrado con el 15M de “lo llaman democracia y no lo es”, ahora en fase de repliegue gracias a los buenos oficios de un Podemos que en la intimidad se pregona quincemayista de pro. El hecho diferencial es que el procés surge de un movimiento municipalista coordinado con organizaciones cívicas de amplio espectro como Omnium Cultural (OC) y la Asamblea Nacional de Catalunya (ANC), cuyos representantes están en prisión por unos presuntos delitos que en la Europa progresista consideran ficticios. Cabe también que, para poner un anclaje al consenso, se proclame algún tipo de amnistía para los presos políticos en forma de indultos o rebajas sustanciales al elevar a definitivas las conclusiones de la fiscalía, siguiendo la hoja de ruta iniciada con su traslado a cárceles de la comunidad. De repetirse la jugada, de nuevo los del interior habrían cosificado un procés recauchutado y los exiliados, con Puigdemont en cabeza, quedarían fuera de juego. Se habría impuesto un futuro primitivo.

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